Oscuridad es lo que somos siempre, Silencio es otro de nuestros nombres…La existencia humana es el resplandor que ilumina esa oscuridad y la hace consciente de sí misma, lo que llamamos, vida. Es el sonido que emerge del silencio y nuevamente se sumerge en él, somos metafóricamente la duración de una canción. Cuando la música concluye el silencio es. Siempre presente pero no siempre manifestado. Cuando oímos el sonido tomamos conciencia de que antes de la aparición del sonido ya éramos silencio. Cuando escuchamos una música aparece simultáneamente la melodía, el oyente, y el acto de oir…sin nuestra intervención volitiva. ¿Cómo hacemos para escuchar? Acontece, aparece la manifestación de lo que estaba no manifestado, pero no por ello no real…Igual que el sentido del gusto…neutro, insaporo, invisible, diríamos que inexistente, o que somos ignorantes de su existencia, hasta que introducimos un grano de sal en la boca….Y ocurre entonces que notamos el sabor salado, nos inunda. Se revela a su vez la existencia del sentido del gusto que permite su saboreación, pero también se revela que hay alguien con un sentido del gusto que está experimentándolo todo de forma simultánea.
Cuando dormimos y soñamos, no tenemos ojos allí, en aquel espacio y tiempo onírico. Los órganos de la vista están “desconectados”, no obstante hay visión: Personajes, objetos, acontecimientos, emociones.
¿Con qué ojos veo lo que veo? ¿Desde dónde lo estoy viendo?
El sueño profundo, el silencio reparador, es muy bueno, descansa y regenera el cuerpo y sobre todo la mente. El estar despierto, la vigilia, se caracteriza porque es un estado de actividad incesante para el cuerpo y sus funciones, trabajar, alimentarse, etc…”tenemos” un cuerpo —aquí habría que preguntarse ¿Cómo hacemos para considerar que es de nuestra propiedad?—. Un organismo biológico donde todas sus funciones se realizan sin nuestra intervención. No nos necesita para hacer circular la sangre, ni crecer el cabello, ni transportar el oxígeno a las células. Andamos y vamos a los sitios y las piernas nos llevan sin tener que calcular cómo damos los pasos o qué músculos mover. Escuchamos el canto de los pájaros o el tráfico, las conversaciones sin esfuerzo alguno, sin darle instrucciones al sentido del oído, sin intervención de nuestra voluntad ¿Cómo hacemos para oír?
De todas las actividades que realiza el cuerpo, la más agotadora, la más perturbadora, la que trae más desasosiego y por ende infelicidad, es la función mental. La mente no descansa nunca durante la vigilia, completamente identificada con el cuerpo, lo considera suyo y busca de todas las formas posibles su satisfacción o felicidad ya sea física, material, psiquica o espiritual. Piensa, yo soy un individuo de tal género, edad, trabajo, estado civil, y me merezco todo lo bueno que la vida tiene y trato de rehuir todo aquello que no me es grato. Apego y rechazo. Y todas las energías van dirigidas a obtener, a materializar, ese concepto de felicidad que tenemos y los objetivos que debemos alcanzar para ello, ya sea en el presente o en un futuro, es lo que llamamos esperanza.
Mas, hay una cosa que la mente no quiere admitir y es que ella no genera ni las situaciones positivas o negativas, ni los pensamientos que las envuelven. La mente es una emanación continua de pensamientos espontáneos, algunos previsibles, la mayoría inesperados. Aparece un pensamiento…sin intención de que sea sobre una cosa concreta…en fracciones de segundo la mente dice: «He pensado esto». Si es grato lo queremos retener, exprimirlo, reproducirlo una y otra vez…pero no podemos porque la mente no descansa nunca, es un pequeño simio inquieto, es un caldero en ebullición continua. A un pensamiento le sucede otro y a este otro y así continuamente. Igual que no podemos controlar lo que vamos a soñar esta noche, ni elegir los personajes ni el escenario, no podemos elegir lo que pensaremos en un minuto, en cinco minutos o de aquí a una hora. Ese querer retener y/o rechazar pensamientos, “hacer”, aparentemente, que las cosas sucedan como nos gustaría, genera mucho sufrimiento psicológico.
Porque si bien un dolor físico, un golpe por ejemplo, nos produce daño…cuando pase un intervalo de tiempo determinado se habrá desvanecido sin dejar rastro “traumático”. La experiencia no deja huella, la sentimos como sensación. Igual ocurre cuando saboreamos algo, por ejemplo amargo, puede sernos desagradable pero al rato el sentido del gusto no conserva nada del mismo, está limpio y dispuesto para otros sabores. En cambio los pensamientos no siempre surgen, se observan flotar en el cielo de la mente como nubes ingenuas y ligeras, y se desvanecen. En ocasiones las nubes se unen, se oscurecen y desencadenan tempestades terribles. Ya no es solo el cuerpo el que se ve afectado en mayor o menor medida, sino la mente la que sufre el embate de la tormenta, de procesos incontrolables y dolorosos, de preocupaciones interminables, de un grano de arena hacemos una montaña…y la mente se convierte en un océano tempestuoso y el individuo en una barca que las aguas zarandean. El sufrimiento surge porque pensamos que somos el sabor amargo, el barco vapuleado por las olas…pero no somos eso, nunca podemos convertirnos en lo experimentado, somos el experimentador.
En el sueño de anoche ocurrieron cosas maravillosas o quizá terribles pesadillas. En la sala de cine pasaron una película de catástrofes naturales, explosiones, incendios, etc…pero la pantalla no ardió, ni se desintegró, no sufrió nada de lo que aparentemente ocurría y se proyectaba en ella. La película son los pensamientos, la pantalla la mente, nosotros el espectador….en última instancia somos, el que ve, el acto de ver y lo visto. Como en el sueño de anoche, nada ocurre fuera de nosotros. Los personajes de la película no salen de la pantalla nunca, no pueden abandonar el cine porque no existen.
Si no soy ni la pantalla ni la película, ni la mente ni los pensamientos ¿Quién soy yo?
