Hecatombe

Uno de los momentos más importante de los Juegos Olímpicos, en la Antigua Grecia, se producía al comienzo del festival con la “hecatombe”, el sacrificio de 100 bueyes en honor a Zeus (hekatom significa 100).

Descubro un titular antiguo de la prensa japonesa en Wikipedia. Estamos en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial, en el escenario del Pacífico. Dos oficiales japoneses (se dan a conocer los nombres), de los cuales la Armada Imperial se siente orgullosa, compitiendo para ver quién mata primero con una espada, a cien personas. El titular en negrita habla de  «Récord increíble». Uno mata a 105 y el otro a 106.

Cortar el aire, Sanguinario, Giro, Golpe, Corte, Caída. Dolor, Grito, Lamento, Llanto, Gemido, Sangriento, Punzar, Quebrar, Romper, Amputar, Matar, Morir.

©Q.M.

Kenzo el pescadero – II

Como dije antes, no todo el mundo recuperaba la felicidad.

Kenzo fue encerrado en una celda profunda del castillo de Okusan. Sin explicación alguna. La ropa que llevaba puesta, un jergón con paja seca, una vasija con agua, y un agujero estrecho en una esquina del suelo, por donde llegaba el rumor lejano de un arroyo, era cuanto poseía.  Justo sobre el desagüe en el techo, un rayo de sol se infiltraba por un ventanuco redondo por el que podía pasar un gato.

El señor feudal no iba a permitir que un individuo así fuese a corromper su buen gobierno, basado en el miedo a su autoridad y el respeto a las leyes establecidas. Aquel individuo era una amenaza y su encierro  serviría de escarmiento a los demás. «Más trabajar y menos fornicar, más esfuerzo y menos risas», «Hace falta más mano dura» le aconsejaron los sabios consejeros. El daimio no solo subió los impuestos a campesinos y comerciantes sino que se incrementaron las horas de trabajo obligatorias,  con lo cual el agotamiento sepultó bajo una pesada losa todo sueño de felicidad.

Considerando que los seres alados con sus trinos eran cómplices  de que la felicidad se propagase como una enfermedad, se le ocurrió un plan diabólico para matar dos pájaros de un tiro. Se prohibió la tenencia de toda ave de corral para el sustento. Gallinas, palomas y gansos fueron requisados y desaparecieron de las mesas de los pobres, con lo que el hambre los empujó a cazar las aves y pájaros del bosque para alimentarse.

En Nagano pronto dejaron de oírse los cantos armoniosos de las aves canoras, no solo enmudecieron jilgueros, mirlos y pinzones, también los  graznidos de cuervos y urracas, el zureo de las palomas, todos ellos formaban parte del esplendor del bosque. También cesaron las conversaciones alegres en el mercado, las risas de los niños, incluso el rumor del viento entre las hojas en los árboles. Pero lo peor era no escuchar el canto de los grillos a la luz de la luna, la noche parecía estar muerta y las estrellas desaparecieron del cielo.

Kenzo sabía que el mayor temor de las personas no era la oscuridad donde se agazapan secretos, tragedias familiares y horrores sin fin, cavernas de la mente repletas de monstruos invisibles pero cuyo roce sentimos frio sobre la piel. De tanto convivir con ellos olvidamos que no son más que invitados no deseados, huéspedes que se revuelcan en nuestra miseria, se alimentan de ella y engordan como cerdos. Kenzo sabe que el mayor miedo es encender la luz. Es la luz lo que más nos asusta porque es enfrentarse a lo desconocido y no hay ser más extraño y desconocido que uno mismo. Las personas se jactan de conocerse los  unos a los otros, de conocer de memoria la doctrina de Lao Tse, las escrituras de Confucio o las mil caras de los espíritus Shinto, pero la intimidad más grande y absoluta, la propia,  es muy inaccesible porque no requiere conocer, sino desprenderse de lo conocido.

Su cautiverio no le privó de la  dicha de estar con sus amigos alados. Pajarillos acudían a diario y entraban en la celda revoloteando y reflejando todas las tonalidades del arcoíris en sus brillantes plumas. Era una celebración, su encierro  más que una prisión  era un claro luminoso en un  bosque sombrío…

Y en la soledad pensaba en Himawari y le silbaba melodías que transportaban los diminutos ruiseñores, y que eran a la vez mensajes y  canciones de amor conmovedoras, con palabras nunca pronunciadas en sonidos nunca oídos en un lenguaje que solo entendían los corazones sensibles.

