Crónicas de Raimondo – La gruta

Esta mañana persiguiendo a un conejo lo perdí de vista cerca de una yuca en flor, al pie de un muro de piedra infranqueable. No podía haber atravesado la pared rocosa, así que miré bien entre los matorrales y la yuca, y encontré un agujero por el que podría pasar yo también. No iba a renunciar a aquella carne sin intentarlo. Después de gatear y arrastrarme hacia abajo un par de metros, la pequeña galería daba a un espacio abierto circular donde fácilmente podrían vivir seis personas. Una apertura en el techo dejaba entrar un rayo de luz que iluminaba con una penumbra el interior. Y entonces vi el cuerpo tendido en el suelo, tras él en una repisa excavada en la piedra, había una hilera de grandes calabazas secas convertidas en recipientes esféricos con intrincados dibujos geométricos e incrustaciones de plata y turquesas. Dentro  de las calabazas centenares de grandes plumas azules brillaban como si portasen luz dentro, desprendiendo destellos arcoíris sobre las paredes. Reconocí el cuerpo, lo había visto antes en los grabados en las rocas, era lo que los Navajo llaman un Pájaro de Trueno. No llevaba muerto mucho tiempo, quizás un mes. La sequedad y el frio habían deshidratado y momificado su cuerpo, no desprendía olor.

© Q.M.

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