Como individuos, la mente a través de la memoria lleva la contabilidad de los días y horas pasadas, anota en el diario los incontables granos de fino sílice que caen y se deslizan hacia abajo en el reloj de arena. La vida es el breve recorrido, la estrechez del tubo de cristal, que ralentiza el paso de la arenilla y así nos permite verla, tomar conciencia de ella. A este lento fluir lo llamamos tiempo, y es el escenario donde la existencia se manifiesta y experimenta una forma material, un cuerpo sujeto a una duración finita, y sus leyes.
La amistad no es cuestión de años de conocerse, el tiempo le es ajeno, no la influye, no la afecta porque forma parte del ámbito de la eternidad, y qué es la eternidad sino la ausencia de tiempo, la no existencia del mismo. Ni principio, ni fin. ¿Dónde reside? No tiene dimensión, ni es visible, ni tiene límites, ni lugar de encuentro…
Y sin embargo es, y es conocida con otros nombres: Conciencia, Amor, Silencio, Belleza, Felicidad, etc…Ninguna de estas palabras tiene dimensión, ni es visible, ni tiene límites, ni lugar de encuentro…podemos definirlas, tratar de etiquetarlas, reducirlas a conocimiento, a palabras que podemos capturar y poseer y luego repetir y transmitir. Pero son silabas vacías sin vida, sin fuerza, hijas de bocas estériles, de mentes estériles que poseen conocimiento, información y bibliotecas repletas de libros, pero no sabiduría.
Durante miles de años, diversos sistemas religiosos han tratado de hacer un mundo mejor imponiendo una serie de normas y conductas a seguir. Lo mismo han hecho, sabios, filósofos, dirigentes y monarcas. Mas, lamentablemente, estamos siempre en el mismo punto de partida, «los mismos errores y los mismos horrores de siempre, como siempre» canta Battiato. «Nada nuevo bajo el sol», decía miles de años atrás el rey Salomón. En aquel entonces estamos ahora. La finalidad de la vida no es poder ser comprendida, lo cual es una imposibilidad porque solo poseemos una pieza del puzle (entre millones) y lo que contemplamos lo interpretamos de manera subjetiva, y con muchas probabilidades de manera errónea. La prueba de ello es que todo el mundo trata de imponer su verdad (lo que le parece que ve en la pieza del puzle). Imponer igual a desconocer. Es como tratar de imponer a los oídos que escuchen solo los trinos de los pájaros y los grillos, es absurdo. Los oídos oyen todo sin discriminar, desde la bocina del coche a los truenos lejanos, desde el niño que llora a la charla de las personas con que nos cruzamos.
La finalidad de la vida es, valga la redundancia, ser vivida. Y al mismo tiempo no tiene propósito, acontece espontáneamente. ¿Cómo hago yo para existir? Nadie nos puede enseñar a ser, ni a sentir, ni a pensar, ni a respirar, ni a ver, escuchar, hacer la digestión…todo acontece para nosotros y en nosotros. Si me como una manzana solo yo estoy experimentando el sabor y unas sensaciones únicas que no puedo compartir con nadie por muchas palabras que utilice tratando de que me comprendan. Ningún menú escrito puede quitarnos el hambre, tampoco ninguna foto ni video de manjares exquisitos, solo la comida real en nuestra propia realidad. Todo lo que necesitamos está en nosotros, todo lo que buscamos ya lo somos, incluso aquello de los demás que no soportamos es nuestro. Lo que amamos, lo que odiamos… ¿podemos amar u odiar a los personajes de nuestros sueños? Obviamente “nos pertenecen”, son nuestros, han surgido en nosotros y han desaparecido en nosotros, y sin embargo no hemos intervenido en ello ni en sus acciones. ¿Acaso somos responsables de su felicidad o su desdicha? ¿Se puede ser responsable de algo que no ha existido, que no ha sucedido nunca?
