Yukiko I

Asistieron al funeral una veintena de personas, entre vecinos del barrio y antiguos compañeros de trabajo de la oficina postal de Nagano. A él le hubiese gustado así, en la intimidad, sin hacerse notar, igual que en el antiguo entrenamiento del bushido: caminar sobre una lámina de fino papel de arroz, sin arrugarla ni hacer ruido.

 Yukiko dispuso un retrato de su padre sonriente junto al féretro, la fotografía la habían realizado en una visita que realizaron al santuario shinto de Okusha,  abrazado a uno de los más de trescientos cedros de la avenida de acceso al templo, alineados y erguidos como centinelas silenciosos.   

Fue la última vez que la familia celebró algo tan trivial como el placer de estar juntos y compartir. Prolongando los instantes felices ante el devastador mensaje que los dos hermanos habían anunciado tres días antes: en el plazo de un mes se incorporarían al Ejército Imperial. No obstante, aquel día tanto las preocupaciones como las nubes estuvieron ausentes. Los cielos limpios eran una bendición de Okami —dragón de la lluvia y la nieve— nada podía empañar aquel momento.

Una vendedora ambulante con la carreta situada a la entrada del templo vendía  sakuramochi —bolas de arroz glutinoso teñido  de rosa, relleno de pasta de  judías rojas y cubierto con una hoja de cerezo encurtida—. Los tres hijos arrancaron  a correr hacia el puestecito convertidos en niños golosos y hambrientos. Ame y Toshiro se reían a carcajadas.

—Se acerca el Festival de las Niñas, ya estamos llegando a Marzo —comentó Toshiro.

—Sí, este año habrá pocas celebraciones, dudo mucho de que los gobernantes con su política de crisis estén muy conformes. Ya conoces la frase: «Estamos en tiempos de guerra, se pide colaboración y austeridad a la población».  —le respondió Ame.

—Cierto, no solo se ha creado el nuevo estado japonés de Manchukuo, en China, sino que se habla de política expansionista hacia el sur, el Pacífico.

—Es el apetito insaciable de las grandes potencias,  sin tener en cuenta que la abundancia de unos a menudo genera la pobreza de otros. Los campos se van abandonando, y las cosechas perdiendo, por falta de brazos que los cultiven. Se avecinan malos tiempos.

—Ya vendrán o no…nunca se sabe, lo qué es real en estos instantes es la salivación que me producen los mochi que estoy viendo. Se me cae la baba.

Rieron y aceleraron el paso. El tenderete de la vendedora estaba rodeado de un enjambre de niños excitados, riendo y dando gritos de alegría.

Una formación de seis aviones cruzó los cielos en dirección al oeste, dejando un rumor siniestro a su paso, las aves callaron, los niños enmudecieron y alzaron los ojos al cielo, muy serios.

Ame apretó con fuerza el o-fuda, amuleto familiar que le habían expedido en el templo, esperando que la deidad invocada protegiese su hogar.

Habían pasado ya cinco años de aquel día. Yukiko tenía trece años y biológicamente era ya una mujer.

El funeral se dio por concluido, los asistentes se fueron despidiendo dejando sobre la mesa un sobrecito blanco. Yukiko recogió las ofrendas y contó el dinero que contenían. Memorizó el importe y el nombre de cada una de las familias donantes. Era un préstamo instantáneo para poder costear los gastos del sepelio, aunque a largo plazo existía la obligación —giri— de  devolverlo.

Aún no habían podido devolver el dinero prestado para el funeral de su madre, acontecido unos meses antes. Ame había muerto de pena. Envejeció  ostensiblemente, en apenas unos meses, cuando le notificaron la muerte de su hijo. Había perdido el apetito y renunciado a comer, incluso el pescado uno de sus alimentos preferidos. Extrañada del comportamiento, Yukiko le preguntó el motivo:

—Vamos a ver madre, con lo que te gusta la caballa y la he frito como a ti te encanta, acompañada de nabo adobado. ¿Qué ocurre? Te vas a enfermar si no comes.

—Es por tus hermano, Kenichi. La incertidumbre de su muerte me atormenta, mi imaginación es la más cruel de las torturadoras. Me lo muestra entre llamas, con los ojos blancos, cocidos como los de un pez. Me llama y me busca en mis sueños, con las manos extendidas de las que cuelgan jirones de carne calcinada y sanguinolenta. Yo le digo «estoy aquí» pero no puede verme, está ciego y llora. O quizá murió ahogado, los ojos desorbitados, el cuerpo pálido, muy blancuzco, mórbido y frío reposando en las oscuras profundidades, devorado por los peces. Yo no puedo alimentarme de mi hijo. ¿Dónde fue a parar su cuerpo? ¿quizá un trocito de él es parte de cualquier pescado que comamos? Recuerda el hilo rojo, nos une para siempre. No puedo más Yukiko, no puedo.

La tortura duró un año más. Al llegar el hanami —festividad de contemplación de los cerezos en flor— su vida se extinguió, como una flor más desprendiéndose dulcemente del árbol de la existencia. Recuerda la última conversación:

—Madre, dicen que en Hiroshima, ya están brotando y renaciendo los viejos ginkgos como el ave fénix de las llamas,  pese a que todavía no hace un año de la explosión de la bomba —le contaba, tratando de animarla— Es una buena noticia, da esperanza en la recuperación de todo lo que se perdió ¿no crees?

—La esperanza está perdida, los espíritus nos han abandonado, tu hermano ya no me visita, ha olvidado el respeto a los mayores, además soy su madre. Luego me pregunto ¿para qué iban a querer venir a esta tierra empobrecida, devastada, arrasada por los bombardeos y la guerra? Posiblemente estén en alguno de los paraísos de Amida, pescando carpas, en ausencia de la infelicidad que recorre el mundo. Kenichi tendrá de nuevo sus ojos y la piel tersa y joven.

—Dice Doreka que la partida es solo para el cuerpo, no para el espíritu. La muerte no es dolorosa, las causas pueden serlo. Morimos cada día, es el alivio de quitarse unos zapatos muy apretados, es el deseo de dormir profundamente al acostarte, es el olvido absoluto de todo.  La infelicidad es el recuerdo, el no descanso. Seguramente, madre, tienes razón, mi hermano camina descalzo y feliz sobre fresca hierba verde.

—Lo puedo ver, lo puedo ver…¡qué alegría Kenichi!

Murió con lágrimas en los ojos y una sonrisa de felicidad.

© Q.M.

Descubre más desde KIRI

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo