Song to the Siren

Song to the Siren

Long afloat on distant oceans
I did all my best to smile
Til your singing eyes and fingers
Drew me loving to your isle

And you sang
Sail to me, sail to me
Let me enfold you
Here I am, here I am
Waiting to hold you

Did I dream? You dreamed about me
Were you hare when I was fox?
Now my foolish heart is leaning
Broken, lovelorn, on your rocks

For you sing, touch me not
Touch me not, come back tomorrow
Oh, my heart, oh, my heart
Shies from the sorrow

Here I am, here I am

I am puzzled as the newborn child
I am riddled at the tide
Should I stand amid the breakers?
Should I lie with death, my bride?

Hear me sing
Swim to me, swim to me
Let me enfold you
Here I am, here I am
Waiting to hold you

Here I am, here I am

I am puzzled as the newborn child
I am riddled at the tide
Should I stand amid the breakers?
Should I lie with death, my bride?

Hear me sing
Swim to me, swim to me
Let me enfold you
Here I am, here I am
Waiting to hold you

Bryan Ferry

Canto a la Sirena
Hice todo lo posible por sonreír
Hasta que tus ojos y dedos cantores
Me atrajeron amorosamente a tu isla
Y cantaste
Navega hacia mí, navega hacia mí
Déjame envolverte
Aquí estoy, aquí estoy
Esperando para abrazarte
¿Soñé?
¿Tú soñaste conmigo?
¿Eras liebre cuando yo era zorro?
Ahora mi tonto corazón se inclina
Roto, enamorado, sobre tus rocas
Porque cantas, no me toques
No me toques, vuelve mañana
Oh, mi corazón, oh, mi corazón
Se esconde del dolor
Aquí estoy, aquí estoy
Estoy confundido como un niño recién nacido
Estoy atormentado por la marea
¿Debería quedarme en medio de las olas?
¿Debería yacer con la muerte, mi novia?
Escúchame cantar
Nada hacia mí, nada hacia mí
Déjame envolverte
Aquí estoy, aquí estoy
Esperando para abrazarte
Aquí estoy, aquí estoy
Estoy confundido como un niño recién nacido
Estoy atormentado por la marea
¿Debería quedarme en medio de las olas?
¿Debería yacer con la muerte, mi novia?
Escúchame cantar
Nada hacia mí, nada hacia mí
Déjame envolverte
Aquí estoy, aquí estoy
Esperando para abrazarte

Bryan Ferry

Betty, la sirena coja

**BETTY, LA SIRENA COJA**

La luz penetra a través de las rendijas 

de tus párpados cansados y soñolientos. 

Emerges de las profundas aguas 

donde se diluyen tus recuerdos, 

sin ella, tu chica anfibia. 

Y te sientes vacío y abandonado 

en las rocas de la escollera 

de tu mente atormentada, 

donde se estrellan 

las olas de su memoria 

con la esperanza de verla aparecer entre la espuma 

una vez más. 

Pero tu amada anfibia se fue mar adentro, 

una tarde de verano, dejando las sandalias en la playa 

y una nota escrita de su mano bajo la toalla. 

«Ningún hombre me ha amado como tú, 

volveré a nacer para poderte besar una vez más». 

Cada palabra del mensaje 

fue un río de lágrimas en tus ojos 

que desembocaron en un mar de desolación y pena. 

«¡Vamos, Ulises! Los héroes no lloran. 

La casa te invita a otro whisky, 

lo mejor para olvidar», 

dice el camarero. 

«Cuéntanos la historia de tu chica, una vez más», 

dice un ebrio con voz pastosa. 

«¡Qué tonto, qué ciego! 

Confundir a Betty, la camarera, 

con su prótesis de madera, coja y canosa, 

con una hermosa sirena 

con cuerpo de diosa y cola de delfín», 

se burla un borracho. 

Otro añade: 

«¡Vaya par de patas para un banco!» 

Y las risas se elevan en el aire, 

graznidos de estúpidas gaviotas, 

aves carroñeras que se alimentan de jirones de carne, 

de tripulantes de barcos naufragados y de 

despojos de vidas deshechas que van a la deriva. 

Pero tú, Ulises, no los escuchas, no entienden, 

no han visto nunca una sirena, 

solo han visto a Betty, la camarera mutilada, 

nunca a una mujer, ni a tu bella ninfa, 

en su trono de coral rojo sentada, 

reina de tu mar en calma. 

Y les hablas de ella, y recuerdas cómo la querías, 

¡cuéntales, Ulises! 

… 

«Su mirada se perdía en la frontera infinita del horizonte, 

contemplando el azul del mar 

y el misterio de sus profundidades, 

que se reflejaba en sus ojos turquesa, 

cambiantes como las mareas. 

De cómo el sabor a sal perdura 

en la memoria de mis labios, 

cuando besaba su piel desnuda. 

El aroma de su cuerpo era de fruta madura y vainilla, 

el tacto y el color de la piel 

recordaban al rosado melocotón. 

Sus labios sabían a miel. 

