La zíngara

-FRAGMENTO DE NEREA Y MAURICE-

Maurice quiere continuar pero la intensidad de la emoción se lo impide. Reina un silencio sepulcral en  Le cigne bleu. Una voz ronca dice: «Aquí se acaba la historia». Era su propia voz que apenas reconocía.

—Ponme otro trago, ―le dice al tabernero.

Los oyentes comienzan a abuchearlo y  a silbar su descontento,  quisieran un final de cuento: «…y comieron perdices». Aunque la mayoría ya sabe que los finales felices no abundan, en cambio si son frecuentes los naufragios amorosos, las decepciones y las penas. Es la rabia contra las injusticias de la vida y la protesta no es contra él, el narrador, el mensajero, sino contra el destino.

Hace oídos sordos a las protestas, inmerso en su  visión, sueño, o experiencia ¿Acaso alguna vez pasó? ¿Tuvo otra vida? ¿Se estaba volviendo loco? ¿Qué significaban aquellas visiones tan desconcertantes de los últimos meses?

Veía una sirena junto a un lago, recostada contra un viejo tejo tarareaba una canción. Sabía que era ella, Nerea, pero no la reconocía, sentía su familiar presencia pero su forma era desconocida, excepto por sus ojos…y la voz. No sabía si pertenecía al pasado o al devenir, se confundían  en su mente. 

  En otras ocasiones se superponía en su visión una muchacha, cuya mirada se perdía en la frontera infinita del horizonte. Contemplaba el azul del mar y el misterio de sus profundidades. Las aguas se reflejaban en sus  ojos turquesa, cambiantes como las mareas.Y también aparecía un joven con los ojos de color miel. El corazón se le aceleró, ante la certeza de que aquel niño, de forma incomprensible, era él. Ella le cantaba al oído en un lenguaje submarino hecho de burbujas y destellos de luz. Reconocía la canción.

Maurice tiene la sensación de estar escuchándola ahora. Se pellizca fuertemente, le duele. No es un sueño alguien está cantándola. El corazón se le acelera al tiempo que  siente un cosquilleo en la nuca, se gira y ve una zíngara en la penumbra. Lleva un  pañuelo rojo con lunares blancos sobre la cabeza, anudado a un lado de la oreja derecha. No puede  verle las facciones, solo dos llamitas que se reflejan en sus pupilas oscuras. En el centro de la mesa arde una vela. Una luna diminuta, muy blanca, aparece bajo aquellos ojos brillantes, le está sonriendo. Sabe que se llama Esmeralda y no la ha visto nunca antes. Se pone en pie y se acerca a ella. Está barajando los naipes del tarot lentamente, de sus labios pende una pipa de boj, el humo que desprende no huele a tabaco, es un olor animal. Le hace señas para que se siente frente a ella. Le da una  profunda chupada a la pipa y, inesperadamente, le sopla el humo a la cara.

—¡Qué demonios! —exclama Maurice.

Mientras la pitonisa ha extraído tres cartas del mazo y las deposita sobre la mesa: La rueda de la fortuna, la muerte, el enamorado.

Maurice mira los tres arcanos que se convierten en conos de arena que se unen formando un único montículo. En el vértice del mismo se inicia un movimiento en espiral, un torbellino diminuto,  hipnótico,  del que no puede apartar los ojos. En el centro del remolino una luz azulada pulsa y lo atrae irresistiblemente y siente como cae dentro…Se forma una imagen en su campo de visión. Ve como Héctor lloró la perdida de Parténope, y también como su pena y tristeza lo iba consumiendo día a día. Hasta que acudió a la sacerdotisa del templo que le dio una pócima para reunirse con la sirena. Bebió el brebaje y una negra  flor de sedosos pétalos  creció en su corazón cubriéndolo todo de negritud. Igual que la noche avanza sobre el día y cubre y diluye las formas visibles hasta hacerlas desaparecer, hasta que todo es oscuridad. Sintió miedo.

—No temas, —dice una voz muy amada.

Convertido en un inmenso espacio negro, pulsante y cálido, Héctor no sabe dónde comienza él ni dónde empieza la sombra, no encuentra ninguna frontera. No tiene cuerpo individual, igual que la gota de lluvia se funde con el mar, él era ilimitado. Todo y nada ¿Cómo podía la gota de agua tener una existencia separada del océano?

