El espejo de Lucía – II

 Pero un día apareció un pensamiento nuevo, como suelen aparecer los pensamientos, de forma inesperada, una nube solitaria en el cielo, sin nadie que los cree: «Es para mí, porque merezco tanto gozo y promesas de felicidad futuras, además lo he encontrado yo, es mío».

Al pronunciar “mío” germinó una semilla de miedo oculta en capas muy antiguas, el temor a perder eso que le daba tanta bienaventuranza. La energía expansiva que llenaba el mundo de colores intensos, vivos y brillantes pareció apagarse un poco, disminuyendo su claridad y definición. En los cielos de zafiro, despejados y luminosos, aparecieron unos jirones de algodón blanco, la energía de la existencia se contrajo un poco más.

Lucía no sabía, Ricardo no sabía, que aquel proceso, aquellos cambios eran parte de la respiración del universo, expansión y contracción, creación y destrucción, dualidad…procesos naturales, al día sigue la noche, a la noche sigue el día…en todos los  cuentos de hadas, tarde o temprano, aparece un ogro, una bruja, un lobo, alguien definitivamente malvado. 

La personalidad de un niño rehúye siempre este personaje, lo atrae pero al mismo tiempo le teme, es lo desconocido, en el mundo no está solo él hay otros y ello acentúa su propia individualidad, su identidad. La personalidad del individuo intelectual y psicológica interpreta lo que acontece como si fuera resultado de su voluntad, sus decisiones, sus elecciones, su personalidad: «yo soy así». Pero el cuento, la fábula nos lo desmiente…la bruja es una manifestación “negativa” de la vida, imprescindible para comprender la parte “positiva” de la circunferencia que completa la rueda. No es personal, no hay nadie, un “alguien” haciendo nada. No hay magia o todo es mágico. La rueda gira pero es gracias al eje que permanece siempre inmóvil.

Oh Fortuna,

variable como la Luna

como ella creces sin cesar

o desapareces.

¡Vida detestable!

Un día, jugando,

entristeces a los débiles sentidos,

para llenarles de satisfacción

al día siguiente.

La pobreza y el poder

se derriten como el hielo.

ante tu presencia.

A Lucía no le gustaba que él hiciera vida independientemente de la suya… ¿dónde iba, de dónde venía, con quién se relacionaba? Tenía una fotografía, un cuadro con una imagen bucólica de lo que consideraba la pareja perfecta, dos seres cubiertos con unas hojas de parra al lado de un manzano de frutos rojos y brillantes. También tenía una agenda y un libro de instrucciones…e impuso restricciones y muchas condiciones para Ricardo. Para que encajase en el paisaje soñado de aquel cuadro, porque se estaba dando cuenta de que él no era tan perfecto,  tan especial, como creía.

La semilla del temor germinó y surgió un arbusto espinoso. Lucía sintió, inesperadamente,  que había sido un error conocerlo, se había equivocado en la elección  y se produjo la ruptura, de la cual hizo culpable a Ricardo. Así como de su dolor y sufrimiento por la separación. Se sentía engañada, llena de rabia, desilusionada y triste.

El destino de la salud

y de la virtud

está en contra mía,

es atacado

y destruido

siempre en tu servicio.

En esta hora

sin demora

toquen las cuerdas del corazón;

el destino

derrumba al hombre fuerte

que llora conmigo por tu villanía.

Ya no se veían pajarillos trazando estelas en cielos azules límpidos y luminosos, solo nubarrones grises. Y se encerró en su castillo intentando proteger su corazón  de heridas futuras. No le faltaban pretendientes, era bella y rica, poseía un gran tesoro del que ni tan siquiera ella conocía su magnitud, en  cámaras secretas bajo tierra. La inquietud apareció de nuevo. Tratando de aplacarla,  se dirigió con una antorcha a las profundas galerías subterráneas. Ello la mantendría ocupada y distraída de sus preocupaciones.

