La balada de Ethain – II

Esta música, esta canción, 
es mi último obsequio para ti.
Te conducirá a mí cuando llegue el momento.

Mientras la escuches,
recuerda quién eres realmente.
Príncipe de mi corazón, de mis sueños y mis lágrimas.
Guerra y paz en mi sentir.

Cuando la canto,
cuando me dejo llevar por ella,
te veo, cabalgando al frente de miles,
en los acantilados donde espero tu regreso,
sintiéndome pequeña y frágil.
Mi príncipe druida vuelve al hogar,
precedido por el bramar de los mares y
el canto de las hadas.
Todo celebra que tú y
yo somos uno otra vez.

Esta música, esta canción,
es mi último obsequio para ti.
Te conducirá a mí cuando llegue el momento.
Mientras la escuches,
recuerda quién eres realmente.

Vuelves victorioso.
Has cruzado valles de sombras y estás aquí.
En mi lecho, sabes cómo hacerme sentir una mujer.
Se cómo hacerte sentir un hombre.
Hasta el sol palidece ante este amor.
Su luz empequeñece a las estrellas todas.

Esta música, esta canción,
es mi último obsequio para ti.
Te conducirá a mí cuando llegue el momento.
Mientras la escuches,
recuerda quién eres realmente.


Ya no deseo escribir más mi dulce druida.
Me muero de dolor deseando lo que no es para mí
Te amo como jamás he querido a nadie,
y ese amor es una daga en mi corazón.

No puedo dejar de amarte, ni levantar el vuelo,
para ser libre junto a las águilas grises de tus ojos.

Adiós mi druida.
Esta música, esta canción,
es mi último obsequio para ti.
Te conducirá a mí cuando llegue el momento.
Mientras la escuches,
recuerda quién eres realmente.

©Q.M.




Nubes v2

“Es un monólogo del último habitante de un pueblo abandonado del Pirineo aragonés. Entre “la lluvia amarilla” de las hojas de otoño que se equipara al fluir del tiempo y la memoria, o en la blancura alucinante de la nieve, la voz del narrador, que está a las puertas de la muerte, nos evoca a otros habitantes ya desaparecidos y nos enfrenta a los extravíos de su mente y a las discontinuidades de su percepción en el pueblo fantasma del que se ha adueñado la soledad».

La lluvia amarilla, de Julio LLamazares. Ed. Seix Barral.

         A veces, sentado ante el ordenador, me pregunto si esto que escribimos y compartimos son conversaciones o simplemente monólogos. Me pregunto si buscamos respuestas al otro lado de la pantalla, o simplemente el hecho de escribir es la respuesta a la pregunta no formulada. No en vano alguien dijo, sabiamente, que las respuestas surgen del mismo lugar de donde provienen las preguntas. De nosotros mismos. ¿Entonces? Quizá es que ver nuestros propios pensamientos alejados, proyectados fuera, nos permite percibirlos y comprenderlos mejor. Los árboles no dejan ver el bosque. Nos acercamos algo tanto a la vista que se torna borroso, pierde los contornos, se convierte en una pintura impresionista, si la aproximamos más se convierte en una mancha abstracta de color.


“El anciano  está sentado en un banco viejo y gastado, que nunca conoció la pintura, a las afueras del pueblo. Inmóvil como una estatua, su rostro y sus manos son del mismo color castaño de la madera, sus dedos son sarmientos resecos. La mano temblorosa apoyada en su muslo revela que no es una gárgola, con la otra mano cubre sus ojos del resplandor del cielo. Escruta las lejanas nubes tratando de distinguir formas conocidas, como antaño solía hacer con su mujer, Eloísa, en el mismo banco. Ella era maestra y le enseño los nombres de las nubes, los cúmulos, los cirros…y de las demás hace tiempo que no los recuerda. Él, a cambio le enseño el lenguaje de las vaporosas nómadas, cuando indicaban lluvia, cuando había que plantar las habas y los guisantes, la nube solitaria sobre el lago que anunciaba nieve, y muchos conocimientos ancestrales que a ella le causaban admiración. Le llamaba cariñosamente: “Paco, mi astrónomo rural”. Cuando Eloisa se quitó la vida le parecía verla allí en el firmamento, mirándolo, sabía que lo encontraría allí.  Y hablaba con ella, aunque nunca respondía.