«A veces, entre estas cuatro paredes te digo te amo en un suspiro,  no excesivamente, pero te pienso…mucho…que es la manera silenciosa de decirte te amo. Cuando te pienso se genera una onda, una ola gigante que atraviesa las distancias inexistentes hasta ti…y quizás no me reconozcas en la cara feliz del niño que te sonríe sin motivo alguno, en el amarillo intenso de una flor que te hipnotiza, en la belleza de una hoja que se desprende de un árbol y te roza un hombro, quizás te sientas feliz sin motivo alguno y sientas la necesidad irresistible de compartir esa felicidad con la gente que te cruzas, y ríe tu alma a través de tus ojos y tu sonrisa…y se genera una ola gigante que recorre las distancias inexistentes y también me llega a mí».

Y le llegaba la respuesta.

«El pequeño ruiseñor  me ha visitado esta mañana, oculto en la espesura de la madreselva me ha cantado y me ha emocionado. Ello mantiene mi corazón abierto a la esperanza de que la primavera no tarde en llegar y podamos reunirnos bajo los cerezos en el próximo hanami. Me ha llegado tu ola que recibo con inmensa dicha y en ella deposito los pétalos rojos de las flores de mi jardín secreto, convertidos en  besos para que las aguas los lleven hasta ti».

Faltaba una semana para que las precoces flores de almendros y cerezos florecieran señalando el inicio de la primavera,  pero en el aire tibio se presagiaba que algo no estaba bien, de que algo terrible iba a suceder, y así fue. Cuando faltaban cuatro días los cielos se cubrieron de nubes oscuras y grises, que se deshilachaban en jirones de neblina fría cayendo  sobre  árboles y plantas  como telarañas vivas. Los brotes de tallos e inflorescencias quedaron cubiertos de una gruesa y opaca sustancia pegajosa,  que les impedía respirar. Los árboles semejaban siniestros candelabros de plata envejecida. Un día después cayeron todos los brotes y capullos de flores convertidos en  ceniza. Al día siguiente al amanecer  habían desaparecido  las nubes y el color verde ya no existía, la tierra estaba negra y sucia de hollín, el cielo era intensamente azul.

Hubo una gran revuelta popular, campesinos, comerciantes y soldados se concentraron delante de la residencia de gobernador, pidiendo su cabeza. De alguna manera sabían que aquella situación era la respuesta de la naturaleza, de los kamis, a su proceder. Sabios y consejeros que habían propuesto las medidas que habían llevado el hambre, la pobreza y las desgracias a la población solicitaron clemencia pues ellos también pasaban hambre y respiraban el mismo aire,  pero ello no calmó al pueblo. Querían la cabeza del gobernador,  lo odiaban profundamente, la rabia se había convertido en un dragón sediento de sangre.

Okusan corrió a refugiarse en lo más escondido y profundo del castillo, y sin saber cómo acabó en la puerta de la celda de Kenzo, no había guardias, tampoco el cautivo, la puerta no estaba cerrada con llave. Entró dentro y ello lo  calmó inmediatamente, desapareció el miedo a que lo encontrasen y ejecutaran, de alguna manera se sintió feliz.

En la penumbra vio un cuenco de agua, tenía sed, vio reflejada una sonrisa temblorosa en su superficie. Miró aquellos  ojos que lo observaban fijamente, había algo extraño en ellos, algo familiar, extendió los dedos para tocar aquel rostro y notó una superficie lisa y fría. Aquellos ojos que veía no eran otros que los suyos, cuando era niño.

Cayó de rodillas mientras lloraba, lo que nunca le estuvo permitido. Había olvidado los golpes pero no la pena, de todos aquellos pájaros que debía liberar el día de su mayoría de edad como celebración. Estaba muy feliz porque amaba las aves y dejarlas libres era el mejor regalo, pues ellas  eran sus amigas y merecían ser libres. Les cantaba su canción preferida y ellas escuchaban girando el cuello, algunas incluso la repetían. Pero su padre interpretó aquel gozo como debilidad, iba a ser un hombre, y le propuso una terrible elección: poner la pajarera sobre una pira ardiente,  o romperles el cuello uno a uno. Podía elegir el método pero no al verdugo, él mismo. No debía llorar, sino mostrar entereza.

