Kimono gatuno – La gata curiosa

Este es el diseño de un kimono japonés, desconozco el origen o autor. Ha inspirado este escrito.

Risas nocturnas y gemidos atraen a la gata curiosa, que se acerca sigilosa a la fuente del sonido. La puerta está abierta, y pone en guardia sus sentidos. Con el tiempo, ha aprendido a vivir siempre alerta, pues seis vidas ha consumido y solo una le queda.

Sobre el futón, los cuerpos se agitan entre las revueltas sábanas de seda. Dos bolas de jade llaman su atención, un juguete de irresistible movimiento. No pierde la ocasión y salta; uñas afiladas cortan tiras de viento y caen sobre la tierna e indefensa presa.

Gritos de dolor, sangre en las joyas sagradas. El samurai mira a la gata con cara de sorpresa y coge con rabia su espada. El acero silba en el aire, y se escucha un maullido fiero. La dama gatuna presenta batalla, eriza los pelos, arquea la espalda. El guerrero duda ante la gata osada, pues sabe que con sus zarpas no falla. El canto de un grillo, el susurro del río, son música solemne para el desafío. La luna brilla, iluminando la escena; el destino se acerca a su fin.

Con un veloz ataque, la gata tienta su suerte, salta al cuello, pero el filo del acero se interpone, cortante, anunciando la muerte. El samurái respeta la valentía de la felina y detiene el movimiento de su espada en el aire. La vida que le queda no le será arrebatada. En los ojos de la gata, un reflejo de gratitud germina.

Kenzo el pescadero – II

Como dije antes, no todo el mundo recuperaba la felicidad.

Kenzo fue encerrado en una celda profunda del castillo de Okusan. Sin explicación alguna. La ropa que llevaba puesta, un jergón con paja seca, una vasija con agua, y un agujero estrecho en una esquina del suelo, por donde llegaba el rumor lejano de un arroyo, era cuanto poseía.  Justo sobre el desagüe en el techo, un rayo de sol se infiltraba por un ventanuco redondo por el que podía pasar un gato.

El señor feudal no iba a permitir que un individuo así fuese a corromper su buen gobierno, basado en el miedo a su autoridad y el respeto a las leyes establecidas. Aquel individuo era una amenaza y su encierro  serviría de escarmiento a los demás. «Más trabajar y menos fornicar, más esfuerzo y menos risas», «Hace falta más mano dura» le aconsejaron los sabios consejeros. El daimio no solo subió los impuestos a campesinos y comerciantes sino que se incrementaron las horas de trabajo obligatorias,  con lo cual el agotamiento sepultó bajo una pesada losa todo sueño de felicidad.

Considerando que los seres alados con sus trinos eran cómplices  de que la felicidad se propagase como una enfermedad, se le ocurrió un plan diabólico para matar dos pájaros de un tiro. Se prohibió la tenencia de toda ave de corral para el sustento. Gallinas, palomas y gansos fueron requisados y desaparecieron de las mesas de los pobres, con lo que el hambre los empujó a cazar las aves y pájaros del bosque para alimentarse.

En Nagano pronto dejaron de oírse los cantos armoniosos de las aves canoras, no solo enmudecieron jilgueros, mirlos y pinzones, también los  graznidos de cuervos y urracas, el zureo de las palomas, todos ellos formaban parte del esplendor del bosque. También cesaron las conversaciones alegres en el mercado, las risas de los niños, incluso el rumor del viento entre las hojas en los árboles. Pero lo peor era no escuchar el canto de los grillos a la luz de la luna, la noche parecía estar muerta y las estrellas desaparecieron del cielo.

Kenzo sabía que el mayor temor de las personas no era la oscuridad donde se agazapan secretos, tragedias familiares y horrores sin fin, cavernas de la mente repletas de monstruos invisibles pero cuyo roce sentimos frio sobre la piel. De tanto convivir con ellos olvidamos que no son más que invitados no deseados, huéspedes que se revuelcan en nuestra miseria, se alimentan de ella y engordan como cerdos. Kenzo sabe que el mayor miedo es encender la luz. Es la luz lo que más nos asusta porque es enfrentarse a lo desconocido y no hay ser más extraño y desconocido que uno mismo. Las personas se jactan de conocerse los  unos a los otros, de conocer de memoria la doctrina de Lao Tse, las escrituras de Confucio o las mil caras de los espíritus Shinto, pero la intimidad más grande y absoluta, la propia,  es muy inaccesible porque no requiere conocer, sino desprenderse de lo conocido.

