La sirena I – El origen de la historia

Abre los ojos, siente rigidez en el párpado derecho, recuerda el golpe en la cabeza y sabe que es sangre seca. Mira los eslabones oxidados que rodean sus pies y que, como una serpiente larga y deforme, conducen a otros seres tendidos o sentados en el suelo, que se encogen y gimen en las sombras, entre los árboles. 

Recuerda que estaba recostada contra el anciano tejo, contemplando la imagen de las suaves colinas boscosas sobre el espejo del lago. No los oyó llegar. 

Es una cautiva. Las cadenas que la aprisionan rodean al tocón milenario, mustio y agrietado, testigo del paso de las edades, ramas y hojas crecen allí donde aún llega la savia. ¡Agua!, quiere gritar, pero la palabra no llega a surgir de su boca reseca, quedándose convertida solo en un deseo acuciante. 

Tiene sed, mucha sed. Su cuerpo está acostumbrado a la humedad. Demasiado tiempo sin beber, sin mojarse.

El sol desciende mudando de color las aguas, de verde oscuro a anaranjado. La luz se difumina en tonos rosa y malva hasta que se oscurece y el negro del agua y del cielo se amalgaman. 

Se enciende una gran hoguera que ilumina el campamento. A su alrededor se alzan tiendas para los soldados; los encadenados duermen al raso. A la luz de las llamas reconoce el estandarte SPQR. Son romanos, una partida no muy numerosa que se repliega hacia al sur, seguramente en dirección a Eboracum. Los cuantiosos fardos y paquetes que se acumulan en las dos carretas y los esclavos agotados, indican que han emprendido un rápido viaje de retirada.

Un soldado se acerca hasta donde se encuentran atados: allí no llega el calor. Con una rama ardiendo en una mano, con la otra recoge piñas secas y ramillas del suelo. Prende el montón, que pronto arde alegremente, desaparece y regresa con un haz de gruesas ramas secas. Dispone una parte con cuidada geometría sobre las llamas y se va. 

Observa el humo gris ascendiendo con rapidez hasta desvanecerse en el aire. Respira las emanaciones balsámicas de la resina de pino al arder. Ve como sobre la superficie de un tronco, todavía húmedo, corretea una minúscula araña tratando de escapar de las llamas; se oye un siseo, un susurro leve que a ella le suena como un grito, y la araña encoge sus patas en un espasmo antes de estallar en una llamarada. 

Un estremecimiento recorre su cuerpo. Es más consciente del calor, de que su piel, su órgano más sensible, empieza a secarse. Es el paso previo al cuarteamiento. Las imperceptibles líneas blancas que van apareciendo en su cuerpo parecen dibujar escamas.

Vuelve el soldado, y mueve enérgicamente los maderos para acomodarlos; una lluvia de diminutas estrellas anaranjadas se eleva chisporroteando vivamente. Se inclina para dejar dos troncos más sobre las llamas y, entonces, la mira.

—¡Se ha despertado la abominación! —grita al ver que ha recobrado el sentido.

De las penumbras, en la periferia del campamento, emerge un soldado. Camina lentamente, con seguridad; los destellos que parpadean en su tórax revelan, cuando las llamas lo iluminan plenamente, el símbolo plateado que le cuelga del pecho. Es uno de los que abrazan la nueva religión. Sus ojos son pequeños y negros, las llamas los convierten en dos alfileres de luz en una cara oscura que las sombras no permiten ver bien, aunque siente que la oscuridad más que un tono de piel, es una emanación de algo que lo consume por dentro y lo acompaña. No es una enfermedad, ella conoce muy bien los efectos de la maldad humana. 

—Tráeme un asiento —ordena al soldado. 

Coge el balde de bronce que le tienden y, dándole la vuelta, lo deposita en el suelo con un golpe seco. 

—¿Hablas nuestra lengua?

Ella asiente.

—¿Podéis darme un poco de agua? —suplica. 