Dulces eran las horas pasadas junto a ella 

y las más hermosas. 

No importaba que también me faltase una pierna, 

la inédita historia de dos cojos enamorados. 

Y me cantaba al oído en un lenguaje submarino, 

hecho de burbujas y destellos de luz. 

Su voz no era lo que cuentan las leyendas ni los mitos, 

los cantos de las sirenas 

no estrellan navíos contra los arrecifes, 

ni envían tripulaciones al reino de Poseidón, 

alivian las almas del peso de eslabones y cadenas. 

Tal era el prodigio que producían sus canciones. 

Betty se llamaba mi amada anfibia. 

Y sé que vuestras cabezas creen que os miento, 

que todo es imaginación de escritor 

que vive del cuento. 

Pero veo que calláis y los ojos os brillan, 

chiquititos como estrellas solitarias en la noche. 

El corazón se os ha entibiado dejando ir las penas, 

y os ha revelado el secreto de mi sirena, 

y añoraréis su ausencia como yo, 

y esperaréis en el puerto su regreso, 

entre los escollos espumosos os parecerá ver su cola 

y en la brisa creeréis oír su canto. 

Mas todo será en vano, las olas me han traído su mensaje, 

me esperará en la playa la próxima luna llena 

y emprenderemos un viaje». 

Y Ulises tenía razón, 

las mentes de los hombres no lo creyeron 

pero sus corazones envidiaron su destino. 

Al amanecer de la primera noche de plenilunio 

encontraron su ropa junto a la pata de palo en la playa. 

En la arena aún podían verse las huellas 

de un par de pies caminando hacia el devenir.

©Q.M.

La zíngara

-FRAGMENTO DE NEREA Y MAURICE-

Maurice quiere continuar pero la intensidad de la emoción se lo impide. Reina un silencio sepulcral en  Le cigne bleu. Una voz ronca dice: «Aquí se acaba la historia». Era su propia voz que apenas reconocía.

—Ponme otro trago, ―le dice al tabernero.

Los oyentes comienzan a abuchearlo y  a silbar su descontento,  quisieran un final de cuento: «…y comieron perdices». Aunque la mayoría ya sabe que los finales felices no abundan, en cambio si son frecuentes los naufragios amorosos, las decepciones y las penas. Es la rabia contra las injusticias de la vida y la protesta no es contra él, el narrador, el mensajero, sino contra el destino.

Hace oídos sordos a las protestas, inmerso en su  visión, sueño, o experiencia ¿Acaso alguna vez pasó? ¿Tuvo otra vida? ¿Se estaba volviendo loco? ¿Qué significaban aquellas visiones tan desconcertantes de los últimos meses?

Veía una sirena junto a un lago, recostada contra un viejo tejo tarareaba una canción. Sabía que era ella, Nerea, pero no la reconocía, sentía su familiar presencia pero su forma era desconocida, excepto por sus ojos…y la voz. No sabía si pertenecía al pasado o al devenir, se confundían  en su mente. 

  En otras ocasiones se superponía en su visión una muchacha, cuya mirada se perdía en la frontera infinita del horizonte. Contemplaba el azul del mar y el misterio de sus profundidades. Las aguas se reflejaban en sus  ojos turquesa, cambiantes como las mareas.Y también aparecía un joven con los ojos de color miel. El corazón se le aceleró, ante la certeza de que aquel niño, de forma incomprensible, era él. Ella le cantaba al oído en un lenguaje submarino hecho de burbujas y destellos de luz. Reconocía la canción.

Maurice tiene la sensación de estar escuchándola ahora. Se pellizca fuertemente, le duele. No es un sueño alguien está cantándola. El corazón se le acelera al tiempo que  siente un cosquilleo en la nuca, se gira y ve una zíngara en la penumbra. Lleva un  pañuelo rojo con lunares blancos sobre la cabeza, anudado a un lado de la oreja derecha. No puede  verle las facciones, solo dos llamitas que se reflejan en sus pupilas oscuras. En el centro de la mesa arde una vela. Una luna diminuta, muy blanca, aparece bajo aquellos ojos brillantes, le está sonriendo. Sabe que se llama Esmeralda y no la ha visto nunca antes. Se pone en pie y se acerca a ella. Está barajando los naipes del tarot lentamente, de sus labios pende una pipa de boj, el humo que desprende no huele a tabaco, es un olor animal. Le hace señas para que se siente frente a ella. Le da una  profunda chupada a la pipa y, inesperadamente, le sopla el humo a la cara.

—¡Qué demonios! —exclama Maurice.

Mientras la pitonisa ha extraído tres cartas del mazo y las deposita sobre la mesa: La rueda de la fortuna, la muerte, el enamorado.

