Aquí, el único tiempo, el único lugar

Estemos donde estemos, ya sea en nuestra ciudad, otro continente, la montaña o el mar… podemos ponerle un nombre: París, Montblanc, la muralla china de Pekín, etc…todos los lugares son aquí, porque necesitan de nosotros para existir. No estamos en el mundo, el mundo está en nosotros. Si nosotros no estamos previamente, nada puede existir. Cuando dormimos soñamos que paseamos por agrestes montañas de piedras calcáreas, con su vegetación, el tacto áspero de las rocas, el sol inclemente, montes con millones de años, millones de historias ocurridas en el valle a sus pies, con sus gentes…con su cultura o civilización, ¿Dónde va todo cuando despertamos? ¿Alguna vez existió realmente? Sin embargo nosotros si que estuvimos…y reconocemos: «Esta noche he soñado que… »

Crepúsculo

La muerte camina a nuestro lado, desde siempre. Fingimos no conocerla, no verla, giramos la cabeza  hacia otro lado rehuyendo el encuentro con sus ojos cuando se cruzan nuestras miradas. Es una hermana gemela a la que nadie quiere, una niña desamparada de Dickens. «Esa»…la nombran despectivamente.

Sin embargo yo sé  su nombre secreto, me lo dijo cuando éramos niños, aunque lo fui olvidando… Nombrarla era llamarla, y siempre acudía alegre como un cachorro necesitado de cariño y caricias. También tenía otros muchos nombres, me gustaba Crepúsculo. Me advirtieron que no me acercara a ella,  ni la mencionase, pues era algo malo frecuentar su compañía. Los creí y  la relegué al olvido, al ostracismo de la soledad y dejé de jugar con ella. Tenía ocho años.

Recuerdo que le hice un dibujo, una flor solitaria contemplando una puesta de sol y puse su nombre en el mismo. Lo introduje en una caja de metal que todavía olía a galletas, a vainilla y chocolate. Le puse mis guantes de lana pues siempre tenía frías las blancas manos y cavé un agujero bajo mi árbol preferido y la enterré allí, rezumando dolor y lagrimas, bajo la verde hojarasca de las ramas, bajo las hojas caídas de la infancia. Y nos fuimos a vivir a la ciudad.

Volví unos años después para reunirme con ella, tal era mi añoranza que ni las décadas pasadas ni la distancia borraron su presencia.

 La caja se había convertido en una herrumbrosa lata llena de agujeros a través de los cuales veía sus ojos tristes y apenados, grandes y limpios. Nunca dejó de ser niña…ni yo tampoco había crecido tanto.

Somos dos cuerpos gemelos, unidos por el hilo invisible de la existencia, una sola alma, es mi hermana y la quiero. Nacimos el mismo día y nos iremos igualmente a la misma hora, cogidos de la mano,  unidos  como siempre lo hemos estado.

© Q.M.

«Ya sobre las tumbas no gimen los sauces; la muerte es “la cosecha, la que abre la puerta, la gran reveladora”; lo que está siendo, fue y volverá a ser; en una grave y celeste primavera se confunden las oposiciones y penas aparentes; un hueso es una flor. Se oye de cerca el ruido de los soles que buscan con majestuoso movimiento su puesto definitivo en el espacio; la vida es un himno; la muerte es una forma oculta de la vida; santo es el sudor y el entozoario es santo; los hombres, al pasar, deben besarse en la mejilla; abrácense los vivos en amor inefable; amen la yerba, el animal, el aire, el mar, el dolor, la muerte; el sufrimiento es menos para las almas que el amor posee; la vida no tiene dolores para el que entiende a tiempo su sentido; del mismo germen son la miel, la luz y el beso; ¡en la sombra que esplende en paz como una bóveda maciza de estrellas, levántase con música suavísima, por sobre los mundos dormidos como canes a sus pies, un apacible y enorme árbol de lilas!»

José Martí – (fragmento)El poeta Walt Whitman