Llantos de niños y sollozos de adultos resuenan en la distancia, camina hacia el alboroto. Las sombras se van deshilachando convertidas en velos de seda negra que caen al suelo dulcemente. Héctor se encuentra en un puerto muy bullicioso del que zarpan las nuevas vidas y retornan de su viaje las antiguas. Está en la matriz de la creación, el vientre de Gea ¿Cuantas veces había vivido? ¿Cuántas veces la había amado antes?  ¿Por qué los dioses eran tan crueles? 

La muchedumbre se mueve y empuja…se ve  arrastrado por un aluvión de seres humanos de sexo, edad y razas diversas que lo introducen dentro de un navío. Los pasajeros no pueden resistirse, sonríen eufóricos porque la sed de existencia es como un encantamiento que les muestra su mayor deseo, su mayor esperanza, su sueño. Es el juego de los dioses, y todos saben que no son de fiar, caprichosos y volubles….prometer no es conceder. Mas la promesa de un nuevo futuro es irresistible, y la odisea larga y peligrosa.

Y ella era su devenir…y lo estaba esperando. Se llamaba Nerea, su sirena. ¿En qué momento se había convertido él en Maurice? Finalmente el destino los reunió en Marsella.

Sentía  que el sabor a sal de su piel desnuda aún perduraba en la memoria de sus labios cuando la besaba. El aroma de su cuerpo era de fruta madura y vainilla, el tacto y el color de la piel recordaba al rosado melocotón. Sus labios sabían a miel. Dulces eran las horas pasadas junto a ella. Y las más hermosas. Sentada en un trono de coral rojo, era la reina de sus mares en calma.

 Hasta que la enfermedad llegó implacable y desconocida. No era posible su curación. Los augurios eran funestos. Ya había perdido una pierna.  Debía regresar al océano si quería salvarse y tener la posibilidad de volver de nuevo junto a él. Y se marchó una tarde de verano,  sin avisar para evitar el drama de la  despedida. Desde entonces Maurice aguarda su retorno.

Siente unos golpecitos en el hombro. Es la gitana.

—Has entendido la tirada —le preguntó.

—Sí, habla de un viaje, somos navegantes en la espiral del tiempo. Nuestra realidad necesita de un cuerpo para poder amar y ser amado. Entre miles de posibilidades solo una es la que nos completa. Y la reconocemos cuando la tenemos delante.

—Exacto, solo hay un amor, pero en ocasiones no estamos en el mismo giro, ni en la misma época.  Nuestro aspecto ha cambiado porque cada viaje es una identidad nueva. El encuentro de nuestra pareja es inevitable. Aunque en ocasiones se atrasa uno de los dos, se demora en otra vida por diversas circunstancias, y no coinciden. En otras pueden estar en un mismo día y ciudad, pero uno es  anciano y el otro  joven, mas el amor prevalece por encima de las diferencias. No tiene edad.

—Sí, el amor existe fuera del tiempo y de la apariencia física.

—El amor es belleza pura, no tiene forma. Aquellos que lo llevan dentro lo reconocen fuera, no importa la máscara tras la que se oculte. Se puede sentir la presencia de la persona amada incluso cuando nunca se haya producido un encuentro. Se puede morir de nostalgia del amor que se presiente aunque el destino no haya hecho posible conocerse.

©Q.M.

Océanos de asfalto, sirenas de cristal

Homenaje a todas aquellas personas que se conmueven, ayudan, sienten empatía y no dudan en tender una mano al necesitado sin esperar nada a cambio. A todas las flores que se abren sin miedo entre las grietas del asfalto de ciudades hostiles, mostrando ante la indiferencia del mundo su belleza y su aroma exquisito, y también a las que florecen en la oscuridad y en la soledad aparente de desiertos donde nadie las ve…..pero no por ello pasan desapercibidas, las estrellas son testigos sonrientes, el universo entero te reconoce como uno de los suyos y agradece tu generosidad. Toda pequeña luz aviva la llama. Gracias.

