Fieras

—Las dudas desaparecen cuando sabes quién eres. Tú aún tienes que descubrirlo. Cuando tú entiendas quién eres, entonces los demás entenderán cuál es su lugar.

Es de noche cuando se aleja de allí. Lleva una foto de Milko y Irina, abrazados, majestuosos, cada uno con una mano en alto, saludando al público. Llega a casa cansada, se desnuda y se mete en la cama sin cenar.

Oye los árboles inmensos crujir en un bosque espeso, silencioso y sombrío. La nieve acaba de caer. Avanzan sin miedo, sin hacer ruido, siguiendo un rastro. Las sombras de sus cuerpos se estiran a la luz de la luna y se desplazan sobre los troncos. Reconoce el gruñido, le responde con otro. Mira a su lado, ve los ojos grises. Capta el olor que los envuelve, son su clan. Gira la cabeza, la manada avanza formando un abanico. Las pupilas capturan la poca luz que se refleja con tonos dorados. De los hocicos poderosos surge un vapor que el frío transforma en volutas blancas. Un aullido los reclama, han localizado la presa. Se alejan corriendo en aquella dirección.

Se levanta por la noche. Enciende la lámpara de la mesita. Entra al baño en penumbra, y ve la sombra en el espejo y dos ojos amarillos mirándola. Permanece de pie, aterrorizada, inmóvil. “Sobre todo, no corras”. Transcurren unos segundos, no pasa nada, no se abalanza ninguna bestia sobre ella. Da la luz. Mira sus ojos en el espejo, traspasa la puerta de las pupilas y, allí dentro, en el fondo de la retina, un tenue fulgor ambarino reluce.

© Q.M. – Fragmento de Fieras – 13 Hojas de otoño

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