El niño Okusan eligió despedirse de cada uno de los pájaros, eran sus amigos, comían de sus manos y lo saludaban  con alegres trinos. Y cogió al primero con ternura…sintió la tibieza y el corazón acelerado de aquel cuerpecillo….ni un sollozo, ni un lloro,  algo empezó a morir aquel día junto a la inocencia.

Y cavó en las capas de tierna nieve de su memoria profundamente, y sepultó aquella experiencia dolorosa allí,  y el frio y los años se depositaron en forma de hielo, duro como el acero, impidiendo llegar a aquel lugar. Mas igual que las mejores katanas, hechas de láminas de acero, forjadas y plegadas cientos de veces sobre si mismas hasta alcanzar una dureza y un filo invencible, la forja esconde un secreto…el corazón, el núcleo de la hoja es de hierro dulce, y esa flexibilidad y maleabilidad es la que hace que la espada no se rompa al asestar un golpe, absorbiendo el impacto.  Un corazón blando, paradójicamente es lo que convierte el filo en un arma legendaria.  

Y en aquel instante, recordó la canción que les cantaba…las lágrimas habían derretido el frio glacial que aprisionaba los recuerdos. Se acurrucó en una esquina, vio las primeras estrellas hormigueando en el cielo a través del ventanuco y se durmió. Una fina lluvia caía de un cielo sin nubes, la luna se reflejaba en cada gota de plata como si lloviese luz. El silencio envolvió a Nagano como una cálida manta.

Una algarabía inmensa de trinos, cacareos, silbos y  batir de alas estremecía  la tierra y los cielos temblorosos, como si fuesen de cristal.

Okusan salió fuera de la fortaleza, el cielo plagado de colores y melodías inefables.  Las gentes cantaban y saltaban por las calles y plazas, nobles y campesinos, algunos se le acercaron a saludarlo y abrazarlo, de alguna manera intuían que él había propiciado el cambio. Él se inclinaba ante ellos agradecido, durante mucho tiempo no había sabido lo que era sentirse amado. Un petirrojo se le posó en el hombro. Los brotes mostraban las primeras flores de cerezo, abriéndose lentamente. La lluvia había cantado toda la noche y los kamis habían limpiado y abrazado a los árboles que mostraban orgullosos sus hojas.

Los pájaros estaban llamando alegres a la primavera, a la manifestación de la vida, de las flores que esperaban por nacer, como lo habían hecho desde el principio. Cuando el primer pájaro se enamoró de la primera flor y le cantó. Cuando la primera flor habló…no con palabras, sino desprendiendo la exquisita poesía de su aroma.

 El lenguaje del amor siempre está en el aire.

« El sufrimiento es una jaula que creamos nosotros mismos para encerrar dentro las emociones, los sentimientos, y así tenemos la sensación de controlarlos porque consideramos que son nuestros. Los pajarillos dentro de la jaula sobreviven, cantan el lamento de no ser libres, y a nosotros nos gusta pensar que están alegres, aun cuando mueran de pena porque nadie los entiende, nadie los escucha, nadie los abraza. Los barrotes son muros pero cuando escuchamos el canto, las voces de lo que nos quieren decir nuestros pájaros, entonces los barrotes son puertas abiertas al cielo azul. «

©Q.M.             

Midori – María

«De los tres descendientes de Midori, solo su hija María ha heredado sus poderes, es una hanyò como ella, un ser  nacido de la relación amorosa entre un yokai —espiritu― y un humano. Su apariencia es enteramente humana, pero es mucho más fuerte y resistente. En los aspectos no visibles para las personas comunes, tiene poder sobre diversos tipos de energía animal y vegetal. Posee un oído capaz de captar el latido de un corazón o el fluir de la sangre; además de un olfato prodigioso, y sobre todo una voz hipnótica que actúa sobre la voluntad de los animales y hombres.