Y encontró enormes montículos cónicos de monedas de oro y plata, cofres repletos de joyas, piedras preciosas, los destellos de los zafiros, turquesas y rubíes rivalizaban entre ellos, vestidos refulgentes en la oscuridad y tapices confeccionados con sedas e hilos dorados. Pero lo que más la fascinó fue un enorme espejo de obsidiana negra, límpido y pulido como un lago de cristal líquido en una noche sin estrellas, extrañas inscripciones aparecían en la parte superior de  aquel ovalo brillante. Lo hizo trasladar a sus aposentos y preguntó a los más ancianos de la corte sobre la existencia del mismo, nadie había oído hablar del espejo negro, únicamente la vieja cocinera Matilde recordaba que siendo niña escuchó     hablar de un espejo parlante que había hecho enloquecer a la abuela de Lucía, y a consecuencia de ello fue depositado y olvidado en las profundidades del castillo.

Lucía era muy inteligente, pronto descubrió el misterioso sortilegio del cristal oscuro. Mostraba la imagen reflejada con una nitidez y agudeza tal que aspectos secretos de la persona que no se veían a simple vista eran visibles, por ello decían que hablaba. Y lo consultaba cada vez que tenía dudas sobre los propósitos de las personas que acudían a ella, y particularmente cuando un pretendiente se le acercaba con intención de cortejarla, para conocer lo que ocultaba, para evitar así ser herida.

El espejo le mostraba la imagen del candidato para ser su pareja y siempre era  especial,  rodeado de un halo resplandeciente, y el corazón de ella suspiraba de alegría…pero el espejo se equivocó, una y otra vez, hasta siete. Todos caballeros apuestos, valerosos y gentiles   al inicio de la relación, todos detestables al final. Ninguno cumplía la promesa de felicidad eterna, del ideal romántico representado en su cuadro imaginario.

Lloro por las ofensas de Fortuna

con ojos rebosantes,

porque sus regalos para mí

ella rebeldemente se los lleva.

Verdad es, escrito está,

que la cabeza debe tener cabello

pero frecuentemente sigue

un tiempo de calvicie.

Y un día se preguntaba ¿Por  qué me rehúye el amor? ¿Por qué solo me tocan individuos que me hacen sufrir? Y recordó todos los amores fallidos, ninguno funcionó como pensaba, siempre estaba la sensación de carencia, la sed que nadie podía apagar. Se sintió furiosa y engañada con la vida y con aquel espejo mentiroso, de un fuerte empujón lo estrelló contra el suelo. Se rompió en siete pedazos, en cada uno de ellos la imagen de un amante distinto. Al mismo tiempo había algo familiar en todos ellos, algo que no alcanzaba a ver, hasta que mirando con detalle los ojos descubrió que eran los suyos. Eran sus  propias pupilas. Nunca había llegado a ver realmente a sus  parejas, solo lo que imaginaba de ellas. No veía ni la simpatía, ni la gentileza, ni el sentido del humor o la bondad que poseían,  nada positivo… siempre el mismo dolor e idéntico sabor amargo. El temor a sufrir de nuevo proyectaba el pasado y condicionaba la visión de lo que acontecía en el presente.  La obsidiana no mentía. Recogió los fragmentos rotos y los unió. Frente a ella una hermosa mujer le sonreía, su futuro ya era presente, el pasado no existía.

En el trono de Fortuna

yo acostumbraba a sentarme noblemente

con prosperidad

y con flores coronado;

evidentemente mucho prosperé

feliz y afortunado,

ahora me he desplomado de la cima

privado de la gloria.

Cuando no esperas nada de nadie, cuando asumes y sabes que eres la Vida y su acontecer en el instante, te llega la certeza de que también eres la experiencia del amor y felicidad, el dolor y el sufrimiento y al mismo tiempo eres el experimentador de todo ello. No hay que pedirlo, conseguirlo o llegar a un lugar donde se encuentre o resida. Lo eres. No hay carencia, no hay que extender las manos para suplicarlo, porque ya tenemos las manos llenas y podemos dar, nos convertimos en un océano inmenso donde cada uno toma el agua que necesita. La felicidad de otros es la nuestra siempre porque no hay muchas felicidades, solo una. Ni muchos amores, solo uno. Ni muchos silencios, solo uno.

La rueda de la Fortuna gira;

un hombre es humillado por su caída,

y otro elevado a las alturas.

Todos muy exaltados;

el rey se sienta en la cima.

©Q.M.

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