Maurice mira los tres arcanos que se convierten en conos de arena que se unen formando un único montículo. En el vértice del mismo se inicia un movimiento en espiral, un torbellino diminuto,  hipnótico,  del que no puede apartar los ojos. En el centro del remolino una luz azulada pulsa y lo atrae irresistiblemente y siente como cae dentro…Se forma una imagen en su campo de visión. Ve como Héctor lloró la perdida de Parténope, y también como su pena y tristeza lo iba consumiendo día a día. Hasta que acudió a la sacerdotisa del templo que le dio una pócima para reunirse con la sirena. Bebió el brebaje y una negra  flor de sedosos pétalos  creció en su corazón cubriéndolo todo de negritud. Igual que la noche avanza sobre el día y cubre y diluye las formas visibles hasta hacerlas desaparecer, hasta que todo es oscuridad. Sintió miedo.

—No temas, —dice una voz muy amada.

Convertido en un inmenso espacio negro, pulsante y cálido, Héctor no sabe dónde comienza él ni dónde empieza la sombra, no encuentra ninguna frontera. No tiene cuerpo individual, igual que la gota de lluvia se funde con el mar, él era ilimitado. Todo y nada ¿Cómo podía la gota de agua tener una existencia separada del océano?

Llantos de niños y sollozos de adultos resuenan en la distancia, camina hacia el alboroto. Las sombras se van deshilachando convertidas en velos de seda negra que caen al suelo dulcemente. Héctor se encuentra en un puerto muy bullicioso del que zarpan las nuevas vidas y retornan de su viaje las antiguas. Está en la matriz de la creación, el vientre de Gea ¿Cuantas veces había vivido? ¿Cuántas veces la había amado antes?  ¿Por qué los dioses eran tan crueles? 

La muchedumbre se mueve y empuja…se ve  arrastrado por un aluvión de seres humanos de sexo, edad y razas diversas que lo introducen dentro de un navío. Los pasajeros no pueden resistirse, sonríen eufóricos porque la sed de existencia es como un encantamiento que les muestra su mayor deseo, su mayor esperanza, su sueño. Es el juego de los dioses, y todos saben que no son de fiar, caprichosos y volubles….prometer no es conceder. Mas la promesa de un nuevo futuro es irresistible, y la odisea larga y peligrosa.

Y ella era su devenir…y lo estaba esperando. Se llamaba Nerea, su sirena. ¿En qué momento se había convertido él en Maurice? Finalmente el destino los reunió en Marsella.

Sentía  que el sabor a sal de su piel desnuda aún perduraba en la memoria de sus labios cuando la besaba. El aroma de su cuerpo era de fruta madura y vainilla, el tacto y el color de la piel recordaba al rosado melocotón. Sus labios sabían a miel. Dulces eran las horas pasadas junto a ella. Y las más hermosas. Sentada en un trono de coral rojo, era la reina de sus mares en calma.

 Hasta que la enfermedad llegó implacable y desconocida. No era posible su curación. Los augurios eran funestos. Ya había perdido una pierna.  Debía regresar al océano si quería salvarse y tener la posibilidad de volver de nuevo junto a él. Y se marchó una tarde de verano,  sin avisar para evitar el drama de la  despedida. Desde entonces Maurice aguarda su retorno.

Siente unos golpecitos en el hombro. Es la gitana.

—Has entendido la tirada —le preguntó.

—Sí, habla de un viaje, somos navegantes en la espiral del tiempo. Nuestra realidad necesita de un cuerpo para poder amar y ser amado. Entre miles de posibilidades solo una es la que nos completa. Y la reconocemos cuando la tenemos delante.

—Exacto, solo hay un amor, pero en ocasiones no estamos en el mismo giro, ni en la misma época.  Nuestro aspecto ha cambiado porque cada viaje es una identidad nueva. El encuentro de nuestra pareja es inevitable. Aunque en ocasiones se atrasa uno de los dos, se demora en otra vida por diversas circunstancias, y no coinciden. En otras pueden estar en un mismo día y ciudad, pero uno es  anciano y el otro  joven, mas el amor prevalece por encima de las diferencias. No tiene edad.

—Sí, el amor existe fuera del tiempo y de la apariencia física.

—El amor es belleza pura, no tiene forma. Aquellos que lo llevan dentro lo reconocen fuera, no importa la máscara tras la que se oculte. Se puede sentir la presencia de la persona amada incluso cuando nunca se haya producido un encuentro. Se puede morir de nostalgia del amor que se presiente aunque el destino no haya hecho posible conocerse.

©Q.M.

Océanos de asfalto, sirenas de cristal

Homenaje a todas aquellas personas que se conmueven, ayudan, sienten empatía y no dudan en tender una mano al necesitado sin esperar nada a cambio. A todas las flores que se abren sin miedo entre las grietas del asfalto de ciudades hostiles, mostrando ante la indiferencia del mundo su belleza y su aroma exquisito, y también a las que florecen en la oscuridad y en la soledad aparente de desiertos donde nadie las ve…..pero no por ello pasan desapercibidas, las estrellas son testigos sonrientes, el universo entero te reconoce como uno de los suyos y agradece tu generosidad. Toda pequeña luz aviva la llama. Gracias.