Él la ignora y continúa: 

—Me llamo Lucius, soy clérigo y oficial delegado por nuestro obispo Germano para luchar contra la herejía del Pelagianismo, y llevar la única fe a los paganos de estas tierras britanas. Regresamos al sur para embarcarnos. Volveremos con más legiones hasta que podamos salvar a estos bárbaros de su propia condenación. Y tú, ¿Tienes un nombre? ¿Qué haces aquí? 

—Me llamo Iremi y vivo aquí desde hace mucho tiempo. Soy una sirena. 

La mira sin inmutarse para luego bajar la mirada a sus pies palmeados y, señalándolos, dice: 

—Las sirenas no existen, son creencias de gente ignorante y pagana, dioses falsos de la época oscura de la humanidad. ¡Mitad mujer, mitad pez, que absurdo! Además tus pies, con esas membranas, recuerdan más a una oca o un sapo que a un hijo supuesto de algún dios mitológico. Una anomalía así solo puede indicar que: o bien es una intervención de Satanás, o bien un castigo divino. Me imagino que ni siquiera conoces a tus padres; seguramente seas fruto de alguna relación contranatura.

Iremi se queda en silencio. Él sigue preguntando: 

—¿Cómo has aprendido nuestra lengua? Más al norte del muro de Adriano no ha habido nunca una colonia romana. Debes decirme la verdad, te conviene.

—Hablo todos los idiomas de la tierra —le responde en griego, y añade—: También hablo minoico, acadio, egipcio, persa, etrusco, y otras lenguas ya olvidadas que se hablaban cuando el mundo era joven. Todo el secreto de mi conocimiento está en el agua; el agua es la autentica memoria de la humanidad, no los recuerdos de la mente.

—Satanás habla por tu boca sin sentido, debería quemarte viva por hereje. ¿Cómo va a estar en el agua la memoria y el conocimiento de la humanidad? —responde con indignación—. El conocimiento es un bien preciado que no está hecho para el entendimiento de la plebe, sobre todo no está hecho para que lo comprenda una mujer y menos una “deforme”; está en libros sagrados, no todo el mundo posee la capacidad de discernimiento necesario para comprenderlos. Por ello consagramos nuestra vida a transmitir verazmente la enseñanza divina. Somos los elegidos. —Y mientras baja la cabeza en un gesto de desánimo, masculla—: El agua, otra nueva idolatría.

La sirena escucha el silencio que se ha hecho tras el estallido de rabia. No se oye un solo ruido en el bosque, como si todos sus habitantes hubiesen desparecido. Solo el leve crepitar de la leña ardiendo perezosamente. Aprovechando el silencio, explica: 

—El agua rodea y penetra todos los mundos conocidos. Somos agua en la mayor parte de nuestros fluidos: el sudor, las lágrimas, la expresión de nuestras emociones tiene el mismo sabor salado del mar. El árbol toma el agua a través de pequeños capilares, respira el vapor que ayuda a formar las nubes; las nubes lloran sobre la tierra y los ríos recogen sus lágrimas que van al mar, la gran madre acogedora. Y de allí se elevan de nuevo en un ciclo sin fin… ¿Quién mejor que nuestra madre, el agua, para conocer la lengua y los secretos de sus hijos? 

—¡Calla! —grita Lucius y la golpea con el dorso de la mano y le rompe los labios—. Solo hay un Padre, no hay madre. Si el agua te habla, deberías saber la realidad, la única existente. Ten cuidado con lo que dices. Vamos a dejarnos de fantasías, dime la verdad, te repito que te conviene. ¿Dónde naciste? ¿Cuándo naciste? 

—Es una larga historia —responde—. Me siento fatigada. Necesito agua. 

Ha llegado el dolor, los contornos de las invisibles escamas son líneas de puntos que palpitan bajo su piel como si tuviesen vida propia. 

El clérigo da una orden. Un soldado le acerca un cacillo de agua. Bebe lentamente una parte, vuelca el resto del líquido sobre su cara y cuello, que la absorben de inmediato. 

Iremi gira la cabeza atraída por unos gritos. A la joven más cercana a ella le quitan los grilletes y cuatro soldados la arrastran dentro de una tienda.