En fríos océanos de asfalto donde el sol apenas calienta, en barrios marginales sumergidos bajo aguas grises, monstruos colosales, espectros de un pasado que nunca existió emergen en playas sucias que no aparecen en postales, ballenas varadas, cetáceos destripados mostrando sus entrañas de acero. Arrecifes de coral colonizan hierros retorcidos y cristales rotos, sepultando promesas engañosas sobre un futuro de abundancia, trabajo y dinero,

Industria, casas con jardín y piscina, la gente soñaba una ilusión divina, pero despertó a una cruda realidad, un juego de magia que anunciaba ruina. Gobernantes mentirosos y crueles manejaban falsas excusas, jugando con las esperanzas ajenas a la ruleta rusa.

Paisaje distópico de desesperación es el alma humana, tiempo estancado, la felicidad se escurre entre los dedos, no hay fechas festivas en el calendario, Eclipse eterno de las ilusiones.

En un cementerio de naves a la deriva se convierte la existencia, varadas sobre dunas de arena mentes fatigadas dormitan inquietas. Rayos oblicuos del sol en las profundidades iluminan a viajeros perdidos, náufragos sin timón, vidas sin rumbo y reos condenados a arrastrar en sus pies cadenas. Las almas se esconden de miradas ajenas tras máscaras agresivas de monstruos y personajes violentos, pretenden impresionar, asustar, pero bajo la apariencia espantosa criaturas solitarias y asustadas curan viejas heridas y penas.

Jóvenes sin futuro cierto, su descontento transformado en llamas ardientes, Fuego en las calles, desesperación, que devora sus almas evanescentes. Incertidumbres y temores disfrazados de imprudente osadía. Violencia en las palabras, en las miradas, en las manos armadas, valentía en manada, miedo en soledad. Agresividad con el extraño, con el diferente, con el más débil se ensaña, la lucha oculta su dolor latente.  

Un niño llora, pero nadie te presta atención.

Tus insultos, tu rebeldía es tu clamor, quieres ser escuchado, amado…y te encuentras en un laberinto sin salida.

Océanos de asfalto, donde se deslizan leyendas de sirenas con voz de cristal que cantan a los perdidos, a los olvidados un tema inmortal, sanando corazones con su melodía sobrenatural

Caretas espantosas ocultan rostros curiosos, monstruos surgen de las tinieblas a su encuentro.

Curando las heridas, ofreciendo una sonrisa, una palabra de consuelo.

Ella no los teme y con cada estrofa musical, trae luz al abismo, acerca a los mortales el cielo. 

En este mundo sombrío y hostil, su presencia es un faro, una guía, una mano hermana

su sonrisa luz de estrellas que ilumina los rincones y entibia la existencia humana.

Resuena en las tempestades su voz, y las tormentas se calman y postran a sus pies.

 Bálsamo del espíritu son sus palabras, nanas que acunan las emociones.

El niño deja de llorar, en el silencio, su canto resuena y conmueve.

Y crea un mundo de esperanza porque es entrega, luz, amor y dulzura.

A su paso surgen campos de flores que cubren el gris asfalto de vivos colores.

Su ternura salva mundos.

Nerea y Maurice (sobre el Amor)

—Sí, el amor existe fuera del tiempo y de la apariencia física.

—El amor es belleza pura, no tiene forma. Aquellos que lo llevan dentro lo reconocen fuera, no importa la máscara tras la que se oculte. Se puede sentir la presencia de la persona amada incluso cuando nunca se haya producido un encuentro. Se puede morir de nostalgia del amor que se presiente aunque el destino no haya hecho posible conocerse.

Maurice siente de nuevo unos golpecitos en el hombro. Es Lola.

—¿Te encuentras bien? Te has quedado dormido y hablabas en sueños. —le dice.

Mira a su alrededor, está en su mesa de siempre, sin rastro de la adivina ni de los naipes.

—Deberías dejar de beber y retirarte a tu casa. Ya es noche cerrada. No pienses tanto en Nerea o tus pensamientos acabarán destruyéndote como una frágil barca contra los arrecifes. —continúa la cocinera.