En fríos océanos de asfalto donde el sol apenas calienta, en barrios marginales sumergidos bajo aguas grises, monstruos colosales, espectros de un pasado que nunca existió emergen en playas sucias que no aparecen en postales, ballenas varadas, cetáceos destripados mostrando sus entrañas de acero. Arrecifes de coral colonizan hierros retorcidos y cristales rotos, sepultando promesas engañosas sobre un futuro de abundancia, trabajo y dinero,

Industria, casas con jardín y piscina, la gente soñaba una ilusión divina, pero despertó a una cruda realidad, un juego de magia que anunciaba ruina. Gobernantes mentirosos y crueles manejaban falsas excusas, jugando con las esperanzas ajenas a la ruleta rusa.

Paisaje distópico de desesperación es el alma humana, tiempo estancado, la felicidad se escurre entre los dedos, no hay fechas festivas en el calendario, Eclipse eterno de las ilusiones.

En un cementerio de naves a la deriva se convierte la existencia, varadas sobre dunas de arena mentes fatigadas dormitan inquietas. Rayos oblicuos del sol en las profundidades iluminan a viajeros perdidos, náufragos sin timón, vidas sin rumbo y reos condenados a arrastrar en sus pies cadenas. Las almas se esconden de miradas ajenas tras máscaras agresivas de monstruos y personajes violentos, pretenden impresionar, asustar, pero bajo la apariencia espantosa criaturas solitarias y asustadas curan viejas heridas y penas.

Jóvenes sin futuro cierto, su descontento transformado en llamas ardientes, Fuego en las calles, desesperación, que devora sus almas evanescentes. Incertidumbres y temores disfrazados de imprudente osadía. Violencia en las palabras, en las miradas, en las manos armadas, valentía en manada, miedo en soledad. Agresividad con el extraño, con el diferente, con el más débil se ensaña, la lucha oculta su dolor latente.  

Un niño llora, pero nadie te presta atención.

Tus insultos, tu rebeldía es tu clamor, quieres ser escuchado, amado…y te encuentras en un laberinto sin salida.

Océanos de asfalto, donde se deslizan leyendas de sirenas con voz de cristal que cantan a los perdidos, a los olvidados un tema inmortal, sanando corazones con su melodía sobrenatural

Caretas espantosas ocultan rostros curiosos, monstruos surgen de las tinieblas a su encuentro.

Curando las heridas, ofreciendo una sonrisa, una palabra de consuelo.

Ella no los teme y con cada estrofa musical, trae luz al abismo, acerca a los mortales el cielo. 

En este mundo sombrío y hostil, su presencia es un faro, una guía, una mano hermana

su sonrisa luz de estrellas que ilumina los rincones y entibia la existencia humana.

Resuena en las tempestades su voz, y las tormentas se calman y postran a sus pies.

 Bálsamo del espíritu son sus palabras, nanas que acunan las emociones.

El niño deja de llorar, en el silencio, su canto resuena y conmueve.

Y crea un mundo de esperanza porque es entrega, luz, amor y dulzura.

A su paso surgen campos de flores que cubren el gris asfalto de vivos colores.

Su ternura salva mundos.

Nerea y Maurice (sobre el Amor)

—Sí, el amor existe fuera del tiempo y de la apariencia física.

—El amor es belleza pura, no tiene forma. Aquellos que lo llevan dentro lo reconocen fuera, no importa la máscara tras la que se oculte. Se puede sentir la presencia de la persona amada incluso cuando nunca se haya producido un encuentro. Se puede morir de nostalgia del amor que se presiente aunque el destino no haya hecho posible conocerse.

Maurice siente de nuevo unos golpecitos en el hombro. Es Lola.

—¿Te encuentras bien? Te has quedado dormido y hablabas en sueños. —le dice.

Mira a su alrededor, está en su mesa de siempre, sin rastro de la adivina ni de los naipes.

—Deberías dejar de beber y retirarte a tu casa. Ya es noche cerrada. No pienses tanto en Nerea o tus pensamientos acabarán destruyéndote como una frágil barca contra los arrecifes. —continúa la cocinera.

— Los cantos de las sirenas no estrellan navíos  contra las rocas ni envían tripulaciones al reino de Poseidón. Alivian las almas del peso  de eslabones  y cadenas. Tal es el prodigio que producen sus canciones. Su voz no es lo que cuentan las leyendas ni los mitos, —le responde―. Y pregunta: 

—¿Qué se debe Lola?

—Hoy invita la casa, todavía estamos conmovidos con tu historia.

Insiste en pagar y echa mano al bolsillo de su chaqueta buscando  monedas sueltas. Nota un objeto desconocido y lo saca a la luz: Es una carta, el  arcano XIII, la muerte. El final y paradójicamente el principio. Ouroboros.

La posadera se ofrece para llevarlo a casa con ayuda de su marido, pero Maurice insiste en que puede ir solo. Se levanta y sale de la taberna. Está nevando. Añora su ausencia aún más. Camina hacia la rocosa escollera,  anhelando ver su cola entre las olas o escuchar su canción transportada por  la brisa.

