El espejo de Lucía – I

Un día, de forma inesperada como sucede siempre,  en la vida de Lucía  apareció  una sed, una sensación de pérdida, de carencia, algo inexplicable dado que era hija de un rey. Nada parecía calmar aquella ansiedad,  aquella inquietud.

Otro día de forma imprevista, apareció Ricardo como descendido del cielo en un rayo de sol. Presintió que aquel era un hombre especial, se asemejaba al príncipe azul de un cuento. En los relatos ese acontecimiento conlleva siempre una promesa de bienaventuranza: “Vivieron felices y comieron perdices”, y Lucía  no esperaba menos. Los síntomas que sentía eran realmente mágicos. De la noche al día Ricardo ocupaba todo el espacio y el tiempo en que se desarrollaba su existencia. Una tarde de paseo en los jardines le parecía durar solo un instante, podían hablar horas y horas sin que pasaran los minutos. Veía su imagen multiplicada de felicidad en los espejos que eran todos los rostros sonrientes y alegres de la gente. El universo parecía estar jubiloso debido a él, una celebración constante, veía su cara transparentada en cada rosa, en las hojas temblorosas de los álamos,  en el cielo surcado por las golondrinas. Ricardo y la dicha que generaba su presencia era una explosión de energía que colmaba su visión, su mente y corazón. Temporalmente tenía la sensación de  que el tiempo y el espacio habían desaparecido, incluso ella misma,  únicamente quedaba una plenitud palpitante y viva, un presente donde no cabían dudas ni temores, no había sitio para ellos. No había espacio para los pensamientos, la mente no era una veleta gravitando entre pasado y futuro,  estaba quieta, todo era sensación de plenitud. Todo era un océano de infinito amor donde podían nadar sin que el agua se acabase nunca. Y se lo achacaba a  él, omnipresente,  un rey sentado en el trono de su corazón. Redoblaban los tambores, las trompetas de oro brillaban al sol  y entonaban melodías épicas, los cantos de hadas eran el coro de un júbilo que lo impregnaba todo.

 Lucía agradecía  a la Fortuna el hecho de haber encontrado a alguien que le daba tanta dicha, la respetaba, comprendía y amaba. Daba  por supuesto que así sería eternamente, una luna de miel  en el paraíso.

©Q.M.

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