Jardín secreto – I

Su marido era el mismo demonio como decía la canción de Cecilia, la diferencia estaba en que él no le regalaba ramitos de violetas, sino violáceas inflorescencias que recordaban una mano, la esfericidad imperfecta de un puño, el borde de un plato, los cortes de la botella al romperse y estallar contra la pared junto a su cara. Todo lo iba cubriendo el tiempo, con sus infinitesimales granos de arena, menos los relieves, los surcos ya secos y amarillentos que recordaban tallos de bambú marchitos, no olvida que cada chasquido del cinturón indicaba el brote de una nueva y dolorosa rama. Su piel, otrora nívea,  era el estampado, la creación floral de un modisto siniestro, el jardín secreto y oculto a las miradas donde su marido cultivaba flores del mal,  negras, moradas, púrpuras, ocres…, que ya nacían marchitas y muertas, crecidas sin la calidez de las caricias de los rayos del sol, solo tinieblas. Nunca habían conocido  la primavera ni la savia verde de la esperanza.

Ni brazos descubiertos, ni falda que subiese por encima de las rodillas, ni escotes de ningún tipo. Ninguna prenda de vestir que permitiera el mínimo vislumbre accidental de lo que había debajo, nada que pusiese en entredicho su respetabilidad como servidor de la ley.

Victoria no ha olvidado la primera gran paliza:

“Tiene la tensión baja, en ocasiones le dan mareos, le dije que ya cambiaría yo la bombilla del foco del rellano, que era peligroso subirse a una silla, pero no quiso esperar a que volviese del trabajo. Y me la encontré tendida en el suelo, se había caído por la escalera y menudo disgusto tuve, parecía rota…” dijo en el servicio de urgencias con expresión compungida y ojos llorosos.

“Ya veo, un accidente doméstico”, dijo la doctora tras un rápido y profesional examen ocular. “Espere aquí mientras le hacemos una radiografía y la curamos, aparentemente no tiene nada roto, pero así nos aseguraremos de que todo está bien”. En todo momento evitó mirarlo a los ojos porque le daba miedo y asco. Delante tenía un monstruo, un hijo de puta de primera categoría, solo había que ver el estado lamentable de su mujer: dos costillas fisuradas, hematomas y contusiones causadas por un palo o barra a lo largo de la espalda y las piernas y en los antebrazos, seguramente cuando intentaba protegerse la cabeza de los golpes.

A partir de aquel día fue más cauto, había que evitar a toda costa volver otra vez al hospital.

Victoria solo tenía un consuelo, ir a la peluquería. Su esposo una vez al año le permitía ir a cortarse el pelo. “No quiero que parezcas una bruja sino una mujer decente, el resto del año con el pelo limpio y peinada es suficiente. Las peluquerías solo  son un criadero de fulanas y chismosas. No me gustaría tener que decírtelo de otra manera”.

Hace cinco años que llegaron a la ciudad. En la pequeña placeta cerca del apartamento un diminuto local con la fachada pintada de rosa y un rótulo donde podía leerse “Salon de beauté, Maryse” fue la peluquería elegida. A su marido le pareció bien la peluquera, no era una antisistema con rastas, ni pearcings, ni estaba tatuada. No era un peligro, era casi una anciana cerca de la jubilación. Tenía el pelo largo y gris, sin teñir, pero recogido en un elaborado moño que resaltaba un perfil con una determinación y  belleza indefinible.

Victoria acudía fielmente a su cita cada año, en el día y mes de su nacimiento, pero también iba secretamente todas las tardes de cada jueves del año, sin falta. Se lavaba la cabeza y se hacía un peinado distinto cada vez, tomaba un té con Maryse, hablaban animadamente y a las diecinueve horas volvía a casa. Una vez en el apartamento se lavaba de nuevo la cabeza eliminando todo rizo, bucle o modelado, cualquier rastro aromático de laca, acondicionador o producto capilar que pudiera hacer que su marido se diera cuenta de que algo inusual ocurría. Su cónyuge llegaba cada jueves a las once de la noche, invariablemente. Era su día sagrado de montería, amigotes, testosterona, olor acre de rehalas de perros, presas, sangre, aliento de güisqui JB, y perfume de mujeres desconocidas. Y lo que era más importante, siempre estaba de buen humor ese día.

Venía exultante, había abatido un ciervo con una cornamenta de siete puntas. “La cabeza una vez disecada la colocaremos sobre la chimenea”, dijo mientras señalaba el sitio gesticulando con las manos. Y se acercó a su mujer y en un gesto cariñoso sin precedentes la besó tiernamente en la mejilla. Sus ojos se fueron sin querer al cuello, en el punto de confluencia con el hombro, semi oculta por el cabello,  destacaba una mancha violácea inconfundible,  la producida por unos labios.

© Q.M.

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