— Los cantos de las sirenas no estrellan navíos  contra las rocas ni envían tripulaciones al reino de Poseidón. Alivian las almas del peso  de eslabones  y cadenas. Tal es el prodigio que producen sus canciones. Su voz no es lo que cuentan las leyendas ni los mitos, —le responde―. Y pregunta: 

—¿Qué se debe Lola?

—Hoy invita la casa, todavía estamos conmovidos con tu historia.

Insiste en pagar y echa mano al bolsillo de su chaqueta buscando  monedas sueltas. Nota un objeto desconocido y lo saca a la luz: Es una carta, el  arcano XIII, la muerte. El final y paradójicamente el principio. Ouroboros.

La posadera se ofrece para llevarlo a casa con ayuda de su marido, pero Maurice insiste en que puede ir solo. Se levanta y sale de la taberna. Está nevando. Añora su ausencia aún más. Camina hacia la rocosa escollera,  anhelando ver su cola entre las olas o escuchar su canción transportada por  la brisa.

El mar está calmo convertido en un espejo mudo y  sin apenas movimiento. La nieve cae lentamente y cubre con una fina capa plumosa la arena de la playa. «El blanco es el color del silencio. El silencio a su vez contiene todos los sonidos, nacen en él», le dijo en una ocasión Nerea.

Una melodía se desliza en la noche, flotando sobre las aguas, agitando levemente los copos de nieve y arrancando  tintineos de los mismos como si fuesen diminutas campanas de cristal. De las profundidades surge un rumor que se va incrementando. El bramar de los poderosos mares lo precede, suenan las cornamusas y trompetas, caracolas alegres y triunfales anuncian su llegada. Un coro de ninfas entona la canción  que Maurice ya conoce. Su corazón salta y baila de gozo. Se oyen relinchos y cascos de caballos cabalgando al galope.  De entre las olas de espuma blanca surgen cuatro corceles azules de Poseidón, tiran de una concha gigante de nácar y oro sobre la que se halla Nerea. Se encuentran sus miradas, ella tira de las riendas y se detiene junto a él. Le tiende la mano.

Fragmento de Nerea y Maurice

©Q.M.

Nerea y Maurice – La Martinica

—¿Y el océano? ¿Cómo son aquellas aguas? —le preguntó, y añadió—Nunca viajé tan lejos, nunca más allá de las columnas de Hércules.

—Aquellas islas son el paraíso sobre la tierra, aunque volcánicas las playas son de arena blanca. Las aguas son de un luminoso turquesa, nítido y transparente, tanto que los naturalistas no necesitan sumergirse en ellas para estudiar  los  fondos marinos y las miríadas de  seres que habitan en ellas. El clima es muy cálido y  húmedo, la tierra fértil y caliente la sangre, todo invita al amor. Creced y multiplicaos, dice en el libro santo, y todos los seres vivos de aquel edén se dedican a ello. Es una fiesta continua, donde flores, peces y aves de especies nunca vistas ni en París ni en Londres,  compiten para mostrar los colores más vivos e intensos imaginados. Llamaradas de color en guacamayos y loros de plumajes deslumbrantes y valiosos como la más exquisita de las gemas, flamencos y garzas surcan los cielos convertidos en nubes de tonalidades imposibles. Incluso hay aves como el colibrí, no mucho más grande que un abejorro que se alimentan del néctar de las flores. Las fragancias de las mismas excitan los sentidos, y los apetitos, tanto el hambre de alimentos cómo el hambre de caricias. Igual ocurre con las frutas, dulces, jugosas, deliciosas… incluso una se llama la fruta de la pasión. Y lo mejor es que toda esa vitalidad e intensidad se contagia a los hombres y mujeres. Vivir allí es un regalo que hace la vida.

Ella se quedó silenciosa. La mirada perdida en la línea del horizonte. Aquel día le preguntó:

—Maurice, ¿cómo es que no te quedaste a vivir allí, en aquel paraíso?

Él contemplaba las lejanías azules del mar y sin mirarla le dijo:

—Porque mi edén no estaba en aquellas tierras, sino junto a ti. Aunque primero debía encontrarte, o mejor dicho reconocerte. No sabía que aspecto tendría  la flor, únicamente tenía el aroma de su presencia. Era suficiente.

