Aiko

Su esposa, Aiko, falleció durante el invierno, ya no podrá contemplar las flores de los cerezos que tanto amaba. Fue ella la que cavó los agujeros y  plantó los arbolitos, cuando los gemelos Kenichi y Sokaku alcanzaron los doce años, uno por cada hijo, de floración blanca, y un tercero que simbolizaba su vínculo con Yoshimo. Este último cerezo lo eligieron de flores rosadas y lo llamaron koyubi, meñique, el dedo pequeño donde se ataba el hilo rojo que comunicaba los corazones de los destinados a encontrarse eternamente.

 Decía Yoshimo que el color rosa de los pétalos era hijo de un amor trágico, las flores en su origen  eran  níveas, pero tras sangrientos episodios bélicos en el pasado donde innumerables samuráis perdieron la vida, sus viudas, no soportando la pérdida y ante un futuro sombrío, solitario e incierto, realizaban el ritual de seppuku entregando su vida a los pies de los honorables árboles. Y ellos transmutaban  el dolor, la sangre y  las lágrimas, en pétalos rosáceos de delicada y efímera belleza.   

Cuando estalló la gran guerra los dos hijos fueron reclutados y enviados al frente,  ninguno regresó a Nagano. Kenichi, el primero en nacer fue también el primero en morir, formaba parte de la unidad ‘Viento divino’. En el telegrama del ejército que les fue entregado decía: «Fallecido honorablemente en defensa de su país», pero ella, siendo una madre, supo que su hijo murió entre llamas y hierros retorcidos, aullando de dolor.  Su árbol lo anunció con una insólita floración anaranjada. Sokaku murió un año más tarde, ahogado en el océano, durante  el desembarco en una de las  Islas Filipinas. Aquel año su árbol no floreció, algunos lo achacaron a las lluvias inusuales de aquella primavera que anegaron la tierra. Sí, ocurrió en el agua, Aiko lo supo y la pena anegó su alma.

Después del horror de los hongos de fuego y la rendición, la población dejó de mencionar el conflicto bélico, como si se tratara de un fantasma maligno que no conviene invocar, se hablaba de economía y modernización, el ave fénix de la esperanza renacía de las cenizas de una tierra calcinada.  Los tres cerezos sincronizaron su floración, el tono de las flores blancas desapareció, fue sustituido por un pálido arrebol, un sonrojo tímido del cielo al atardecer. 

El anciano contemplaba las nubes de flores y no se explicaba la mutación, murmuraba sobre híbridos, polinización cruzada y abejas, aunque  ella sabía que era asunto de los kami, no estaba al alcance de la comprensión de los hombres.

Aiko era  delicada y pequeña, podía ser  suave y blanda como un copo de nieve, o dura y fría como el hielo, con la furia explosiva de una tempestad. Practicaba secretamente una antigua vía  desde que era niña, con un yamabushi, un asceta retirado en una gruta de la montaña. Era devota de Okurakami, el dragón oscuro, señor de las nubes negras, las portadoras de la benéfica agua que hacía crecer las cosechas. La gente siempre la había mirado con temeroso recelo, y a ella le hacía sonreír que la confundieran con una miko, tampoco lo negaba. 

Yoshimo, con la edad cada día se parecía más a su esposa, idéntico corte de pelo y color, cano casi albo. Ambos se estaban convirtiendo en la imagen especular  de su pareja, sus cuerpecillos  enjutos se encogían al caminar  como si el peso de la vestimenta fuese una carga insoportable.  Sin embargo, era especialmente en el carácter donde el mimetismo se hacía más evidente: frases que iniciaba uno y acababa el otro, simultaneidad de ideas y pensamientos en el mismo instante y con suma frecuencia, hasta que descubrieron que podían ahorrarse las palabras y entenderse solo con la intención, en silencio.

Durante la celebración del hanami, los tres cerezos produjeron una inflorescencia tan opulenta y abundante que ocultó todo el ramaje, doblándose bajo el peso de las corolas  hasta casi tocar el suelo. Semejaban dulces gigantescos de algodón de azúcar,  nubes de láminas rosadas  suspendidas sobre la hierba.  En el sexto día de vida de las flores, una fina lluvia cayó coronando los pétalos con brillantes y diamantinas gotas de agua. En el octavo día sopló el viento, agitando los árboles y sacudiéndolos, se produjo una nevada de copos rosáceos, un aroma dulzón, melífero, lo impregnaba todo. Aiko y Yoshimo sacaron las sillas al jardín y se sentaron bajo las copas. Jugaron y rieron mientras trataban de capturar los erráticos pétalos con la lengua. El kami estaba presente. Las flores cómo presintiendo una despedida,  mostraban toda su magnificencia y belleza. En su lenta caída de pluma acariciaban los rostros arrugados de los ancianos.