Su cautiverio no le privó de la  dicha de estar con sus amigos alados. Pajarillos acudían a diario y entraban en la celda revoloteando y reflejando todas las tonalidades del arcoíris en sus brillantes plumas. Era una celebración, su encierro  más que una prisión  era un claro luminoso en un  bosque sombrío…

Y en la soledad pensaba en Himawari y le silbaba melodías que transportaban los diminutos ruiseñores, y que eran a la vez mensajes y  canciones de amor conmovedoras, con palabras nunca pronunciadas en sonidos nunca oídos en un lenguaje que solo entendían los corazones sensibles.

«A veces, entre estas cuatro paredes te digo te amo en un suspiro,  no excesivamente, pero te pienso…mucho…que es la manera silenciosa de decirte te amo. Cuando te pienso se genera una onda, una ola gigante que atraviesa las distancias inexistentes hasta ti…y quizás no me reconozcas en la cara feliz del niño que te sonríe sin motivo alguno, en el amarillo intenso de una flor que te hipnotiza, en la belleza de una hoja que se desprende de un árbol y te roza un hombro, quizás te sientas feliz sin motivo alguno y sientas la necesidad irresistible de compartir esa felicidad con la gente que te cruzas, y ríe tu alma a través de tus ojos y tu sonrisa…y se genera una ola gigante que recorre las distancias inexistentes y también me llega a mí».

Y le llegaba la respuesta.

«El pequeño ruiseñor  me ha visitado esta mañana, oculto en la espesura de la madreselva me ha cantado y me ha emocionado. Ello mantiene mi corazón abierto a la esperanza de que la primavera no tarde en llegar y podamos reunirnos bajo los cerezos en el próximo hanami. Me ha llegado tu ola que recibo con inmensa dicha y en ella deposito los pétalos rojos de las flores de mi jardín secreto, convertidos en  besos para que las aguas los lleven hasta ti».

Faltaba una semana para que las precoces flores de almendros y cerezos florecieran señalando el inicio de la primavera,  pero en el aire tibio se presagiaba que algo no estaba bien, de que algo terrible iba a suceder, y así fue. Cuando faltaban cuatro días los cielos se cubrieron de nubes oscuras y grises, que se deshilachaban en jirones de neblina fría cayendo  sobre  árboles y plantas  como telarañas vivas. Los brotes de tallos e inflorescencias quedaron cubiertos de una gruesa y opaca sustancia pegajosa,  que les impedía respirar. Los árboles semejaban siniestros candelabros de plata envejecida. Un día después cayeron todos los brotes y capullos de flores convertidos en  ceniza. Al día siguiente al amanecer  habían desaparecido  las nubes y el color verde ya no existía, la tierra estaba negra y sucia de hollín, el cielo era intensamente azul.

Hubo una gran revuelta popular, campesinos, comerciantes y soldados se concentraron delante de la residencia de gobernador, pidiendo su cabeza. De alguna manera sabían que aquella situación era la respuesta de la naturaleza, de los kamis, a su proceder. Sabios y consejeros que habían propuesto las medidas que habían llevado el hambre, la pobreza y las desgracias a la población solicitaron clemencia pues ellos también pasaban hambre y respiraban el mismo aire,  pero ello no calmó al pueblo. Querían la cabeza del gobernador,  lo odiaban profundamente, la rabia se había convertido en un dragón sediento de sangre.

Okusan corrió a refugiarse en lo más escondido y profundo del castillo, y sin saber cómo acabó en la puerta de la celda de Kenzo, no había guardias, tampoco el cautivo, la puerta no estaba cerrada con llave. Entró dentro y ello lo  calmó inmediatamente, desapareció el miedo a que lo encontrasen y ejecutaran, de alguna manera se sintió feliz.

En la penumbra vio un cuenco de agua, tenía sed, vio reflejada una sonrisa temblorosa en su superficie. Miró aquellos  ojos que lo observaban fijamente, había algo extraño en ellos, algo familiar, extendió los dedos para tocar aquel rostro y notó una superficie lisa y fría. Aquellos ojos que veía no eran otros que los suyos, cuando era niño.

Cayó de rodillas mientras lloraba, lo que nunca le estuvo permitido. Había olvidado los golpes pero no la pena, de todos aquellos pájaros que debía liberar el día de su mayoría de edad como celebración. Estaba muy feliz porque amaba las aves y dejarlas libres era el mejor regalo, pues ellas  eran sus amigas y merecían ser libres. Les cantaba su canción preferida y ellas escuchaban girando el cuello, algunas incluso la repetían. Pero su padre interpretó aquel gozo como debilidad, iba a ser un hombre, y le propuso una terrible elección: poner la pajarera sobre una pira ardiente,  o romperles el cuello uno a uno. Podía elegir el método pero no al verdugo, él mismo. No debía llorar, sino mostrar entereza.

El niño Okusan eligió despedirse de cada uno de los pájaros, eran sus amigos, comían de sus manos y lo saludaban  con alegres trinos. Y cogió al primero con ternura…sintió la tibieza y el corazón acelerado de aquel cuerpecillo….ni un sollozo, ni un lloro,  algo empezó a morir aquel día junto a la inocencia.

Y cavó en las capas de tierna nieve de su memoria profundamente, y sepultó aquella experiencia dolorosa allí,  y el frio y los años se depositaron en forma de hielo, duro como el acero, impidiendo llegar a aquel lugar. Mas igual que las mejores katanas, hechas de láminas de acero, forjadas y plegadas cientos de veces sobre si mismas hasta alcanzar una dureza y un filo invencible, la forja esconde un secreto…el corazón, el núcleo de la hoja es de hierro dulce, y esa flexibilidad y maleabilidad es la que hace que la espada no se rompa al asestar un golpe, absorbiendo el impacto.  Un corazón blando, paradójicamente es lo que convierte el filo en un arma legendaria.  

Y en aquel instante, recordó la canción que les cantaba…las lágrimas habían derretido el frio glacial que aprisionaba los recuerdos. Se acurrucó en una esquina, vio las primeras estrellas hormigueando en el cielo a través del ventanuco y se durmió. Una fina lluvia caía de un cielo sin nubes, la luna se reflejaba en cada gota de plata como si lloviese luz. El silencio envolvió a Nagano como una cálida manta.

Una algarabía inmensa de trinos, cacareos, silbos y  batir de alas estremecía  la tierra y los cielos temblorosos, como si fuesen de cristal.

Okusan salió fuera de la fortaleza, el cielo plagado de colores y melodías inefables.  Las gentes cantaban y saltaban por las calles y plazas, nobles y campesinos, algunos se le acercaron a saludarlo y abrazarlo, de alguna manera intuían que él había propiciado el cambio. Él se inclinaba ante ellos agradecido, durante mucho tiempo no había sabido lo que era sentirse amado. Un petirrojo se le posó en el hombro. Los brotes mostraban las primeras flores de cerezo, abriéndose lentamente. La lluvia había cantado toda la noche y los kamis habían limpiado y abrazado a los árboles que mostraban orgullosos sus hojas.

Los pájaros estaban llamando alegres a la primavera, a la manifestación de la vida, de las flores que esperaban por nacer, como lo habían hecho desde el principio. Cuando el primer pájaro se enamoró de la primera flor y le cantó. Cuando la primera flor habló…no con palabras, sino desprendiendo la exquisita poesía de su aroma.

 El lenguaje del amor siempre está en el aire.

« El sufrimiento es una jaula que creamos nosotros mismos para encerrar dentro las emociones, los sentimientos, y así tenemos la sensación de controlarlos porque consideramos que son nuestros. Los pajarillos dentro de la jaula sobreviven, cantan el lamento de no ser libres, y a nosotros nos gusta pensar que están alegres, aun cuando mueran de pena porque nadie los entiende, nadie los escucha, nadie los abraza. Los barrotes son muros pero cuando escuchamos el canto, las voces de lo que nos quieren decir nuestros pájaros, entonces los barrotes son puertas abiertas al cielo azul. «

©Q.M.             

