
Cuando era niño, doce, trece años, repartía periódicos, La Vanguardia y El Mundo Deportivo, para una de las tiendas más importante del pueblo; la cual ofrecía un servicio de reparto a los suscriptores, que no eran muchos, básicamente bares, negocios y autoridades, médicos, notario, etc…la gente común simplemente pasaba por el negocio y compraban directamente la prensa. Era una distribución que hacía todos los días al salir de clase por la mañana, no me llevaba mucho tiempo, cerca de una hora. Lo peor de aquello era cuando nevaba o había nevado, pues el carrito tenía unas ruedecillas que quedaban enterradas en la nieve y no podía permitirme entregar un diario mojado. Eran tiempos en que te daban alguna propina de vez en cuando y a final de mes en la tienda también me pagaban algo puramente anecdótico. Con este «trabajillo» mis padres tenían la sensación de que hacía algo de provecho, « a tu edad yo ya trabajaba y hacía esto y aquello», y esa mentalidad de pobres jornaleros era una letanía, una música de fondo, la banda sonora que se había compuesto por la miseria y el hambre en los años de la posguerra.El caso es que en el pueblo había una “rara avis”, una tiendecilla llamada La Estrella, donde vendían algunos juguetes, bolsos, monederos, cinturones, cajas de pañuelos, objetos de regalo humildes y útiles, nada lujoso. Era una tienda para trabajadores, diferente de los negocios con grandes escaparates, maniquíes y dependientas de la calle Mayor, y donde acudían a comprar clientes más acomodados económicamente, en especial veraneantes e invernantes de las clases burguesas de Barcelona.

El caso es que en el pueblo había una “rara avis”, una tiendecilla llamada La Estrella, donde vendían algunos juguetes, bolsos, monederos, cinturones, cajas de pañuelos, objetos de regalo humildes y útiles, nada lujoso. Era una tienda para trabajadores, diferente de los negocios con grandes escaparates, maniquíes y dependientas de la calle Mayor, y donde acudían a comprar clientes más acomodados económicamente, en especial veraneantes e invernantes de las clases burguesas de Barcelona.La Estrella era un local rectangular, una caja de zapatos de dos metros de ancho y el doble de largo, una de las paredes laterales estaba cubierta de estanterías mostrando los artículos disponibles lo que acentuaba la sensación de que era más estrecha aún. Al fondo del local estaba el mostrador con un grueso cristal encima y bajo el cual se podían ver los tesoros que escondía. En la Estrella cambiaban cuentos, lo que antes se llamaban tebeos o historietas, a peseta el ejemplar. Tres pilas enormes bajo el cristal, tres visiones del mundo, los tebeos de risa, DDT, TBO, Pumby, Looney Tunes,etc…los de aventuras, generalmente de Ediciones Novaro de México: El llanero solitario, Roy Rogers, Red Ryder, Hopalong Cassidy, Hazañas Bélicas, Capitán Trueno, Tarzán, etc…y la tercera columna era la de fotonovelas para mujeres Corín Tellado. La propietaria se llamaba igual que la tienda, de edad madura, pelo rubio y lacado preservando las ondulaciones de los rulos, ojos claros tras unas lentes metálicas de montura dorada y sobre todo era amable y atenta, yo la veía como a un hada. Yo era un cliente asiduo y cada semana pasaba por allí para invertir las propinas si había tenido suerte, expectante por examinar, las novedades que otros habían llevado. También existía una colección que se llamaba Joyas Literarias Juveniles, completamente ilustrada a color reunía las obras más populares de la literatura universal: Charles Dickens, Víctor Hugo, Julio Verne, Edgar A. Poe, Daniel Defoe, León Tolstoi, Louise May Alcott, Herman Melville, Alejandro Dumas, etc…

De ahí, el salto a los libros ocurrió espontáneamente, la imaginación enriquecía e incrementaba todo aquello que leía y era mucho. Me sumergía en la lectura y descubría un nuevo mundo de pensamiento, sensación y emoción en cada libro. Siempre he disfrutado mucho de una buena lectura.¿A qué viene esta entrada?Sigo leyendo historietas si son de calidad, ahora los llaman comics y hay auténticas obras de arte con ilustraciones y guiones que hacen reconsiderar la calidad de un género siempre considerado menor o simplemente no maduro. Cuando escribo a menudo lo visualizo como una historieta ilustrada, mostrar más que explicar, un storyboard que transmuto en palabras. Hubo un momento en que un ilustrador español me propuso pasar alguno de mis relatos a guión para comic, pero no era el momento ni yo me veía con la capacidad de enfrentarme a ese reto, muy similar al de escribir un guión cinematográfico.Ahora, aunque no se estila que los libros lleven ilustraciones, sí que a nivel de blog me gusta incorporar alguna imagen gráfica en los relatos, por lo de: «Una imagen vale más que mil palabras». La IA me permite la posibilidad de crear bellas ilustraciones sin tener talento para el lápiz. Lo cual desde mi punto de vista es magia pura. En el mundo de la escritura los sortilegios no cesan nunca, los universos siguen inexplorados, esperándome, esperándote.
©Q.M.