Maurice volvía día tras día al espigón desde que ella no estaba, Infelicidad. Los pensamientos y las olas de su memoria se  estrellaban violentamente en las rocas de su mente atormentada. Y sin embargo no perdía  la esperanza de verla  aparecer entre la espuma, como una diosa cabalgando las olas. Una vez más.

Su amada sirena se fue mar adentro una tarde de verano, en la playa quedaron sus sandalias y una nota escrita de su mano bajo la vestimenta: «Ningún hombre me ha amado como tú, volveré a nacer para poderte besar una vez más».

Midori – María

«De los tres descendientes de Midori, solo su hija María ha heredado sus poderes, es una hanyò como ella, un ser  nacido de la relación amorosa entre un yokai —espiritu― y un humano. Su apariencia es enteramente humana, pero es mucho más fuerte y resistente. En los aspectos no visibles para las personas comunes, tiene poder sobre diversos tipos de energía animal y vegetal. Posee un oído capaz de captar el latido de un corazón o el fluir de la sangre; además de un olfato prodigioso, y sobre todo una voz hipnótica que actúa sobre la voluntad de los animales y hombres.

En María, desafortunadamente, se ha desarrollado en exceso un aspecto tenebroso, muy típico de nuestra raza terrestre, la arrogancia, y la ambición desmesurada. Al saberse muy superior a los hombres, íntimamente nos desprecia y anhela el control sobre todos nosotros. Ya es presidenta de la Yoshimoto Corp. una empresa con mucho poder sobre el gobierno de aquella nación. Y aspira a más…

Me ha dicho su madre que no es solamente en el mundo de los negocios donde es agresiva, su mitad yokai es muy poderosa energéticamente y la utiliza para destruir a sus enemigos. No le bastaba con ser la heredera de la auténtica tradición familiar de la Ningyioryu sino que ha pervertido sus principios originales. Solo son admitidos en esa escuela personas que ella elige personalmente y que le profesan obediencia ciega,  auténticos samuráis dispuestos a morir por ella, o a matar, sin cuestionar nunca una orden. También se ha deshecho de la competencia eliminando a los maestros ya ancianos  de La vía del Grito, con lo cual la “ryu”escuela— ha desaparecido y parte de los practicantes se han hecho adeptos de María.

Su ambición, arrogancia y prepotencia la han convertido en la candidata de un nuevo partido político de ultraderecha con muchos recursos económicos, o sea mucho poder. Con sede en Nagasaki. Claramente xenófobo, homófobo y nacionalista que promulga la vuelta a las tradiciones del shogunato, la época de oro del Japón según ellos. Basta delincuencia, es uno de sus lemas. Misteriosamente, las organizaciones criminales de la prefectura de Nagasaki han sido descabezadas. Sus dirigentes, aparentemente fallecidos por causas naturales, han sido sustituidos por individuos del entorno de María. Por así decirlo, se ha convertido en “La madrina” de la mafia yakuza en la prefectura de Nagasaki. En pocos años lo será de toda la isla de Kyushu…y no se detendrá ahí,

Me ha recalcado  una y otra vez  que hay que tener cuidado con su voz, es un arma muy peligrosa, seda y puñal, seducción y muerte. Cree que incluso María desconoce su propio poder de destrucción,  es aterrador.

Me contó un episodio de la niñez. Cuando María tenía cuatro años estaban en el parque de Komo, famoso por la enorme cantidad de palomas que viven allí viven. Los padres llevan a sus hijos para que les den de comer. Hay muchos tenderetes  que venden grano para las aves, las cuales están habituadas y que acuden dispuestas a alimentarse de las manos, o subirse a la cabeza de los niños, todo ello con gran revuelo. Los infantes disfrutan con ello, los padres toman fotos sin cesar. María llevaba aquel día un sakuramochi ―bola de arroz glutinoso teñido  de rosa― acabado de comprar. Le encantaba ese dulce, pero también a las palomas…y una de ellas se lanzó con tanta violencia hacia la mano que hizo que le cayera la bola de arroz al suelo, y se estrellase a sus pies. Acudieron nubes de palomas, centenares de ellas…María se quedó quieta mirándolas y abrió la boca, emitió un sonido inaudible entre tanto batir de alas, un siseo prolongado, y las aves empezaron a retorcerse de dolor, espasmódicamente, algunas sangraban por los ojos, los oídos y otros orificios corporales. Se agitaban hasta morir y María sonreía, sus ojos daban miedo, sin rastro de compasión. Hasta que cesaron de moverse todas, formando un montículo de plumas grises, y blancas manchadas de sangre a nuestros pies. La policía acabó arrestando al vendedor de mochis por envenenamiento. Un agente les dijo que podían estar agradecidas a los kami,  las palomas habían salvado a la niña de morir.