—Por favor, ¡No! Tened piedad —grita.

—Vamos, zorra, deja de gritar o ya sabes lo que te ocurrirá —se oye en el interior —. ¿Quieres perder tú también la lengua? 

—Libérala, Lucius, y te lo contaré todo, aun aquello que no quieres oír —pide la sirena.

—Así sea. ¡Marco! Devuelve la picta a su lugar —grita. 

—Pero, señor, nos la prometísteis para hoy —dice una cabeza que asoma por la abertura de la tienda.

El clérigo se yergue, la oscuridad se mueve a su alrededor como una niebla viva. El soldado empalidece, desaparece dentro y sale arrastrando a la cautiva hacia su sitio.

—Coged aquella —dice el oficial, señalando a otra—. Sí, la muda, ella ya ha aprendido la lección.

Los sigue con la mirada. Arrastran a una mujer de mirada aterrorizada y desaparecen dentro. Se gira hacia Iremi:

—Siempre es mejor perder la lengua que la vida, ¿verdad? Aunque eso quita valor a las esclavas, pero a veces hay que dejar que la soldadesca de rienda suelta a sus instintos, forma parte de la paga y, al mismo tiempo, los apacigua y los hace sumisos. 

Parece meditar algo y añade: 

—Dime, sirena, ¿cuál es tu historia? Si es de mi agrado, te daré este recipiente lleno de agua —dice y golpea el cubo sobre el que está sentado.

—Nací en el Egeo. Recuerdo cuando llegué desde las profundidades. Me di cuenta de que era un mar infinito, de luz y espacios radiantes. Me acerqué a la orilla cristalina y vi en ella mi reflejo y los destellos del sol oscilando en un espejo de agua. Fui a tierra. La sentía palpitante y caliente bajo mi desnudez. Sobre las colinas: olivos, cipreses, frutales, pétalos de flores que, transportados por la brisa, caían al mar. Me agaché para coger unas rosas de delicado aroma y flores de color ámbar de la artemisa. Adelfas multicolores me rozaban los brazos; el zumbido de las abejas y las chicharras lo llenaba todo. Me sentía embriagada de vida.

Mientras pronuncia esas palabras, su mano, instintivamente, busca la marca bajo su axila derecha y comprueba que sus recuerdos no son inventados. Hace ya tanto tiempo que le sucedió que, a veces, tiene la sensación de que todo ha sido un sueño.

Pero Lucius ya ha visto la cicatriz, pese a estar medio oculta por el brazo y el largo pelo.

—¿Cómo te hiciste esa herida?

—Me la hicieron unos pescadores. Fui atrapada en una red. Luché contra aquellas cuerdas con rabia y desesperación. Un marino joven y asustado me arrojó una lanza. Al ver la sangre derramada sus compañeros lo insultaron, pensando que estaba muerta y que ya no tenía valor comercial. Dejaron de izarme, soltaron el cabo y me hundí en las profundidades. Viva me hubiesen vendido para servir de atracción en la mansión de algún hombre rico. Fue un pastor de cabras el que me encontró en la playa de una pequeña isla. No sé si era joven o viejo, pues parecía no haberse cortado el pelo nunca, y una densa barba tapaba su cara. Pensé que era un fauno. Sus ojos azules eran lo único que lo hacía humano. Me llevó con cuidado a una fresca gruta de suelo arenoso, cerca del agua y, una vez allí, extrajo de su zurrón unas hierbas que puso sobre la herida, atadas con una tira de piel. En ningún momento vi en su cara gestos de extrañeza, por eso supuse que había visto otras como yo.

—¡Qué imaginación! Pero, debo decir que me divierte. Ni en Roma he escuchado historias tan entretenidas —interrumpe Lucius, vivamente interesado.

—Los días se sucedían apacibles en una isla sin tiempo. Cada atardecer superaba al del día anterior en belleza, cielos de fuego fundiéndose en el mar. Cada día anhelaba más el siguiente. Me atraía aquel ser peludo, su compañía me era más grata que la del sol y el agua. Aprendí de él y él de mí. Supe que se llamaba Kyros, que había sido soldado al mando de un tal Ulises. En el transcurso de uno de aquellos viajes me contó que había oído cantar a las sirenas. Por eso lo abandonaron en la isla junto a una pareja de cabras para que pudiese sobrevivir.

