«Midori me ha contado que su madre creó la escuela ningyo para enseñar a protegerse de las agresiones a las personas más frágiles en aquella época convulsa y bélica, las mujeres, utilizando la única herramienta poderosa que conocía, su voz. Una escuela donde enseñó a respirar y canalizar la energía corporal, concentrándola y proyectándola en forma de sonido. No se requería uso de fuerza física y tenía un carácter nítidamente defensivo. Aunque posteriormente alguna de sus discípulas utilizó dicha habilidad para causar el mal. Surgió como consecuencia una rama oscura donde se practicaba una disciplina: La vía del Grito, que se conoció más por el nombre de La escuela del Grito que mata. Allí se formaban asesinos selectos, muy efectivos y cotizados. No utilizaban armas, ni indumentaria que los delatase como a los ninjas. No levantaban sospechas, el asesino a menudo era un anciano o una anciana venerable. Eran muy temidos, eran invisibles, no tenían que estar en contacto con la víctima, solo relativamente cerca para ser escuchados. Afortunadamente eran pocos, uno de cada mil aspirantes. El aprendizaje duraba décadas hasta alcanzar la maestría. No intervenían en los asuntos de pequeños delincuentes, solo mataban cuando el encargo suponía la ganancia de una pequeña fortuna».
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