En María, desafortunadamente, se ha desarrollado en exceso un aspecto tenebroso, muy típico de nuestra raza terrestre, la arrogancia, y la ambición desmesurada. Al saberse muy superior a los hombres, íntimamente nos desprecia y anhela el control sobre todos nosotros. Ya es presidenta de la Yoshimoto Corp. una empresa con mucho poder sobre el gobierno de aquella nación. Y aspira a más…

Me ha dicho su madre que no es solamente en el mundo de los negocios donde es agresiva, su mitad yokai es muy poderosa energéticamente y la utiliza para destruir a sus enemigos. No le bastaba con ser la heredera de la auténtica tradición familiar de la Ningyioryu sino que ha pervertido sus principios originales. Solo son admitidos en esa escuela personas que ella elige personalmente y que le profesan obediencia ciega,  auténticos samuráis dispuestos a morir por ella, o a matar, sin cuestionar nunca una orden. También se ha deshecho de la competencia eliminando a los maestros ya ancianos  de La vía del Grito, con lo cual la “ryu”escuela— ha desaparecido y parte de los practicantes se han hecho adeptos de María.

Su ambición, arrogancia y prepotencia la han convertido en la candidata de un nuevo partido político de ultraderecha con muchos recursos económicos, o sea mucho poder. Con sede en Nagasaki. Claramente xenófobo, homófobo y nacionalista que promulga la vuelta a las tradiciones del shogunato, la época de oro del Japón según ellos. Basta delincuencia, es uno de sus lemas. Misteriosamente, las organizaciones criminales de la prefectura de Nagasaki han sido descabezadas. Sus dirigentes, aparentemente fallecidos por causas naturales, han sido sustituidos por individuos del entorno de María. Por así decirlo, se ha convertido en “La madrina” de la mafia yakuza en la prefectura de Nagasaki. En pocos años lo será de toda la isla de Kyushu…y no se detendrá ahí,

Me ha recalcado  una y otra vez  que hay que tener cuidado con su voz, es un arma muy peligrosa, seda y puñal, seducción y muerte. Cree que incluso María desconoce su propio poder de destrucción,  es aterrador.

Me contó un episodio de la niñez. Cuando María tenía cuatro años estaban en el parque de Komo, famoso por la enorme cantidad de palomas que viven allí viven. Los padres llevan a sus hijos para que les den de comer. Hay muchos tenderetes  que venden grano para las aves, las cuales están habituadas y que acuden dispuestas a alimentarse de las manos, o subirse a la cabeza de los niños, todo ello con gran revuelo. Los infantes disfrutan con ello, los padres toman fotos sin cesar. María llevaba aquel día un sakuramochi ―bola de arroz glutinoso teñido  de rosa― acabado de comprar. Le encantaba ese dulce, pero también a las palomas…y una de ellas se lanzó con tanta violencia hacia la mano que hizo que le cayera la bola de arroz al suelo, y se estrellase a sus pies. Acudieron nubes de palomas, centenares de ellas…María se quedó quieta mirándolas y abrió la boca, emitió un sonido inaudible entre tanto batir de alas, un siseo prolongado, y las aves empezaron a retorcerse de dolor, espasmódicamente, algunas sangraban por los ojos, los oídos y otros orificios corporales. Se agitaban hasta morir y María sonreía, sus ojos daban miedo, sin rastro de compasión. Hasta que cesaron de moverse todas, formando un montículo de plumas grises, y blancas manchadas de sangre a nuestros pies. La policía acabó arrestando al vendedor de mochis por envenenamiento. Un agente les dijo que podían estar agradecidas a los kami,  las palomas habían salvado a la niña de morir.

Y aquí  concluye la entrevista con Midori».

© Q.M.

Aoi – Azul

(BORRADOR)

―La sirena la encontró un  navío holandés en el mar de Japón, durante el shogunato Tokugawa.  Estaba malherida, inconsciente sobre la arena de un islote desierto. Completamente desnuda. No tenía cola de pez, pero si unas finas membranas interdigitales en los pies, semejantes al tejido de las medias de  mujer.  Al parecer había sufrido el ataque de algún monstruo marino por la gran mordedura que tenía en la cintura. Fue curada por el medico a bordo y una vez repuesta se ofreció como regalo al shogun de Edo, la actual Tokio, como muestra de buena voluntad y con el afán de obtener beneficios con el comercio entre ambos países.

―¿Alguna vez habló de su procedencia, de dónde venía?

