Una columna de humo negro en una aldea cercana indica que los bandidos han estado allí y mañana seremos los siguientes. He agarrado la botella de tequila de Don Nemupocemo y me la he bebido lentamente. Cuando el lagarto ha bajado por mi cuello ha arrancado un gruñido amenazador de la fiera que está despertando. La luna está en creciente, encabezo la marcha, me siguen una docena de sombras azules. Hachas y cuchillos han dejado de ser utensilios cotidianos, herramientas de gente pacífica, y se han convertido en armas de filos relucientes con sed de sangre.
No esperaban aquella veintena de bandidos, asesinos y ladrones sin escrúpulos que una comunidad de campesinos, un rebaño de ovejas, se convirtiera en una sanguinaria manada de lobos. Yo sé que convertirse en un demonio, un monstruo, en ocasiones es un acto de bondad. Los matamos a todos y colocamos sus cuerpos dibujando una X en el camino que lleva al cañón de Chelly.
Fragmento de «Nubladito» – ©Q.M.

