La magia de Náyade

Bárcabo es un pequeño pueblo del Sobrarbe, Huesca, que no llega a los 120 habitantes. Actualmente subsiste básicamente del turismo rural, pues en esta región hace justicia la propaganda que habla de la Magia de Huesca. Tierra de hechiceras y de árboles milenarios como La carrasca de Lecina, casas de piedra que se mimetizan en el paisaje, con chimeneas troncocónicas que asemejan sombreros de brujas, porque esa era su función alejar a las siniestras señoras cuando volaban por los aires en escobas de brezo, para que no se detuviesen sobre los tejados. También muy cerca, en Tella hay un museo y una gruta donde se conservan los restos de un impresionante oso cavernario. Sí, en aquellas tierras hay infinidad de lugares mágicos, refugios rocosos y cavidades que modeló el agua en la sierra de Guara. No son los abundantes representaciones artísticas de la prehistoria lo que buscan los visitantes, lo que le da realmente fama mundial son los cauces de piedra por donde transcurre el río Guara, y las pozas de agua cristalina y helada donde se practica barranquismo y descenso de cañones…

Es en este entorno de seres tan particulares donde nació mi amiga y poeta Mª Ángeles, debía tener entre 15 y 16 años cuando escribió este poema Náyade. No sé qué la inspiró, ya que no se han visto nunca sirenas en aquellas tierras áridas, pero un día me contó el secreto: «es el agua la que me habla, la viajera memoria de la tierra». Y tiene cuadernos con poemas y un libro de fotocopias encuadernadas con sus escritos, con la inconfundible letra de la Olivetti Lettera 32. Nunca ha publicado en una editorial, pero se acerca el momento…lo sabe, lo sé.

©Q.M.

NÁYADE

Amada mía…

te encerraste espuma adentro

entre los castillos de coral y

las húmedas tinieblas

rehuyendo así,

quién sabe que ansiedades

y tus pasos quedaron para siempre

grabados en mi arena;

tus versos penetraron en mí,

como una nueva sangre.

Se perdía la vista en aquel mar

durante largas horas de tristeza

siempre silenciosa,

siempre ausente,

y de pronto bajabas la mirada hacia el papel

y tus dedos se enredaban en poemas

más divinos que humanos.

Pálida amante, te marchaste…

Y un día oí tocar las campanas del pueblo

y  a las gentes decir que habías muerto,

¡Qué locos! morirte tú,

que vivías tan intensamente en mi corazón

y tu imagen retratada en mis lienzos,

¡Qué locura!…si tú eres inmortal

cómo una estrella errante

que te perdiste entre las aguas.

Pues tú has de vivir siempre

en los oídos de aquellos que saben escucharte

porque tu ausencia es la música del recuerdo.

Náyade, estás ahí sentada

en las rocas como siempre

y luego vuelves a tu mundo

de ninfas y sirenas,

y mi amor te hace eterna…

Porque te escondes cada tarde

con los reflejos de ese sol que te ilumina

y a media noche brilla tu palidez

sobre las aguas plateadas.

Que extraño misterio el de tu vida

y qué ingrata tu ausencia con la muerte,

que poesía me dejó tu calma

tu mirada profunda y

tu voz delicada

y aquel perfume inquieto

que flota tras de mí.

Quién sabe dónde fuiste,

sólo sé que mis pinceles dibujan

con un mágico encanto

 la sombra del pasado.

Náyade, no me olvides

en tu mundo de sombras

porque vivo por ti,

para levantar tus versos

que alivian a las almas llenas de soledades

y de inquietudes viejas

como tú y como yo.

Te esperaré en la playa

sintiendo la caricia de la brisa en mi cara

hasta que algún día el mar compasivo

me arrastre en pos de tí

y me arranque del mundo

para seguir tus pasos…

A. de A. -Kristal-

2 respuestas a «La magia de Náyade»

  1. Gracias, querido… Espero que la magia y la memoria de la tierra continúen transmitiéndonos a los dos sus eternos misterios.

Los comentarios están cerrados.

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