—¿Por qué? —pregunta Lucius, con el semblante intrigado. La luna se refleja en sus ojos, haciéndolos un poco más humanos.

—Porque no obedeció. Se había ordenado a la tripulación que se tapase los oídos. Todos, menos él, obedecieron. Ulises quería escucharnos cantar y pidió que lo atasen al mástil para evitar que abandonase la nave y saltase al mar. Y así lo hicieron y navegaron junto a las islas. A una cierta distancia, cuando ya no se oían las voces, el marinero que desató a Ulises fue Kyros. Sus ojos estaban tan enrojecidos de emoción como los de su capitán. Pues has de saber que los cantos de sirena no enloquecen, como afirman algunos que nunca los han oído, sino que los transportan a mundos de una sensibilidad y belleza para ellos inimaginables. Ulises comprendió que había tenido la misma visión que él, aunque ello a su vez significaba un desacato a sus órdenes. No lo podía consentir delante del resto de sus hombres. La muerte era la pena establecida por insubordinación, pero su corazón, aún conmovido por la magia de los cantos, fue incapaz de ordenar el castigo. Lo desterró a aquella pequeña isla deshabitada.

—¡Qué historia! Debo confesar que me está divirtiendo tanto como una obra de teatro. Las fábulas inventadas por los antiguos no tienen nada que envidiar a la tuya. Te mereces un premio.

Llama de nuevo al soldado que le acerca otro cacillo de agua. Lo bebe ávidamente, aunque sabe que no es suficiente. Es consciente de las diminutas esferas líquidas que comienzan a emerger en la superficie de su cuerpo. Son de un color rojo brillante. 

Ella retoma los recuerdos que la sumergen en un trance extático: 

—Al principio, pensaba que eran imaginaciones de Kyros y del vino especiado que tomaba la tripulación. Un día, una vieja sirena de paso hacia Egipto, mientras saboreaba unas brevas tan maduras y dulces que se deshacían entre sus dedos, me explicó la verdad: 

—Hija mía, debes saber que una no elige el momento en que canta, ni el modo de hacerlo. Surge del interior, una sola vez en la vida. Y esa única vez es un anuncio de la propia muerte. Es nuestro canto del cisne. La puerta que conduce al Hades. 

—Más allá de la puerta dicen que es un lugar pavoroso y oscuro.

La anciana se echó a reír, tomó unas ciruelas secas y, súbitamente, se puso seria para decirme:

—El otro lado es un mundo de agua, como este. También los humanos son llevados allí a través de la laguna Estigia en la barca de Caronte. El agua es una sustancia que disuelve la memoria en el olvido o la fortalece en el recuerdo. Da el conocimiento y la inmortalidad reservada solo a aquellos que comprenden el misterio de la vida, del viaje a través de la eternidad. Es el génesis de todo y todo retorna a ella. Alfa y Omega. —Y guiñando un ojo con gesto pícaro susurró—: Pero tú no eres humana, eres una hija del Mar, no has de temer el agua. ¡Nunca! 

—Entonces —le pregunté—, ¿Ulises y Kyros, lo saben? ¿Ellos saben que ellas no cantaban para atraerlos a los arrecifes, sino que era un lamento de despedida, un desgarrado adiós a Gea y a lo vivido?

—Sí —respondió la anciana y tras una breve pausa, añadió pensativa—: Han sido sabios y bondadosos. Saben que de contar la verdad, las sirenas serían cazadas y extinguidas sin piedad. Las fábulas y el miedo que generan las aíslan de los mortales y las mantienen a salvo.