Su mirada navega entre gasas deshilachadas y espumosos algodones flotando en un mar azul, sus pensamientos en calma ya no se agitan buscando respuestas. Hace tiempo que no tiene preguntas, hace tiempo que en las nubes no se le aparece su cara”.

 Queremos entender y comprender los mecanismos de la existencia y por ende del mundo en que vivimos, pero la vida no es estática, ni lo son los seres que nos rodean. Nada es predecible aunque parezca probable. Es como intentar mirar el cielo y saber la forma que tomarán las nubes en el minuto siguiente… pero a esto se suma que cada cielo tiene sus nubes y lo que veo yo no es lo mismo que ves tú. Vemos el mismo azul de la pantalla pero no las mismas figuras, ni la misma película. Lo parece en ocasiones pero la banda sonora es distinta, está compuesta por nuestra historia y nuestras emociones.

Vemos el mar azul, color zafiro, turquesa, glauco, celeste o con tonos esmeralda, y sin embargo si yo pido un cubo con agua azul del mar…¿Quién me lo traerá?

La realidad y la irrealidad…distinguirlas es como entender el lenguaje de las nubes.

© Q:M.

Hecatombe

Uno de los momentos más importante de los Juegos Olímpicos, en la Antigua Grecia, se producía al comienzo del festival con la “hecatombe”, el sacrificio de 100 bueyes en honor a Zeus (hekatom significa 100).

Descubro un titular antiguo de la prensa japonesa en Wikipedia. Estamos en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial, en el escenario del Pacífico. Dos oficiales japoneses (se dan a conocer los nombres), de los cuales la Armada Imperial se siente orgullosa, compitiendo para ver quién mata primero con una espada, a cien personas. El titular en negrita habla de  «Récord increíble». Uno mata a 105 y el otro a 106.

Cortar el aire, Sanguinario, Giro, Golpe, Corte, Caída. Dolor, Grito, Lamento, Llanto, Gemido, Sangriento, Punzar, Quebrar, Romper, Amputar, Matar, Morir.

©Q.M.

Las arqueras del Grifo – Conclusión

Si has leído la entrada anterior ya conoces el origen y finalidad de las Arqueras del Grifo. Con motivo del mencionado evento me pidieron si podía crear un diseño con la calidad y definición adecuada para poder utilizarlo, básicamente para estampar en camisetas y así dar a conocer este tema.

Y ahora os mostraré el resultado.

 Solo hacer un inciso ¿Por qué un grifo? Según la Wikipedia:

«El grifo en el tiro con arco simboliza la fusión de la fuerza física (cuerpo de león) y la agudeza mental o espiritual (cabeza de águila), representando la vigilancia, la nobleza y la precisión.

Como guardián mítico de tesoros y asociado a Apolo, evoca al arquero que busca la maestría, la puntería certera y la protección de sus valores a través de la disciplina. 

Simbolismo Principal del Grifo en Arquería

  • Unión de Fuerza y Visión: Al combinar al león (rey terrestre) y al águila (rey aéreo), representa la necesidad de combinar un arco potente con una vista aguda y enfoque mental.
  • Vigilancia y Precisión: Los grifos eran guardianes incansables del oro. En arquería, esto se traduce en la atención al detalle, la concentración absoluta y la vigilancia de la técnica.
  • Nobleza y Valor: Históricamente utilizado en heráldica, simboliza el coraje del arquero y la nobleza en la competición.
  • Adversario del Caos: Se consideraban enemigos de serpientes y demonios, simbolizando el triunfo del orden y la precisión sobre el error”.

En la lucha contra el cáncer no hay tregua, ni rendición, solo una palabra, un objetivo a lograr, una flecha clavada en el centro de la diana. Una flecha con un nombre: Victoria.

