LA CAMPANA DEL SILENCIO – https://maryshelley1.wordpress.com/2022/10/06/revelaciones-tridimensionales/?replytocom=1708#respond
La mirada es una elección. El que mira decide fijarse en algo en concreto y, por consiguiente, a la fuerza elige excluir su atención del resto de su campo visual. Esa es la razón por la cual la mirada, que constituye la esencia de la vida es, en primera instancia, un rechazo.
Amélie Nothomb
Sofía veía la luz en forma de campana.
Los días entraban con delirio a través de su ventana. Sofía, amaba la luz del sol desde el amanecer hasta cuando el último destello de la tarde, se despedía con su tristeza elástica, estirado adiós desde la anárquica lejanía. Sus ojos —lánguidos, ermitaños y solemnes— atrapaban la iluminación con sed náufraga, esponjas tan ávidas de fotones. Hambrientos, devoraban la distancia que habita entre el no ser y la inmensidad.
De niña, sus pupilas llamaban atención, gigantescos espejos alucinantes, cremallera de nube abierta tal norte de experimentadas sensaciones. Solía callar, pasar por tímida —cuando en realidad— solo reflexionaba al abrigo de una inteligencia sensitiva. No es fácil captar para el humano común el ir más allá cuando se hallan ante un ser silencioso. Lo tildan de tímido y asunto cerrado. Existe una diferencia radical —si lo que existe en ese más allá— va de meditar, considerar, deliberar o contemplar —¿Es la contemplación similar a cohibirse, turbarse o retraerse?— ¿Cómo denominar a la relación que se suscita entre lo visto y lo procesado? Depende del alma y el alma —con alma— es un volcán. El alma se maravilla en sí misma. Las imágenes cobran vida al entrar —sin permiso por las pupilas— el tema, entonces, radicaría, en dónde posamos la mirada. Todo es luz. Lo saben los artistas. Es la brújula hacia los confines del adentro. La mente, obligatoriamente, ha sido presionada para pensar, proceso de supervivencia sociocultural pero el artista, siente. Sofía era luz.
El planeta —si se sabe ver— conjuga estrambóticas historias. El viento, despierta al lienzo del arte danzando su desnudez reveladora. Sofía era una parábola sedienta. Su mutismo se acrecentaba —aún más si es que eso era posible—absorbiendo en un plano distinto, a las imágenes tridimensionales de las emociones sin reloj ¿Era su timidez, caos, o…desolación, palabra deseosa por relucir buscando su puesto en el afuera? Quizás solo era tierra de nadie, grito de subsuelo tan atrapado y atemorizado —quizás—circunstancia dolorosa e incomprensible a la multitud de los parlantes. En el más allá de Sofía, había complejidad. Si bien sus ojos eran especulativos, inquietos y rebeldes —su garganta por el contrario— era muda. La palabra —teóricamente—manifiesta intenciones cuando abriga al núcleo de la seguridad emocional ¿Se puede desarrollar la capacidad de expresión si el niño/a se siente acorralado, descalificado? Su hermana, diez años mayor, era una especie de odalisca: bella, radiante, solicitada. Su sola presencia, intimidaba. Sofía, diez años menor, admiraba esa figura de Big Bang y no solo ella, también caían a sus pies, padres, vecinos, amigos y sobre todo, los chicos. Siendo Sofía tan lista, pasaba por la tímida hermanita de…. pero —como suele suceder— los desenlaces entre los extremos suelen ser inesperados, sorpresivos en su agudeza. Sofía fue desarrollado destrezas que su hermana jamás ni presintió como posibles. Tal vez la más impresionante —ha sido, es y fue— su manejo de la luz, del color, de las sombras. No obstante, el conjunto de su boca, siguió doblegado por el silencio. Nadie —al parecer — notó nunca jamás, su desgarrador dolor inaudible, desolado deseo por saltar, huir y flotar.