El mundo del sauce

En este fragmento de video de la serie Shogun (2024)pese a la mala calidad de imagen y sonido, Kiku la cortesana da una explicación a John Blackthorne, sintética y a la vez poética del entorno de los servicios sexuales en Japón, el denominado Mundo del Sauce. La mítica y tópica elegancia, belleza y refinamiento de las geishas que no se reduce solo al sexo, sino que se enfoca en su mayor parte en la sensualidad.

La sensualidad incluye la  capacidad de experimentar y disfrutar de los sentidos, como el tacto, el olfato, la vista, el gusto y el oído, es  la apreciación del placer físico y emocional en muy diversas formas. Puede ser altamente erótico apreciar la sutileza y belleza en la composición de un haiku o de una pieza musical, la exquisita ceremonia del té, una caricia con el roce de la mano, una conversación…

Y  en esta escena, si se escucha con atención, hay una gran intensidad erótica incrementada por la atracción mutua que sienten Mariko y John. Intensidad que surge del inmenso poder evocativo de las palabras.

Kenzo, el pescadero – I

«El amor es indefinible, todo el que le pone una etiqueta, todo el que cree comprender sus misterios, todo el que lo reduce a una palabra no pronunciada con el corazón, no ha entendido. Es como encerrar en una jaula un pajarillo de bello canto y plumaje multicolor y decir que lo amas, y cada vez que lo escuchas cantar te alegra el corazón, aunque la canción que canta es un lamento que no entendemos, la melancolía de no poder ser libre, la tristeza de no poder surcar los cielos.«

Kenzo el pescadero amaba a Himawari. Era tímido, y tartamudeaba levemente  cuando  respondía a las preguntas que ella le hacía sobre la calidad y frescura de los productos del mar. Y muy  especialmente cuando su anciana madre le ordenaba  llevarle a casa   la compra; delante de ella era incapaz de pronunciar  más de tres palabras sin quedarse bloqueado, enrojecer como una amapola y marchar avergonzado sin levantar la cabeza. Aunque con el rabillo del ojo no dejaba de admirar la perfección de Himawari, sus rasgos, su tez de porcelana y los labios rojos como las cerezas, en los que siempre había una sonrisa para él.

En contraste con su profesión, el comercio de seres que no emitían sonidos, pobladores de un mundo silencioso, a Kenzo le apasionaban las aves y su sinfonía sonora. Las identificaba de forma precisa por su aspecto así como por el canto de cada especie. Era un conocimiento aprendido de  Ian Mckennitt, un naturalista del museo de Londres que había acompañado a Charles Darwin en varias expediciones. Hasta que conoció a la geisha Yukiko y decidió que ella era mucho más interesante que un helecho o una ortiga tropical. Se quedó en Nagano y no volvió a pisar un barco. Al mes conoció a aquel adolescente delgaducho de pelo castaño y liso, el flequillo recto pero más alto del lado derecho, imperdonable, daban ganas de decírselo pero se contuvo al ver la galaxia  de pecas en los pómulos y sobre ellos unos ojos grises bondadosos y soñadores. Interesante ejemplar, pensó para sí mismo. De ello hacía ya cinco años. Recuerda aquel día,  le llevó un pedido de atún rojo. Mientras el escocés  contaba las monedas,  vio como el joven miraba embelesado y  con ojos muy abiertos las ilustraciones que tenía sobre la mesa.

―“Kiji”― dijo el pescadero,  señalando  un ave de cola larga.  

―Sí, así es, un  faisán verde, el símbolo de vuestro país.

 Y volvió a preguntar  una y otra vez sobre las ilustraciones y el científico  pacientemente le respondía. Viendo que era inteligente, curioso y entusiasta, le propuso que cada vez que fuese a verlo le enseñaría más nombres a cambio de que él le ayudase con el japonés. Lo que no le dijo era que estarían en latín, el lenguaje universal de la ciencia. Fue un suplicio aprender aquella lengua impronunciable y desconocida, pero transcurridos unos meses sabía el nombre científico del herrerillo, de la isabelita japonesa, del carbonero, del orgulloso búho,  de las elegantes grullas y de los majestuosos cisnes que surcaban las aguas del lago, entre otros.

