Kenzo, el pescadero – I

«El amor es indefinible, todo el que le pone una etiqueta, todo el que cree comprender sus misterios, todo el que lo reduce a una palabra no pronunciada con el corazón, no ha entendido. Es como encerrar en una jaula un pajarillo de bello canto y plumaje multicolor y decir que lo amas, y cada vez que lo escuchas cantar te alegra el corazón, aunque la canción que canta es un lamento que no entendemos, la melancolía de no poder ser libre, la tristeza de no poder surcar los cielos.«

Kenzo el pescadero amaba a Himawari. Era tímido, y tartamudeaba levemente  cuando  respondía a las preguntas que ella le hacía sobre la calidad y frescura de los productos del mar. Y muy  especialmente cuando su anciana madre le ordenaba  llevarle a casa   la compra; delante de ella era incapaz de pronunciar  más de tres palabras sin quedarse bloqueado, enrojecer como una amapola y marchar avergonzado sin levantar la cabeza. Aunque con el rabillo del ojo no dejaba de admirar la perfección de Himawari, sus rasgos, su tez de porcelana y los labios rojos como las cerezas, en los que siempre había una sonrisa para él.

En contraste con su profesión, el comercio de seres que no emitían sonidos, pobladores de un mundo silencioso, a Kenzo le apasionaban las aves y su sinfonía sonora. Las identificaba de forma precisa por su aspecto así como por el canto de cada especie. Era un conocimiento aprendido de  Ian Mckennitt, un naturalista del museo de Londres que había acompañado a Charles Darwin en varias expediciones. Hasta que conoció a la geisha Yukiko y decidió que ella era mucho más interesante que un helecho o una ortiga tropical. Se quedó en Nagano y no volvió a pisar un barco. Al mes conoció a aquel adolescente delgaducho de pelo castaño y liso, el flequillo recto pero más alto del lado derecho, imperdonable, daban ganas de decírselo pero se contuvo al ver la galaxia  de pecas en los pómulos y sobre ellos unos ojos grises bondadosos y soñadores. Interesante ejemplar, pensó para sí mismo. De ello hacía ya cinco años. Recuerda aquel día,  le llevó un pedido de atún rojo. Mientras el escocés  contaba las monedas,  vio como el joven miraba embelesado y  con ojos muy abiertos las ilustraciones que tenía sobre la mesa.

―“Kiji”― dijo el pescadero,  señalando  un ave de cola larga.  

―Sí, así es, un  faisán verde, el símbolo de vuestro país.

 Y volvió a preguntar  una y otra vez sobre las ilustraciones y el científico  pacientemente le respondía. Viendo que era inteligente, curioso y entusiasta, le propuso que cada vez que fuese a verlo le enseñaría más nombres a cambio de que él le ayudase con el japonés. Lo que no le dijo era que estarían en latín, el lenguaje universal de la ciencia. Fue un suplicio aprender aquella lengua impronunciable y desconocida, pero transcurridos unos meses sabía el nombre científico del herrerillo, de la isabelita japonesa, del carbonero, del orgulloso búho,  de las elegantes grullas y de los majestuosos cisnes que surcaban las aguas del lago, entre otros.

A Kenzo le emocionaba el entendimiento con aquellos seres alados, la belleza y colorido de sus plumajes, a veces se confundían con mariposas. Todo el abanico de tonos del arcoíris estaba representado en aquellas plumas más livianas que pétalos de flores. Y silbaba imitando sus trinos, de tal manera que los pajarillos enmudecían, inclinaban el cuello y se quedaban silenciosos escuchándolo a él. Era tal la maestría de sus silbos y el amor que sentía por las aves que era correspondido. A menudo perdiendo todo temor se subían a sus hombros y a su cabeza y cantaban con él alegres melodías mientras caminaba por los senderos y el bosque. Eran una idéntica inocencia manifestándose en  formas corporales distintas.

