Fogliettina, la duende

Al llegar la primavera, como cada año  sembró semillas de flores que había recogido en los paseos por el bosque. Entre las semillas de girasol encontró una semilla alada, la reconoció, pertenecía a un arce. Era una rareza el cómo había ido a parar allí, pues los arces vivían muy alejados de aquellas regiones, imaginó que  el viento la debió empujar hasta su saquito de granos.  La sembró ilusionada en una maceta de color rojo, grande como un cubo de agua, que tenía en la terraza.

Todo el mundo sabe que el tiempo de los duendes transcurre a otra velocidad, siempre tienen prisa por nacer y disfrutar de las maravillas que la vida les ofrece, y una de sus habilidades es transmitir ese entusiasmo por vivir a los seres vivos que los rodean. Por ello a veces dicen que son entes mágicos,  porque pueden cruzar las esferas circulares y relativas del tiempo de reloj en diagonal, tomando atajos que les permiten  adelantar o atrasar acontecimientos, solo con la fuerza de su voluntad.

El caso es que cuando despertó a la mañana siguiente, Fogliettina había dormido varias semanas de un tirón. El arce no solo había germinado sino que su tronco era del grosor de un palo de escoba y tenía la misma altura de ella. La maceta tenía el tamaño ideal para el volumen  del arbolito. Por supuesto ella no estaba sorprendida de verlo tan crecido, lo esperaba… sí que la asombró la forma armoniosa de sus ramas y las hojas palmeadas de seda verde que las cubrían. Pero había algo más si las miraba detenidamente…, le parecían  estrellas pentagonales, gemas de cristal esmeralda, su color  preferido, la cálida sangre clorofílica de la primavera cristalizada. También semejaban diminutas manos élficas de cinco dedos  llamándola, movidas por la brisa. Las saludó a su vez y por un instante le pareció escuchar  risas lejanas de niños…Se sentía turbada, las hojas convertidas en delicados encajes de cuentas diminutas,  palpitaban; un fulgor amarillento trémulo se agitaba como el pábilo de una vela, serenamente, en su interior….Supo que el arce le estaba tratando de decir algo importante en aquel tembloroso idioma… le llegaba la palabra Lis, una y otra vez. Finalmente la llamita se extinguió, las irisadas hojas recobraron su suave tacto de seda…Y ella intuyó  que quizás lo que el árbol trataba de decirle era su nombre. Se llamaba Lis. Rebuscó en un antiguo libro de las lenguas olvidadas, y dio con su significado, en élfico antiguo Lis, era el nombre de la miel.

Y nada más conocer aquel nombre una gran congoja la invadió, y le puso el nombre de Miel al árbol y  supo que lo amaba y era correspondida. Cada hoja tenía dos caras, pero era un solo anhelo, al otro lado de cada diminuto espejo verde alguien sentía exactamente lo mismo. Estaba siendo amada.

Al día siguiente el arce era el doble de alto que ella, daba una sombra ligera, fresca y luminosa, y se sentó bajo su copa. Aunque lo pensó mejor y se abrazó al tronco que ya tenía el grosor de su muñeca,  sintió un estremecimiento bajo sus brazos y en su pecho. Miró hacia arriba y observó como las vetas de los colores sol de otoño, amarillo, ocre y naranjas, teñían las nervaduras primero y luego el resto de las hojas convirtiendo a Lis en un árbol en llamas.

El sol cruzaba el cielo desplazando la sombra del arbolito con Fogliettina pegada a él. Cuando llegó el mediodía se oscureció el cielo, se levantó un viento repentino, violento y ululante. Durante varios segundos, que parecieron horas,  las hojas se tiñeron de rojo una tras otra, hasta que la copa devino completamente púrpura. Entonces cesó de soplar el aire y cayó la primera hoja, ligera, liviana como una pluma, balanceándose suavemente, rozando la mejilla de Fogliettina en una caricia. Ella sabía que era un beso de despedida y de encuentro…No estaba triste, abrió sus brazos al cielo y dijo: Te amo…Y fueron cayendo las hojas como mariposas  rubíes con reflejos de oro, revoloteando alrededor de ella, rozándola con sus alas, besándola una y otra vez  antes de caer al suelo y convertirse en puntos de luz verdes, latentes, germinales.

También ella era un arce amado y  plantado  en un corazón cálido y fértil. Una sonrisa esmeralda se dibujó en su vientre y la felicidad  la recorrió en un estremecimiento que anunciaba la nueva primavera. Los brotes a punto de abrirse mostraban el nacimiento del verde, el color de la esperanza. La vida a punto de nacer y manifestarse prometía infinitas sorpresas.

© Q.M.