El mar está calmo convertido en un espejo mudo y  sin apenas movimiento. La nieve cae lentamente y cubre con una fina capa plumosa la arena de la playa. «El blanco es el color del silencio. El silencio a su vez contiene todos los sonidos, nacen en él», le dijo en una ocasión Nerea.

Una melodía se desliza en la noche, flotando sobre las aguas, agitando levemente los copos de nieve y arrancando  tintineos de los mismos como si fuesen diminutas campanas de cristal. De las profundidades surge un rumor que se va incrementando. El bramar de los poderosos mares lo precede, suenan las cornamusas y trompetas, caracolas alegres y triunfales anuncian su llegada. Un coro de ninfas entona la canción  que Maurice ya conoce. Su corazón salta y baila de gozo. Se oyen relinchos y cascos de caballos cabalgando al galope.  De entre las olas de espuma blanca surgen cuatro corceles azules de Poseidón, tiran de una concha gigante de nácar y oro sobre la que se halla Nerea. Se encuentran sus miradas, ella tira de las riendas y se detiene junto a él. Le tiende la mano.

Fragmento de Nerea y Maurice

©Q.M.

El clan – Lucía (Sirena IV)

Durante los tres primeros años de estar conmigo me contaba cosas sobre el clan, luego fue perdiendo los recuerdos y dos años después, cuando la llevé al convento, ya no recordaba nada. Tenía 14 años y ya era mujer. De lo que me contó pude entrever que de su familia de carne y hueso no quedaba más que ella. Los que estaban naciendo en el bosque tardaban años en hacerlo, la mente daba la forma a la energía de los recuerdos y estos a veces fallaban. Pero una vez que asumían la forma se movían entre dos mundos, y  eran muy peligrosos, dijo que eran hijos del miedo y del odio, de los deseos funestos, de la desesperación y la ira, que la violencia era su actividad preferida, que en sus ojos no esperase ninguna piedad. Eran cazadores nunca presas, devoradores de carne, destructores de cuerpos, y hasta los mismos demonios los temían.

―Pero eso es una fantasía de niña con demasiada imaginación. No puedes creer esas cosas, son creencias paganas, cuentos para asustar a los niños ―se quejó Hortensia.

―La figurita que dejé en el altar es una diosa madre, una mujer como tú y yo, la feminidad, la capacidad de generar y crear vida, el amor incondicional, el amor de la tierra por lo que hay sembrado en ella, es el alimento que nutre, el agua que apaga la sed, la que acoge las semillas…pero también la vilipendiada, maltratada, golpeada, violada…por ser mujer. Los hombres carecen de esa magia de crear vida, nos ven diferentes y nos temen por ello, el temor conduce a la violencia y especialmente es aplicada contra nosotras.

Todo ese malestar, ese sufrimiento, esos maltratos continuados, ese desprecio, han creado criaturas que se mueven en las tinieblas nocturnas,  deseos malignos y vengativos que prosperan en  las horas oscuras, penetrando como fantasmas  en la sangre y las venas hasta alcanzar el corazón y plantar allí un árbol de flores negras. Flores  que caen al suelo y se convierten en siniestras arañas venenosas. Cuervos que alzan el vuelo desde las ramas transformados en una nube oscura que oculta el sol, trayendo  frías tinieblas a las vidas.

Es una negritud que avanza enroscándose a los árboles, como una serpiente negra,  una enfermedad que devora la luz, los colores y las formas sumergidas en un lago sin luna, consumiendo el color de las hojas, marchitando los recuerdos felices. Hasta que todo árbol, toda roca, todo lugar conocido  desaparece, convertido en un vacío sin forma, un lienzo negro sin rastros de vida nacida. Todavía son criaturas no creadas que se agitan, revueltas y ciegas, porque nunca han visto  la luz. 

No conocen otro mundo que el de las tinieblas, un crepúsculo oscurísimo donde no hay rostros, solo formas sin definir, irreconocibles, no se sabe si de hombres o de bestias, reptan como gusanos, sin ojos ni oídos, sin tacto, ni boca, parásitos que se alimentan de los deseos funestos de la humanidad, carroñeros de las almas que los nutren e incrementan su poder, la energía del odio que exhalan al mundo, la plaga que se enrosca sobre las almas como una mancha de tinta negra que se extiende cubriéndolo todo de negrura.

―Creamos nuestros propios demonios, les damos vida alimentándolos con nuestros pensamientos, y entonces se manifiestan como una criatura ajena a nosotros, con existencia propia ¡qué horror! ―exclama Hortensia.

Fragmento: Lucía -Sirena IV de Savia Roja

©Q.M.

©Q.M.

Il mare – Versione It.

