Betty, la sirena coja

**BETTY, LA SIRENA COJA**

La luz penetra a través de las rendijas 

de tus párpados cansados y soñolientos. 

Emerges de las profundas aguas 

donde se diluyen tus recuerdos, 

sin ella, tu chica anfibia. 

Y te sientes vacío y abandonado 

en las rocas de la escollera 

de tu mente atormentada, 

donde se estrellan 

las olas de su memoria 

con la esperanza de verla aparecer entre la espuma 

una vez más. 

Pero tu amada anfibia se fue mar adentro, 

una tarde de verano, dejando las sandalias en la playa 

y una nota escrita de su mano bajo la toalla. 

«Ningún hombre me ha amado como tú, 

volveré a nacer para poderte besar una vez más». 

Cada palabra del mensaje 

fue un río de lágrimas en tus ojos 

que desembocaron en un mar de desolación y pena. 

«¡Vamos, Ulises! Los héroes no lloran. 

La casa te invita a otro whisky, 

lo mejor para olvidar», 

dice el camarero. 

«Cuéntanos la historia de tu chica, una vez más», 

dice un ebrio con voz pastosa. 

«¡Qué tonto, qué ciego! 

Confundir a Betty, la camarera, 

con su prótesis de madera, coja y canosa, 

con una hermosa sirena 

con cuerpo de diosa y cola de delfín», 

se burla un borracho. 

Otro añade: 

«¡Vaya par de patas para un banco!» 

Y las risas se elevan en el aire, 

graznidos de estúpidas gaviotas, 

aves carroñeras que se alimentan de jirones de carne, 

de tripulantes de barcos naufragados y de 

despojos de vidas deshechas que van a la deriva. 

Pero tú, Ulises, no los escuchas, no entienden, 

no han visto nunca una sirena, 

solo han visto a Betty, la camarera mutilada, 

nunca a una mujer, ni a tu bella ninfa, 

en su trono de coral rojo sentada, 

reina de tu mar en calma. 

Y les hablas de ella, y recuerdas cómo la querías, 

¡cuéntales, Ulises! 

… 

«Su mirada se perdía en la frontera infinita del horizonte, 

contemplando el azul del mar 

y el misterio de sus profundidades, 

que se reflejaba en sus ojos turquesa, 

cambiantes como las mareas. 

De cómo el sabor a sal perdura 

en la memoria de mis labios, 

cuando besaba su piel desnuda. 

El aroma de su cuerpo era de fruta madura y vainilla, 

el tacto y el color de la piel 

recordaban al rosado melocotón. 

Sus labios sabían a miel. 

Dulces eran las horas pasadas junto a ella 

y las más hermosas. 

No importaba que también me faltase una pierna, 

la inédita historia de dos cojos enamorados. 

Y me cantaba al oído en un lenguaje submarino, 

hecho de burbujas y destellos de luz. 

Su voz no era lo que cuentan las leyendas ni los mitos, 

los cantos de las sirenas 

no estrellan navíos contra los arrecifes, 

ni envían tripulaciones al reino de Poseidón, 

alivian las almas del peso de eslabones y cadenas. 

Tal era el prodigio que producían sus canciones. 

Betty se llamaba mi amada anfibia. 

Y sé que vuestras cabezas creen que os miento, 

que todo es imaginación de escritor 

que vive del cuento. 

Pero veo que calláis y los ojos os brillan, 

chiquititos como estrellas solitarias en la noche. 

El corazón se os ha entibiado dejando ir las penas, 

y os ha revelado el secreto de mi sirena, 

y añoraréis su ausencia como yo, 

y esperaréis en el puerto su regreso, 

entre los escollos espumosos os parecerá ver su cola 

y en la brisa creeréis oír su canto. 

Mas todo será en vano, las olas me han traído su mensaje, 

me esperará en la playa la próxima luna llena 

y emprenderemos un viaje». 

Y Ulises tenía razón, 

las mentes de los hombres no lo creyeron 

pero sus corazones envidiaron su destino. 

Al amanecer de la primera noche de plenilunio 

encontraron su ropa junto a la pata de palo en la playa. 

En la arena aún podían verse las huellas 

de un par de pies caminando hacia el devenir.

©Q.M.