Iremi acaba de referir su conversación con la vieja sirena, pero la mirada ávida de Lucius pide más. Se siente débil y sudorosa, ha visto el cambio en su piel. Hilos de color rubí dibujan finas y bellas escamas en su cuerpo. Cierra los ojos, toma aire y prosigue:

—Los días plácidos se sucedían. El pastor trasladó algunos de sus enseres desde su vieja cabaña y vino a vivir a la cueva conmigo. Los quesos aromatizados con tomillo, orégano y aceite; los higos maduros servidos sobre una hoja de la propia higuera; las olivas sabrosas y la miel, eran manjares nunca saboreados por mí, tan dulces a mi paladar como su mirada sobre mí corazón. El brillo de sus ojos iluminaba la cueva, más que las lámparas de aceite y los reflejos de la luna sobre el agua. 

Un día, contemplando el atardecer, sentados a la orilla del mar, mientras el agua lamía suavemente la arena caliente, noté que me rodeaba la cintura con su mano. Nuestras miradas se buscaron, penetrando, a través de las pupilas dilatadas de deseo, en las profundidades de un paraíso no descubierto.

—¿Y qué pasó, por qué te entristeces? — pregunta el clérigo.

—Pasó lo que debía de pasar… Apuramos hasta la última gota de dulzura y deleite que la vida nos ofreció. Él veía cómo su cuerpo cambiaba y yo permanecía inmutable al tiempo. Aún así, siempre fueron sus palabras, sus actos, sus caricias, mucho más de lo que pude imaginar y desear, hasta el último día de su existencia. No pedí ni he pedido nunca nada más a la vida. Fue tanto lo que recibí… Tras su muerte, nadé incansablemente, alejándome de los paisajes conocidos, de los recuerdos, de algo que ya no era mío; no quería conservarlos porque una eternidad para recordar es más dolorosa que una vida humana llena de sufrimientos. Nunca pensé en encontrar a nadie en estos confines del mundo, donde busqué la soledad avanzando durante innumerables días y noches río arriba. Cada vez corrientes más pequeñas. En ocasiones perseguida por hombres y perros. Oculta, viajando de noche. Hasta que agotada y arrastrándome sobre un suelo donde el agua apenas me cubría y me mantenía húmeda, llegué a orillas de este lago y me zambullí en él. Dije adiós al mar y al contacto con los hombres. Vosotros me habéis encontrado. Os lo suplico. ¿Podéis darme agua? ¿Podéis llevarme a la orilla del lago?

Lucius, con la mirada perdida en un punto del infinito y el eco de las palabras oídas todavía en sus tímpanos, le dice: 

—Debo decirte que me ha impresionado tu historia. Por un momento he llegado a creerla, pero he recordado a tiempo las enseñanzas de mis predecesores, de mis tutores. La tentación no es ajena a la santidad, la lucha entre ambas nos da la medida con que podemos valorarlas. Cuanto mayor es la lucha, mayor el mérito de la victoria. El diablo se vale de toda clase de halagos y promesas para atraernos a sus dominios, como las sirenas de las mitologías que son sus hijas, nos atraen con su canto y nos estrellan contra las rocas. Solo la creencia verdadera nos salva, solo la voz de lo divino nos guía entre los escollos. Este es un campo de batalla, un valle de lágrimas donde solo sobreviven los elegidos. 

—Yo no soy una creencia, soy una realidad. Yo soy lo que digo ser. Veo que no me has escuchado. Te he hablado de vida, amor y felicidad, tú solo me hablas de sufrimientos, batallas, diablos y pecado. ¿Qué es más real? ¿Lo que uno vive o lo que uno cree? 

—Ya nos previno nuestro santo obispo del paganismo y de los servidores del mal que acechaban más allá de este muro, y tenía razón. Él conoce las artimañas de Lucifer. Tú no eres más que una manzana podrida y como tal debes ser apartada del cesto para no pudrir las demás. Tus ideas podrían ser un veneno contagioso, pero al haberte encontrado se convierten en tu condena; es la voluntad divina. 

Se levanta y añade más leña al fuego. Sus pupilas reflejan llamas rojas y ninguna compasión. Se da la vuelta y se aleja sin mirar.