En Nagano pronto se supo de la extraña habilidad y la belleza de los cánticos del pescadero, y de la felicidad que irradiaba y lo envolvía en un universo de plumas multicolores y diminutas alas. Pese a su timidez no pudo evitar que la gente se le acercase y le contase sus problemas y penas. La venta de pescado aumentó considerablemente y una larga fila esperaba cada día ser atendida. La madre sonreía satisfecha, y  pidió ayuda a una hermana suya para atender el negocio.

Kenzo, en una estancia aparte, escuchaba atentamente los pesares y como respuesta les silbaba una melodía…y era tal el prodigio que ocurría,  que sonrisas volvían a  rostros serios y ajados y el brillo de estrellas resplandecía en ojos apagados Era felicidad, en una de sus expresiones, invisible, un simple y sanador sonido deslizándose en la levedad del aire.

Pero no todo el mundo recuperaba la felicidad, y digo recuperaba porque Kenzo sabía que no creaba nada nuevo que no portasen sus vecinos ya dentro, sino que con sus silbidos despertaba a los pajarillos y otros pobladores  de su bosque interior. La savia ascendía de nuevo por los tallos esmeralda y las hojas, y la primavera acariciaba y templaba  los corazones demasiado atenazados y rígidos por el frio de innumerables inviernos. «Todo está dentro  en el corazón, yo solo  los llamo, al sol, a la luz, a una nueva primavera, a la alegría de vivir de las flores y sus intensas galaxias cromáticas,  a la celebración de la felicidad en los cantos de las aves».

El gobernante  de la región, Okusan,  descendiente de un clan daimio, era cruel, excéntrico y enfermizo. Oyó hablar una tarde de aquellos prodigios y, despótico e intransigente, en aquel mismo instante ordenó que llevasen inmediatamente ante su presencia  al joven pescadero. Cuando los guardias se presentaron en su casa aquel mismo día,  no atendieron los ruegos de la anciana madre de esperar a que se  asease y vistiese su mejor ropa para visitar a tan noble señor. Lo prendieron y se lo llevaron con los calzones remendados y una vieja camisa, como si fuese un delincuente. 

El antiguo daimio no pudo disimular el desagrado que le produjo el olor que desprendía aquel joven, tapándose la nariz con un pañuelo de seda roja.

Kenzo no obstante no se inmutó, simplemente observaba en silencio, y en aquella nada oyó como voces y conversaciones lejanas, fragmentos de pasado, infancia y juventud que se ensamblaban y formaban una imagen turbia que iba aclarándose…hasta que devenía nítida y mostraba la realidad.

Al gobernante le aquejaba una enfermedad hepática, la coloración de su rostro enrojecido y colérico hablaba de fuego y sed inextinguible de poder. Por otro lado, la ira escondía el miedo a que los adversarios le quitasen cuanto poseía. Además no toleraba que nadie de clase inferior fuese más dichoso que él y su familia, la envidia era una forma de tristeza envuelta en llamas de rabia que no soportaba la felicidad ajena. 

Era evidente la realidad que tenía delante. Mas Kenzo  no lo juzgó y cantó una tonada luminosa, cristalina y penetrante capaz de derretir una muralla de hielo, era una caricia y un bálsamo….Y el daimio se sobrecogió, retrocedió a una inocencia perdida de la infancia donde las esperanzas e ilusiones eran un manto blanco de nieve, puro y sin ninguna huella. Y unas lágrimas rebeldes anegaron sus pupilas negras como las de un cervatillo….pero bruscamente y con un gesto furioso se pasó el brazo sobre los ojos, enjugándose las lágrimas  al tiempo que gritaba: Basta!!!!

©Q.M.

2 respuestas a «Kenzo, el pescadero – I»

  1. Me gusta mucho ese lenguaje onírico, enriquece nuestro pensamiento «galaxia de pecas en los pómulos»

  2. Me alegra que te guste, gracias por tu comentario. Este estilo que englobaría dentro del realismo mágico es mí preferido y me ha dado muchas satisfacciones y sorpresas, nunca se sabe que va a salir de entre las brumas del bosque.

Los comentarios están cerrados.

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