Y aquí  concluye la entrevista con Midori».

© Q.M.

Súplica a Neptuno

Acudo a ti Neptuno, señor de los mares y del reino sumergido, con una súplica:

Condúceme junto a ella, mi amada sirena, una vez más.

Nos encontramos una tarde soleada de verano,  en la playa del océano de la existencia. Anclamos el navío del destino en la orilla de tu mar en calma y caminamos por las arenas detenidas del tiempo, sintiendo las caricias de las suaves ondas de  cristal sobre los pies cansados del largo viaje.

Breves fueron los momentos junto a ella, los gránulos dorados de los minutos volvieron a caer sobre las huellas de nuestros pasos en la blanda arena de la memoria, hasta cubrirlos y hacerlos desaparecer en la playa desértica y árida del olvido. Cuando la mente sufre pérdidas quedan los recuerdos, eternos, esculpidos en el corazón.

Recuerdo y no olvido que nunca fuimos amantes, aunque nunca  dejamos de amarnos. Era una certeza y una paradoja.  Rememoro un pasado que no ha tenido presente. No habían tenido tiempo apenas de conocerse nuestros cuerpos sedientos, aunque los sentidos todo lo sabían para calmar la sed. Nuestras manos intuían y los dedos adivinaban secretos y caricias apasionadas que abrían puertas ocultas al amor. En nuestro pecho estaba el refugio, el fuego y la esperanza, la perla que se estaba formando en la ostra, el sol y el agua, tierra y semilla. Latía el corazón impulsando a las flores que esperaban para nacer bajo tierra y cuyo aroma ya impregnaba el aire, como una promesa de felicidad.

Mas el destino fue cruel, y fugaz e incomprensible. Se agitaron tempestuosas las aguas del mar de la vida dejándonos  la miel en los labios, sin  poder saborear el néctar del encuentro. No te culpo Neptuno, sé que tu ira no era hacia nosotros, simplemente te divertías, pero nos alcanzó la tormenta. Vi a los impetuosos caballos azules que arrastraban tu carroza, y la furia de su galope hacía rugir las olas y de sus ondulantes crines de espuma blanca saltaban burbujas de plata relucientes, las ruedas trazaban estelas que se elevaban convertidas en murallas de agua y sal. Tú reías a carcajadas, los truenos eran tu voz, con el  pelo empapado y tus barbas agitadas por el viento. Los rayos surgían de tu tridente con cada sacudida de tu brazo. La lluvia era una cortina de cristal impenetrable.

 Cuando todo hubo pasado y las aguas se calmaron, ella ya no estaba junto a mí. Y desde entonces la busco…y no la encuentro.

Mi navío es ahora un barco fantasma que navega sin detenerse nunca. No tiene puerto ni isla donde varar sino es en ella. Las velas están tejidas con los hilos del tiempo y los colores de la nostalgia. La proa se llama esperanza, la popa  desesperación, ambas aumentan con cada puesta de sol que se oculta bajo el horizonte.

Ayúdame a encontrarla de nuevo…

Ella es una hija de tu reino marino sumergido, de agua y sal son tus olas, igual que mi llanto. Lágrimas de nácar, corazón de coral, sangre en las venas, da igual, somos hijos de la misma tristeza.

Veo nuestros cuerpos separados, danzan tristes canciones en playas solitarias, y mi corazón emite su canto, un lamento de su ausencia, una llamada silenciosa a través de las edades de la vida y  los mares grises. Mi alma con las manos tendidas la busca navegando entre las brumas y claroscuros de tu reino acuático.

Ayúdame a encontrarla de nuevo…

© Q.M.