El calor de las llamas la ahoga, la consume. Le viene a la memoria la pequeña araña en el fuego. Un escalofrío la recorre. Sus ojos hundidos pierden brillo, la sangre comienza a manar en finos regueros de forma imparable; se forman pequeños corales al tocar el suelo.

Los centinelas dormitan, el campamento descansa. La joven encadenada a su lado se quita su vestimenta, una piel de lobo anudada a la cintura, y cubre a la sirena con ella, protegiéndola del calor y mitigando el dolor. El pelaje blanco se tiñe de rojo. 

Iremi coge su mano y la aprieta entre las suyas, la mira a los ojos y le dice: 

―¿Cuál es tu nombre?

―Ayla, señora.

—Gracias Ayla. Tu gentileza será recompensada con uno de mis dones. Sabrás que lo posees porque se manifestará en ti. Ahora debes escucharme, no te sueltes de mi mano y da la otra a tus acompañantes. No debéis temer nada. 

La sirena siente su espalda apoyada firmemente sobre aquel recio y antiguo tronco. El poder de su densa energía la envuelve y conforta. Triste y sabio, lleno de misterios, profundo, insondable, longevo; casi eterno como ella. Se despide de él susurrándole:

—Estaba entre la muerte y la vida, decidiendo si ya era suficiente o si había todavía algo por lo que vivir. Emprendí un viaje y llegué a este lago. Te encontré. Eres mi amigo, la fuerza tranquila de la vida, amor sin dependencias, el único no sujeto al tiempo. Tú me comprendes. Bajo tu sombra decidí no morir por mi voluntad. Pero ahora ha llegado mí tiempo. Solo tú puedes soportar mi canto de sirena. Necesito tu poder y ayuda para buscarlo, para permanecer juntos por toda la eternidad. 

Y de la boca de Iremi surge una melodía cristalina, nítida y conmovedora. Desde un lugar remoto en su corazón, su voz se alza convertida en un lenguaje musical de notas luminosas que estremecen el brillo de las estrellas, en un cielo de seda negra. 

Irisaciones recorren las quietas aguas del lago y una ráfaga de aire atraviesa el valle; las ramas del árbol permanecen inmóviles, excepto una, la más cercana a ella, que doblándose hacia abajo parece querer abrazarla.

Su voz se ha convertido en una corriente de agua, entre dos océanos, a través de la cual se desliza. Su voz es una búsqueda, su voz es una llamada. 

A su lado, la joven desnuda se estremece, se le eriza el vello, tiene miedo, se abraza a ella y comprende que es una canción triste, desgarradora, sobre todas aquellas cosas que los corazones humanos y anfibios anhelan. Amor. 

La sirena calla, su cabeza cae lentamente a un lado. El tejo sabe que lo ha logrado. La vida, los recuerdos y el tiempo se han fundido en la eternidad. La sostiene con más fuerzas aún, dulcemente, contra el tronco. El anciano árbol presiente lo que ocurrirá.

La brisa que soplaba se convierte en un furioso vendaval. A la luz de la luna, tres siluetas permanecen abrazadas en la orilla del lago. Una enorme raíz de luz cruza el cielo, un trueno espantoso hace temblar las rocas y los árboles del bosque cercano se estremecen. Los dioses lloran la muerte de uno de los suyos. Las aguas se agitan, un remolino se crea en el medio, girando poderosamente, absorbiéndolo todo; y desde el fondo del lago una columna gigante de espuma blanca se eleva al cielo, para caer de forma violenta sobre las aguas y barrer las orillas con una onda devastadora, antes de regresar de nuevo al lago, atraída por el vórtice que gira, rugiente, en el centro. Las aguas arrastran los cuerpos, penetran en cada nariz y cada boca, ahogando en las gargantas los últimos gritos. La guarnición romana desaparece tragada por el lago. 

Al lado del viejo tejo los esclavos apenas se han mojado. El miedo ha pasado. Ella ya no está ¿o sí…? Las lágrimas de alegría y agradecimiento por haber recuperado la vida caen al suelo húmedo. Saben que ella recibirá el mensaje. 

Ayla murmura: 

—Madre.

© Q.M.