El tiempo se vistió de lentitud. Pasó traslúcido sobre los párpados decantando su burla infame detrás del cristal de la vida. Diez años más y sucedió. Sofía ¡Voló! Tuvo su instante personal, revelador. Inteligente, creativa —aunque sin duda— escurridiza. Pasaba horas imaginando estadios de luces donde el azul definía los objetivos. En su mente de bambalina, latía la sustancia de la aventura. Pronto, se fue a correr mundo o ¿Escapó de casa? Parece lo mismo. Su ingenio, en el arte de la pintura, hablaba. Sus manos aprendieron el vocablo de las esferas y sin saber cómo, vieron los colores con formas geométricas, tridimensionales. Para la luz pura, una campana y la letra L. En el caso del rojo, un círculo y letra “S”. Al prisma y a los rayos ultravioleta, les correspondía, un triángulo equilátero y cada una de las vocales. En sus cuadros <si es que alguien hubiese descubierto su piedra Rosetta> hubiera sido posible inferir los impresionantes relatos, ingeniosos personajes, los impactantes y detallados escenarios. Formas, color y calor muy emocionantes ¿Sentimientos? Con el tiempo, relativo, Su garganta asumió el rol definitivo de intermediario entre —el saber, ver— y el llamado ¿Su hermana”? Se fue apagando. Una vela escurrida esfumándose en sí. La belleza sin éter es un acantilado sin fin que devora.
En Sofía se despertó la esencia. Lo artístico no es tan solo saber pintar, cantar o escribir, así se posea la técnica más excelsa ¿Qué hace falta? Sí… pero ¿No existen quiénes en su momento, han inventado la suya, su sustancia? No es fácil de encontrar. Posiblemente, obedece a alguna Sincronicidad fuera de rango. Determinados seres, especialmente sensibles, van desarrollando una particular transmutación. Partículas inacabadas tallándose más allá de… El vapor vital despierta al artista, inspiración encendida por hervores poderosos. Muere y renace. Resucita envuelto en un misterio, tipo indescifrable de energía cuyo poder supremo, consigue doblegar a la superficialidad, a lo indiferente y hasta al dolor del desgarro. Apremia la metamorfosis del reflejo, escultor del poema contemplativo al abrigo del lar profundo. Profuso.
En la cálida estela que brota detrás de la mirada —las pupilas— están gritando tras la campana del silencio.
Scarlet Cabrera.
Sofía pintaba en las rayas que dibujan las espirales del tiempo, estelas transparentes de la eternidad, con la paleta cromática del arcoíris, un solo rayo de luz transparente abierto a infinitas posibilidades ―la magia existe si previamente está quien la hace posible― Impregnaba el pincel en los colores de las llamas, bien empapado, y con el gesto seco y preciso de una diosa salpicaba el lienzo, cientos de gotas en caótico desorden se estrellaban contra la blanca tela ―¿la nada?― y se escurrían como lágrimas sin dejar rastro de color hasta el precipicio del marco, y cuando el mundo callaba expectante e indignado ante el deprimente arte, allí estaba la magia. Movía el pincel/batuta hacia arriba, un solo gesto, y las gotas multicolores se agitaban como larvas de algún insecto, y de las gotas aplastadas salían ápices que se transformaban en vértices, como aparecen los dedos al abrir el puño, y se mutaban en hojas de arce con los colores del fuego, los tonos del otoño, y aleteaban tímidamente convertidas en mariposas para emprender el vuelo hacia lo alto, abandonando el cuadro, llenando el cielo de parpadeos, para después regresar al lienzo y allí permanecer quietas en una nube globosa, palpitante, transformándose de nuevo en hojas, con las tonalidades que robaron al sol y que ahora lo recuerdan y convocan, como niños huérfanos llamando a su padre…y el padre, durmiente, dentro del dorado lecho foliar se despereza y abre los ojos en cada hoja simultáneamente, convirtiéndolas en luz, y el árbol ―sin tronco, ni raíces―se estira alargándose y curvándose sobre el ojo de la eternidad, convertido en la espiral del tiempo, una galaxia cuajada de estrellas, miles, que palpitan en las pupilas de Sofía.