El viaje del mamut

Como un mamut solitario,
bajo la nieve camina,
siguiendo luces del norte,
su destino nunca olvida.
Perfectamente encontrado,
en su andar no hay confusión,
él es el único camino,
el mapa impreso en su corazón.

Oh, mamut de la soledad,
bajo el cielo de la eternidad,
la aurora brilla en tu andar,
tu huella es un canto al despertar.
Bajo la nieve, en paz hallarás,
el fuego del alma que siempre está.

La aurora se desliza,
como serpiente de color,
se sumerge en el ocaso,
donde nace el nuevo sol.
Suspira el mamut en calma,
deteniéndose a soñar,
lleva dentro lo que busca,
su esencia lo guiará.

Oh, mamut de la soledad,
bajo el cielo de la eternidad,
la aurora brilla en tu andar,
tu huella es un canto al despertar.
Bajo la nieve, en paz hallarás,
el fuego del alma que siempre está.

La nieve cae como un abrazo,
cubriendo sus pasos en silencio,
y lo convierten en lo que siempre fue,
una imponente montaña blanca,
su legado en el tiempo.

Oh, mamut de la soledad,
bajo el cielo de la eternidad,
la aurora brilla en tu andar,
tu huella es un canto al despertar.
Bajo la nieve, en paz hallarás,
el fuego del alma que siempre está.
© Q.M.

	

Musguito

 Musguito

Bruno mira a través de la ventana empañada de vapor como cae la nieve, fuera hace frío, los carámbanos de hielo brillan convertidos en cristales dorados acariciados por el sol naciente, son los adornos de la navidad ya pasada. Un niño en la calle arrastra un trineo y canta una nana mientras acaricia un abeto diminuto abandonado junto a un contenedor de basura, de pronto se gira hacia él y puede ver sus ojos verdes como una hoja de menta de los cuales caen lágrimas de color esmeralda.

“¡Abuela, abuela!” llama sin apartar sus ojos del niño de ojos verdes.

La anciana acude alarmada, y mira lo que señala su nieto. Un anciano con una gabardina vieja y rota, los hombros y la cabeza cubierta de nieve, coge con dulzura un arbolito que aún conserva cintas plateadas de espumillón y lo deposita en un trineo de madera. Camina sobre la blanda nieve sin dejar huellas de sus pies y desaparece tras una cortina blanca de copos algodonosos arrastrando el trineo.

“Ven mi tierno retoño Bruno, siéntate junto a mí” le dice, mientras le hace sitio en la mecedora al lado del fuego. Las llamas se reflejan en las pupilas de ambos.

La anciana suspira profundamente tomando aire y su voz convertida en una melodía de campanillas de cristal y cascabeles surge de su boca.

Musguito, musguito, espíritu del bosque

Te ofrezco en mi huerto un rinconcito

Donde traer tus arbolitos, donde sanar su tristeza,

No todos los humanos os quieren mal…

© Q.M.

La máscara

Teresa recuerda que caminaban cogidos de la mano en silencio, con la devoción y el enamoramiento de sus catorce años. De repente, Ignacio se detuvo frente a un abedul, hurgó en un bolsillo y extrajo la navajilla de buscar setas; cortó un rectángulo perfecto en la corteza nívea del árbol y la desprendió con cuidado. Se giró de espaldas para que ella no viera lo que hacía —le encantaba sorprender— y tras unos minutos en los que solo veía gesticular sus brazos, se volvió.

—Ten, es para ti —alargó la mano y le tendió el objeto.

Era una máscara tosca, pero bien ejecutada. Había recortado las cuatro esquinas hasta darles una forma elíptica, cortó dos orificios almendrados para los ojos y otro con forma triangular para alojar la nariz. No tenía boca.

—Decían los antiguos celtas que el abedul es un árbol sagrado; el color blanco de su tronco destaca entre las frondas boscosas más oscuras, esa visibilidad la asociaban con claridad para ver el futuro. Tallaban caretas con su madera y las usaban para ver más allá. Lo vi en un documental de National Geographic —fue su explicación.