―Tardó dos años en aprender el  idioma de los hombres, Le pusieron de nombre Aoi, azul, por el color de sus ojos.  A menudo hablaba sola delante del mar, los guardias de palacio pensaban que estaba loca o poseída por un espíritu,  y la dejaban vagar libremente. No tenía intención de huir, cualquiera que fuera el lugar de su procedencia no tenía pensado regresar. Cuando pudieron conversar fluidamente con ella fue cuando se dieron cuenta de que no estaba loca. Cuando hablaba y cantaba al agua, simplemente se estaba comunicando con otros habitantes de los abismos. Dejó entender que estaba desterrada de su mundo submarino. Su actitud melancólica y solitaria aburría y desentonaba en la esplendorosa residencia. Le ofrecieron una suma considerable de dinero para que se  procurase un nuevo alojamiento y abandonase el palacio. Su estancia fue ocupada el mismo día de su partida por una exótica bailarina turca. Aoi vagó unos días sin rumbo, sin saber qué hacer con su vida, hasta que la acogieron unos monjes cristianos en un pequeño monasterio a cambio de ayudar en los trabajos de la huerta y la cocina, pues era fuerte como dos hombres. 

―¿Veían como algo normal que hablase con seres marinos. No despertaba curiosidad su aspecto, su extraño lenguaje?

―Hablamos de Japón donde hay miles de kami y demonios de innumerables formas y aspectos mucho más inquietantes.  Aoi no era nada extraordinaria, solo un bicho raro más, sin interés para nadie. Hasta que ocurrió un hecho:

Los samuráis de los señores feudales, los daimyo, en aquella época tenían órdenes del Shogun Ieyasu Tokugawa  de erradicar doctrinas religiosas extranjeras, consideradas una amenaza, especialmente el catolicismo. Destruían  templos y santuarios, obligaban a apostatar a sus seguidores e incluso los torturaban y ejecutaban si no lo hacían. Un día en que casualmente Aoi había ido a la aldea vecina, para vender excedentes de la cosecha, llegaron al monasterio las tropas del daimyo con intenciones de escarmentar y castigar a los europeos y al pequeño núcleo de nativos que se habían congregado alrededor en frágiles chozas. Aunque los monjes y sus fieles no estaban dispuestos a permitir que destruyesen su hogar. Se produjo un gran enfrentamiento. Los religiosos y campesinos, hombres, mujeres y niños fueron cayendo por la acción de la espada, los soldados los triplicaban en número. Cuando solo quedaban tres supervivientes, acorralados y rodeados, regresó Aoi.

 Al ver lo ocurrido se enfureció, sus facciones cambiaron, daba miedo. Gritó algo en su lenguaje marino y al instante se levantó un viento espantoso. Los nubarrones que cubrían el cielo giraban en un torbellino oscuro, ocultando todo rastro del sol, y se detuvieron cuando el cielo se transformó en un mar gris de nebulosas olas que se agitaban y rugían. Era tener sobre la cabeza un océano embravecido y furioso. Y Aoi cantó una tonada en un idioma musical, sonaba dulce como una canción de cuna, sin embargo cada vez que pronunciaba  una extraña nota silbante un soldado caía muerto de manera horrible e inexplicable. Se llevaban la mano al corazón antes de caer fulminados,  otros en cambio no podían contener la sangre que surgía de nariz, oídos y ojos y se desangraban con los rostros desencajados de terror.

Murieron muchas personas aquel día, monjes, aldeanos y una treintena de soldados. Únicamente se salvaron tres monjes. Para las supersticiosas aldeas vecinas lo ocurrido había sido un castigo de Kuraokami, el dragón de las nubes negras y las tormentas. No pensaba así el señor feudal y ordenó que le trajeran las cabezas de  los que se habían salvado, incluida  la mujer pez.

Perseguidos, se refugiaron en las profundidades  de las montañas. Los tres monjes tras la gesta que habían presenciado, la veneraban como una diosa, a la vez que la temían. Se convirtieron en sus primeros discípulos, abandonaron su credo de la cruz y Aoi se convirtió en su nueva religión. Con el tiempo engendró tres descendientes, tuvo un hijo con cada uno de ellos. Dos fueron varones que no heredaron sus características, pero la tercera en llegar, la más pequeña era una sirena: Midori, la madre de María.

© Q.M.