Yoshimo no comprendía el designio de los kami, un cerezo ornamental no produce frutos, son  resultado de selecciones genéticas  durante centurias hasta obtener la floración perfecta. Y sin embargo aquel verano allí estaban las cerezas, en las ramas de koyubi, rojas y brillantes como gemas de cristal. Al principio se encogía de hombros cada vez que veía los racimos de guindas, al mismo tiempo se maravillaba ¿Quién puede entender a las deidades de la naturaleza?  La suya era una aceptación plena y serena de la realidad que vivía. Y el dulzor de las rojas frutas al sol fue una delicia inesperada para ambos.

Cuando el tumor anunció su presencia hacía tiempo que se había instalado, igual que un huésped invisible e indeseado, en el interior de Aiko. Era demasiado tarde para  aplicar un tratamiento curativo, solo quedaba esperar. 

Los días que siguieron, lejos de ser un frenesí por concluir labores pendientes, se convirtieron en un disfrute atemporal de cada instante. Como a los niños, solo les importaba y existía el presente, las palabras pasado y futuro no significaban nada, eran solo un pensamiento. Ella se lo explicó un día: «Yoshimo, cuando las hojas del arce y de los cerezos se vuelvan rojas y caigan del árbol, no sientas pena por ellas, son felices, pues sus colores son el  abrazo de los alegres rayos de sol que viven en ellas».

Las flores granate y coral de las peonías se abrieron dejando su ofrenda, un delicado perfume que recordaba a las rosas, muy intenso al anochecer cuando los murciélagos trazaban cortes en el cielo cárdeno y las luciérnagas se desplazaban lentas, convertidas en puntos de luz pulsantes. Después llegó la recogida del kaki y las manzanas, y la lluvia, el olor de la tierra empapada hablaba de humus y setas. Por encima de todo, Aiko y Yoshimo gustaban de un ritual «mejor que la ceremonia del té», según ella: la celebración del boniato asado, la liturgia de colocarlos en las brasas y esperar, la boca haciéndose agua anticipando el momento de saborearlos, el olor de la leña quemada. Una vez apartados del fuego pasarlos de mano en mano, dando pequeños brincos, soplando para no quemarse, aunque los dedos fríos agradecían aquel calor extra. Aplastar la blanda y anaranjada carne con la lengua mientras el dulce inundaba el paladar, les hacía cerrar los ojos de placer. 

Cuando los crisantemos comenzaron a abrir sus capullos multicolores, anunciando el invierno, ambos sabían que ninguno de los dos vería una nueva primavera.

 Ya habían caído las primeras y abundantes nevadas, cuando un día Aiko, le dijo:

―Díme que me amas, una vez más, antes de irme.

Él, la miró fijamente a los ojos húmedos. Ella no tuvo necesidad de palabras.

―He dibujado corazones en la nieve con tu nombre dentro, en el jardín y en todos los campos y caminos de Nagano  ―dijo el anciano.

―Yoshimo, mi amante poeta, ven y llévame al paraíso una vez más.

 Era la noche más larga y oscura del año, Okurakami, sobrevolaba el cielo nocturno, de su boca surgían truenos y rayos que desencadenaron la tormenta. La lluvia comenzó a caer con fuerza llevándose con ella el frío, la nieve se deshacía, los corazones que Yoshimo dibujó en ella se fundían liberando su mensaje, transformados en pequeños arroyos cantarines. Y cuando finalmente se detuvo la lluvia, en el silencio aterciopelado de la noche solo se escuchaba el rumor de los riachuelos susurrando: Te amo…Aishiteru…Aishiteru… Aishiteru…

Se amaron toda la velada acunados por el eco del agua que despertó en ellos la nueva primavera que estaba por llegar. Brotaron nuevos tallos y hojas verdes con cada latido, flores y frutos de cada suspiro, y cuando el placer se convirtió en éxtasis, la pasión tiñó con los colores del fuego y del crepúsculo las hojas que nunca caen del árbol de la felicidad.

Aiko se fue aquella misma noche con una sonrisa en los labios.

Yoshimo enterró las cenizas al pie de koyubi. 

Próximo a su fin y sintiéndose acorralado por la primavera que se acercaba, el invierno, furioso, lanzó  una última dentellada con sus  gélidos colmillos que alcanzó al frágil cuerpo y corazón de Yoshimo. El anciano no la sintió, notaba en el aire la fragancia de los  boniatos asados y  supo que Aiko lo esperaba para realizar el ritual sagrado. Sonrió y se dispuso a partir junto a ella.

© Q.M.

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