Scivoli sott’acqua in un mondo di silenzio, trasformata in una sirena dalla criniera di rame da cui emergono bolle d’aria che salgono e brillano come un fiume di minuscole stelle, la coda di una cometa che riflette la luce e te. e nuoto accanto a te, ci guardiamo e sorridiamo mentre entriamo in un paradiso sottomarino popolato da milioni e trilioni di esseri dai colori impossibili che si muovono sotto un soffitto di cristalli liquidi, spirali multicolori, stormi di pesci iridescenti come nuvole di seta fluttuanti pigramente, di tutti i colori, splendore metallico di gemme e scaglie, fiori, stelle e foreste di alghe, come cortine di smeraldo che si alzano al cielo e silenzio… siamo silenzio, siamo diventati oceano, siamo una delle tante creature marine e nuotiamo e nuotiamo tra scogliere di coralli rossi, madreperle e opali, deserti di dune sabbiose si stendono sotto il nostro ventre. E l’acqua non manca mai né è possibile raggiungere i limiti perché il mare è come il deserto, come il cielo stellato, è l’infinito, è ciò che non è davanti ai nostri occhi, ma ciò che è dietro i nostri occhi e il nostro sguardo. . Proprio come il mare vede attraverso tutti gli occhi delle sue creature. Infinito, silenzio, eternità sono altri nostri nomi. Sebbene tutte le parole suggeriscano solennità, non sono altro che lo sfondo dove si manifesta la vita, l’esistenza… e noi veniamo a questo mondo e la lampada esaudisce tutti i nostri desideri, perché noi siamo il desiderio, la sete, il genio che si credeva fosse rinchiuso nei propri limiti.

Nerea y Maurice – La Martinica

—¿Y el océano? ¿Cómo son aquellas aguas? —le preguntó, y añadió—Nunca viajé tan lejos, nunca más allá de las columnas de Hércules.

—Aquellas islas son el paraíso sobre la tierra, aunque volcánicas las playas son de arena blanca. Las aguas son de un luminoso turquesa, nítido y transparente, tanto que los naturalistas no necesitan sumergirse en ellas para estudiar  los  fondos marinos y las miríadas de  seres que habitan en ellas. El clima es muy cálido y  húmedo, la tierra fértil y caliente la sangre, todo invita al amor. Creced y multiplicaos, dice en el libro santo, y todos los seres vivos de aquel edén se dedican a ello. Es una fiesta continua, donde flores, peces y aves de especies nunca vistas ni en París ni en Londres,  compiten para mostrar los colores más vivos e intensos imaginados. Llamaradas de color en guacamayos y loros de plumajes deslumbrantes y valiosos como la más exquisita de las gemas, flamencos y garzas surcan los cielos convertidos en nubes de tonalidades imposibles. Incluso hay aves como el colibrí, no mucho más grande que un abejorro que se alimentan del néctar de las flores. Las fragancias de las mismas excitan los sentidos, y los apetitos, tanto el hambre de alimentos cómo el hambre de caricias. Igual ocurre con las frutas, dulces, jugosas, deliciosas… incluso una se llama la fruta de la pasión. Y lo mejor es que toda esa vitalidad e intensidad se contagia a los hombres y mujeres. Vivir allí es un regalo que hace la vida.

Ella se quedó silenciosa. La mirada perdida en la línea del horizonte. Aquel día le preguntó:

—Maurice, ¿cómo es que no te quedaste a vivir allí, en aquel paraíso?

Él contemplaba las lejanías azules del mar y sin mirarla le dijo:

—Porque mi edén no estaba en aquellas tierras, sino junto a ti. Aunque primero debía encontrarte, o mejor dicho reconocerte. No sabía que aspecto tendría  la flor, únicamente tenía el aroma de su presencia. Era suficiente.

Maurice volvía día tras día al espigón desde que ella no estaba, Infelicidad. Los pensamientos y las olas de su memoria se  estrellaban violentamente en las rocas de su mente atormentada. Y sin embargo no perdía  la esperanza de verla  aparecer entre la espuma, como una diosa cabalgando las olas. Una vez más.

Su amada sirena se fue mar adentro una tarde de verano, en la playa quedaron sus sandalias y una nota escrita de su mano bajo la vestimenta: «Ningún hombre me ha amado como tú, volveré a nacer para poderte besar una vez más».

La magia de Náyade

Bárcabo es un pequeño pueblo del Sobrarbe, Huesca, que no llega a los 120 habitantes. Actualmente subsiste básicamente del turismo rural, pues en esta región hace justicia la propaganda que habla de la Magia de Huesca. Tierra de hechiceras y de árboles milenarios como La carrasca de Lecina, casas de piedra que se mimetizan en el paisaje, con chimeneas troncocónicas que asemejan sombreros de brujas, porque esa era su función alejar a las siniestras señoras cuando volaban por los aires en escobas de brezo, para que no se detuviesen sobre los tejados. También muy cerca, en Tella hay un museo y una gruta donde se conservan los restos de un impresionante oso cavernario. Sí, en aquellas tierras hay infinidad de lugares mágicos, refugios rocosos y cavidades que modeló el agua en la sierra de Guara. No son los abundantes representaciones artísticas de la prehistoria lo que buscan los visitantes, lo que le da realmente fama mundial son los cauces de piedra por donde transcurre el río Guara, y las pozas de agua cristalina y helada donde se practica barranquismo y descenso de cañones…

Es en este entorno de seres tan particulares donde nació mi amiga y poeta Mª Ángeles, debía tener entre 15 y 16 años cuando escribió este poema Náyade. No sé qué la inspiró, ya que no se han visto nunca sirenas en aquellas tierras áridas, pero un día me contó el secreto: «es el agua la que me habla, la viajera memoria de la tierra». Y tiene cuadernos con poemas y un libro de fotocopias encuadernadas con sus escritos, con la inconfundible letra de la Olivetti Lettera 32. Nunca ha publicado en una editorial, pero se acerca el momento…lo sabe, lo sé.

