Hoshi

(Otra versión de un fragmento de Dandelion)

―Los huesos nunca mueren,  al igual que las estrellas están compuestos de los mismos minerales y continúan en contacto con el clan  como mensajeros del espíritu que ha partido ―dice el monje.

 Himiko asiente, se acerca con un ramo de peonías rojas al rectángulo excavado en la tierra. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas y caen lentamente sobre el ataúd donde se encuentra el cuerpo de Hisoka,  evocando el sonido de las primeras y erráticas gotas de lluvia de una tormenta. Deja caer las flores. Las paladas de tierra son truenos que retumban en la tarde soleada. Se hace la oscuridad.

Se ha desmayado. Abre los ojos, está tumbada en un banco de madera verde, a la sombra de silenciosos cedros centenarios. El monje le ofrece un vaso de agua, ella se incorpora y permanece sentada,  él le continúa explicando:

―Los huesos laten muy rápidamente, titilan en la eternidad como los astros. Cada antepasado emite una luz invisible, pulsante, como la más diminuta luz de la más diminuta de las luciérnagas. Solo los gatos pueden verla, por ello les gusta acurrucarse en los lugares que eran queridos por su cuidador  ya que el amor emite un perfume que perdura en el tiempo.

Pero, hay otro proceso: La parte orgánica del hueso se convierte en vegetal, nutrirá a los hombres después de haberlos amado a través de la fertilidad en las cosechas. Carne y osamenta se convierten en madera al morir. Los troncos de los árboles traen las palabras de los huesos que viven entre las rocas de la tierra, las ramas y las hojas transforman  las voces en flores y semillas que transporta el viento, las aves y los insectos. Cada vez que te detienes a contemplar la belleza de una flor o disfrutas de la sutileza del aroma de sus pétalos,  alguien te está diciendo “Te amo”.

El monje deja de hablar, repentinamente. Sabe que ha concluído su misión al verla sonreír.  Sin decir ni una sola palabra más, le hace una reverencia y se aleja.

A  Hisoka le gustaba rodearla de flores, le había regalado cientos de exquisita belleza y fragancia, tantas que las abejas revoloteaban entre ellas surcando los cielos del salón durante el verano. Sonríe ante el recuerdo.

Siente un golpecito suave en el tobillo, mira abajo. Una gatita desnutrida se frota contra su pie y ronronea girando alrededor. Es negra y de ojos dorados. La toma en brazos y sabe que se llamará Hoshi.  

Himiko – Hija del sol

Hisoka – El que guarda secretos

Hoshi – Estrella

© Q.M.

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