A Kenzo le emocionaba el entendimiento con aquellos seres alados, la belleza y colorido de sus plumajes, a veces se confundían con mariposas. Todo el abanico de tonos del arcoíris estaba representado en aquellas plumas más livianas que pétalos de flores. Y silbaba imitando sus trinos, de tal manera que los pajarillos enmudecían, inclinaban el cuello y se quedaban silenciosos escuchándolo a él. Era tal la maestría de sus silbos y el amor que sentía por las aves que era correspondido. A menudo perdiendo todo temor se subían a sus hombros y a su cabeza y cantaban con él alegres melodías mientras caminaba por los senderos y el bosque. Eran una idéntica inocencia manifestándose en  formas corporales distintas.

En Nagano pronto se supo de la extraña habilidad y la belleza de los cánticos del pescadero, y de la felicidad que irradiaba y lo envolvía en un universo de plumas multicolores y diminutas alas. Pese a su timidez no pudo evitar que la gente se le acercase y le contase sus problemas y penas. La venta de pescado aumentó considerablemente y una larga fila esperaba cada día ser atendida. La madre sonreía satisfecha, y  pidió ayuda a una hermana suya para atender el negocio.

Kenzo, en una estancia aparte, escuchaba atentamente los pesares y como respuesta les silbaba una melodía…y era tal el prodigio que ocurría,  que sonrisas volvían a  rostros serios y ajados y el brillo de estrellas resplandecía en ojos apagados Era felicidad, en una de sus expresiones, invisible, un simple y sanador sonido deslizándose en la levedad del aire.

Pero no todo el mundo recuperaba la felicidad, y digo recuperaba porque Kenzo sabía que no creaba nada nuevo que no portasen sus vecinos ya dentro, sino que con sus silbidos despertaba a los pajarillos y otros pobladores  de su bosque interior. La savia ascendía de nuevo por los tallos esmeralda y las hojas, y la primavera acariciaba y templaba  los corazones demasiado atenazados y rígidos por el frio de innumerables inviernos. «Todo está dentro  en el corazón, yo solo  los llamo, al sol, a la luz, a una nueva primavera, a la alegría de vivir de las flores y sus intensas galaxias cromáticas,  a la celebración de la felicidad en los cantos de las aves».

El gobernante  de la región, Okusan,  descendiente de un clan daimio, era cruel, excéntrico y enfermizo. Oyó hablar una tarde de aquellos prodigios y, despótico e intransigente, en aquel mismo instante ordenó que llevasen inmediatamente ante su presencia  al joven pescadero. Cuando los guardias se presentaron en su casa aquel mismo día,  no atendieron los ruegos de la anciana madre de esperar a que se  asease y vistiese su mejor ropa para visitar a tan noble señor. Lo prendieron y se lo llevaron con los calzones remendados y una vieja camisa, como si fuese un delincuente. 

El antiguo daimio no pudo disimular el desagrado que le produjo el olor que desprendía aquel joven, tapándose la nariz con un pañuelo de seda roja.

Kenzo no obstante no se inmutó, simplemente observaba en silencio, y en aquella nada oyó como voces y conversaciones lejanas, fragmentos de pasado, infancia y juventud que se ensamblaban y formaban una imagen turbia que iba aclarándose…hasta que devenía nítida y mostraba la realidad.

Al gobernante le aquejaba una enfermedad hepática, la coloración de su rostro enrojecido y colérico hablaba de fuego y sed inextinguible de poder. Por otro lado, la ira escondía el miedo a que los adversarios le quitasen cuanto poseía. Además no toleraba que nadie de clase inferior fuese más dichoso que él y su familia, la envidia era una forma de tristeza envuelta en llamas de rabia que no soportaba la felicidad ajena. 

Era evidente la realidad que tenía delante. Mas Kenzo  no lo juzgó y cantó una tonada luminosa, cristalina y penetrante capaz de derretir una muralla de hielo, era una caricia y un bálsamo….Y el daimio se sobrecogió, retrocedió a una inocencia perdida de la infancia donde las esperanzas e ilusiones eran un manto blanco de nieve, puro y sin ninguna huella. Y unas lágrimas rebeldes anegaron sus pupilas negras como las de un cervatillo….pero bruscamente y con un gesto furioso se pasó el brazo sobre los ojos, enjugándose las lágrimas  al tiempo que gritaba: Basta!!!!

©Q.M.