Hace mucho tiempo de aquello. Se marchó felizmente, sin dolor, con su largo cabello castaño recogido en dos trenzas vikingas entretejidas con hilos de oro. Llevaba su vestido favorito, estaba radiante, lo veía reflejado en las lágrimas de los que se despedían de ella. Ignacio también estaba muy guapo, tan serio.

Él tenía razón sobre el abedul y sus cualidades mágicas. Se detiene una vez más en el mismo lugar de antaño, el árbol se encuentra ante ella, inconfundible, conserva la cicatriz en la piel. Alarga la mano y busca dentro del bolso, saca la máscara, ya grisácea, reseca y endurecida por el paso del tiempo —sus trenzas son del mismo color—, la rigidez la ha agrietado dibujando una boca que sonríe. Le colocó una cinta roja y puede anudársela a la nuca sin tener que sujetarla con las manos. La ajusta a la cara y sigue caminando. No tardará en llegar.

Lo encuentra tras un recodo del cauce, sentado en una roca cerca del agua, con un palo dibuja ondas y estelas en la corriente, efímeras, sin duración en el tiempo, pero no por ello menos reales. Su escaso cabello y bigote son de color marfil. Se levanta al verla, la saluda con un gesto de la mano, se acerca a ella y la besa. Caminan juntos cogidos de la mano, la hojarasca crepita a su paso, los árboles susurran en un lenguaje arcano. No sienten la necesidad de hablar, las manos comunican sus corazones.

—Ya no la necesitamos —dice Teresa. Se quita la máscara y la guarda de nuevo en el bolso. Tras una breve pausa añade:

— Hasta ahora nos encontrábamos a medio camino, yo esperando en la estación, tú viniendo y volviendo en el tren. Las despedidas eran lo más difícil de soportar, sobre todo para el que se queda en el andén.

Se detienen para mirarse, el uno reflejado en los ojos del otro, diminutos, detrás de la ventana por la que mira el alma. Teresa se contempla en las pupilas de Ignacio, observa como su cabello crece y se torna del color de las castañas, desaparecen algunas arrugas y siente ligereza al esfumarse los años. Ignacio presencia, a su vez, como se le borra el bigote, el cabello negro vuelve a ocupar las zonas abandonadas y su espalda se flexibiliza y endereza. Sus cuerpos están cambiando, no saben cómo, regresan a los catorce años.

© Q.M.

I bambini perduti

Mi guardo allo specchio e dico all’immagine: 

«Dove sei quando non sono con te? 

Perso? 

Tale è il prodigio che evocano le parole, 

Un trucco di magia impressionante. 

E mi divido in due: 

Il lettore e il protagonista, 

Il cercatore e ciò che è cercato, 

Il forziere del tesoro e il pirata. 

Esterno e interno, 

Giorno e notte, 

Luce e tenebre, 

Tutto accade in me, tutto confluisce in me. 

Sono l’epicentro, 

L’occhio immobile del tornado, 

Attorno al quale gira il mondo. 

Mi piace l’avventura, gli ogri e i lupi, 

Le favole dei bambini perduti nel bosco. 

Le scrivo… 

E anche se sembrano smarriti, 

Sono sempre perfettamente trovati 

Perché sono fatti di me, 

Nascono in me e 

Svaporano in me. 

Sono il mio riflesso, 

Proprio come il sogno che ho fatto ieri sera. 

Nessun sogno ha mai abbandonato il cuore, 

Né un uccello può uscire dal cielo.»

El dedo y el ojo

¿Cansado de las placenteras tardes de domingo, de los bucólicos paseos por campos de trigo salpicados de amapolas —o de girasoles—? ¿Agotado del confort que le proporciona su colchón de viscolátex y del  típico “sofá y mantita” de las tardes lluviosas? ¿Empachado de la fauna edulcorada: unicornios blancos con crines arcoíris, delfines, ositos panda, tortuguitas y otras especies afelpadas?  ¿Saturado de la felicidad envuelta en crujiente papel de celofán con  lazo rojo? ¿Hastiado del bienestar y de una vida plenamente satisfactoria? 

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