©Q.M.

NÁYADE

Amada mía…

te encerraste espuma adentro

entre los castillos de coral y

las húmedas tinieblas

rehuyendo así,

quién sabe que ansiedades

y tus pasos quedaron para siempre

grabados en mi arena;

tus versos penetraron en mí,

como una nueva sangre.

Se perdía la vista en aquel mar

durante largas horas de tristeza

siempre silenciosa,

siempre ausente,

y de pronto bajabas la mirada hacia el papel

y tus dedos se enredaban en poemas

más divinos que humanos.

Pálida amante, te marchaste…

Y un día oí tocar las campanas del pueblo

y  a las gentes decir que habías muerto,

¡Qué locos! morirte tú,

que vivías tan intensamente en mi corazón

y tu imagen retratada en mis lienzos,

¡Qué locura!…si tú eres inmortal

cómo una estrella errante

que te perdiste entre las aguas.

Pues tú has de vivir siempre

en los oídos de aquellos que saben escucharte

porque tu ausencia es la música del recuerdo.

Náyade, estás ahí sentada

en las rocas como siempre

y luego vuelves a tu mundo

de ninfas y sirenas,

y mi amor te hace eterna…

Porque te escondes cada tarde

con los reflejos de ese sol que te ilumina

y a media noche brilla tu palidez

sobre las aguas plateadas.

Que extraño misterio el de tu vida

y qué ingrata tu ausencia con la muerte,

que poesía me dejó tu calma

tu mirada profunda y

tu voz delicada

y aquel perfume inquieto

que flota tras de mí.

Quién sabe dónde fuiste,

sólo sé que mis pinceles dibujan

con un mágico encanto

 la sombra del pasado.

Náyade, no me olvides

en tu mundo de sombras

porque vivo por ti,

para levantar tus versos

que alivian a las almas llenas de soledades

y de inquietudes viejas

como tú y como yo.

Te esperaré en la playa

sintiendo la caricia de la brisa en mi cara

hasta que algún día el mar compasivo

me arrastre en pos de tí

y me arranque del mundo

para seguir tus pasos…

A. de A. -Kristal-

Nerea y Maurice – I

La luz penetra a través de las rendijas de sus párpados cansados y somnolientos. Está amaneciendo, es temprano todavía para enfrentarse al dolor, para tratar de apaciguarlo con la bebida. Se gira sobre el lecho para no ver los rayos de sol. Y de forma simultánea un pálido destello de conciencia   trae a su mente el hecho de  que la única ventana del apartamento da a poniente. El día  se está muriendo sin haber sido vivido, igual que el hijo no nacido de una mujer estéril.  Debe levantarse, no porque tenga un trabajo o unas obligaciones, sino porque antes puede dedicarse a esperarla. Esta noche no ha soñado con ella, las aguas de los ayeres están calmadas, quizá así pueda ver su imagen nítida emergiendo  de las profundas aguas donde mora su recuerdo.

Sin ella, su amada anfibia, se siente vacío y abandonado, sentado en la solitaria escollera donde antaño acudían a contemplar los atardeceres. Tomando aquel brebaje de moda en Marsella, el café, tan amargo que no podía evitar hacer aquellas muecas que tanto la divertían y la hacían reír. Adoraba su risa, era cristalina y musical, una sonora melodía que se elevaba ante el rugir de  las aguas y las apaciguaba.

 A Nerea  le gustaba escuchar sus relatos de viajes de ultramar, a lugares remotos bañados por océanos que nunca había conocido.

Recuerda como le fascinó su odisea a las Antillas en 1720, cuando acompañó al capitán de la Marina Gabriel de Clieu. Tenía como misión transportar una planta de café con la autorización de Luis XV, desde Versalles a la Martinica para poderlo reproducir en aquellas paradisiacas tierras de clima y vegetación exuberante. El cafeto fue instalado en una urna de cristal y dejado en cubierta para mantenerlo caliente y que no le alcanzase el agua salada.  El viaje estuvo lleno de contratiempos, sufrieron el ataque de piratas tunecinos del que pudieron zafarse, haciendo una cosa poco honorable, huir a toda vela. Fuertes tormentas  hicieron que el cafeto fuese amarrado para no saltar por la borda. Seguido de hambruna y racionamiento de los víveres. Otro enemigo, no menos temible, era el descontento, la envidia de una parte de la tripulación que pretendió sabotear al mimado y protegido arbolito, por considerar que  recibía mejor trato que ellos. Como consecuencia, se produjo un conato de motín, una pelea en la que se quebró  una rama del verde pasajero. No sufrió un daño irreversible.

Después de esos incidentes el buque quedó al pairo por falta de viento. Estaban tardando más de lo previsto en aquella expedición y hubo que racionar  el agua potable.  Para el capitán De Clieu  el cafeto era lo más importante de todo, más valioso que el oro, y le cedíó la mayor parte del agua que le correspondía a él. En agradecimiento el árbol sobrevivió. La tripulación también.

Cuando finalmente llegaron a la Martinica, la planta de café fue replantada en la isla, en la ladera de la Montagne Pelée, cercada con un seto de espinas y puesta bajo el cuidado y protección de feroces esclavos.  No había que olvidar que los holandeses eran los que tenían la hegemonía de aquel cultivo en las Indias. No querían rivales, pero tampoco podían controlarlos a todos. El cafeto creció vigoroso, sin incidentes,  en aquellas tierras bienaventuradas,  se multiplicó y unos años después eran miles sus descendientes.

—¿Y el océano? ¿Cómo son aquellas aguas? —le preguntó, y añadió—Nunca viajé tan lejos, nunca más allá de las columnas de Hércules?

—Aquellas islas son el paraíso sobre la tierra, aunque volcánicas las playas son de arena blanca. Las aguas son de un luminoso turquesa, nítido y transparente, tanto que los naturalistas no necesitan sumergirse en ellas para estudiar  los  fondos marinos y las miríadas de  seres que habitan en ellas. El clima es muy cálido y  húmedo, la tierra fértil y caliente la sangre, todo invita al amor. Creced y multiplicaos, dice en el libro santo, y todos los seres vivos de aquel edén se dedican a ello. Es una fiesta continua, donde flores, peces y aves de especies nunca vistas ni en París ni en Londres,  compiten para mostrar los colores más vivos e intensos imaginados. Llamaradas de color en guacamayos y loros de plumajes deslumbrantes y valiosos como la más exquisita de las gemas, flamencos y garzas surcan los cielos convertidos en nubes de tonalidades imposibles. Incluso hay aves como el colibrí, no mucho más grande que un abejorro que se alimentan del néctar de las flores. Las fragancias de las mismas excitan los sentidos, y los apetitos, tanto el hambre de alimentos cómo el hambre de caricias. Igual ocurre con las frutas, dulces, jugosas, deliciosas… incluso una se llama la fruta de la pasión. Y lo mejor es que toda esa vitalidad e intensidad se contagia a los hombres y mujeres.Vivir allí es un regalo que hace la vida.

Ella se quedó silenciosa. La mirada perdida en la línea del horizonte. Aquel día le preguntó:

—Maurice, ¿cómo es que no te quedaste a vivir allí, en aquel paraíso?

Él contemplaba las lejanías azules del mar y sin mirarla le dijo:

—Porque mi edén no estaba en aquellas tierras, sino junto a ti. Aunque primero debía encontrarte, o mejor dicho reconocerte. No sabía que aspecto tendría  la flor, únicamente tenía el aroma de su presencia. Era suficiente.

Maurice volvía día tras día al espigón desde que ella no estaba, Infelicidad. Los pensamientos y las olas de su memoria se  estrellaban violentamente en las rocas de su mente atormentada. Y sin embargo no perdía  la esperanza de verla  aparecer entre la espuma, como una diosa cabalgando las olas. Una vez más.

Su amada sirena se fue mar adentro una tarde de verano, en la playa quedaron sus sandalias y una nota escrita de su mano bajo la vestimenta: «Ningún hombre me ha amado como tú, volveré a nacer para poderte besar una vez más».

Cada palabra del mensaje, cuando lo leía de nuevo, se transformaba en un arroyo silencioso de lágrimas que desembocaban en un mar gris de desolación. Cuyas aguas lo arrastraban a tenebrosos abismos sin luz. Rehuía la soledad y el silencio como la más cruel de las cárceles. La taberna de Le cigne bleu, por contraposición se convirtió en su hogar.

Es un garito ruidoso y sucio, con las paredes de madera pintadas de un azul brillante, iluminado con antorchas y  velas. Cuadros donde ya no se puede ver el motivo que representan, transformados en rectángulos de un tono marronaceo único, algo que solo el tiempo, la grasa y el humo podían lograr. El suelo también es de madera, desgastada y resbaladiza, cubierto de paja para absorber los derrames fortuitos y los provocados, así como los escupitajos y ocasionalmente sangre de alguna reyerta. El humo de la chimenea y los olores de las comidas flotan horizontales como neblinas del puerto al amanecer, e impregnan los ropajes con abrazos de una fiereza persistente. Sillas y mesas, nunca vacías, donde hombres y mujeres se agrupan  y divierten jugando a los dados o cantando acompañados de viejas guitarras españolas.  Maurice se acomoda cada día con su botella de absenta en el rincón más alejado y oscuro. Se siente  un náufrago maldito al contemplar las rojas narices, las rojas mejillas, los ojos brillantes y oír las risas de sus vecinos…un náufrago en un mar de maldita felicidad.

© Q.M.