Avanzan las horas del atardecer. Docenas de pájaros pían y alborotan el plácido crepúsculo buscando refugio entre las ramas más elevadas y densas de los árboles. La dama oscura se acerca por oriente, precedida por la luna y venus, impacientes pajes de su majestad, que anuncian su inminente llegada. Sus tímidos destellos de plata en un firmamento de añil moribundo sin embargo, no pueden rivalizar con la luminosidad esplendorosa del rey. Él se está ocultando tras las colinas de poniente, los rayos de su corona de fuego incendian los mares de nubes a su paso, reflejando todas las tonalidades de las llamas.
Nadie ha podido contemplar jamás el rostro de la dama negra, sus largas manos extienden la capa de negritud aterciopelada donde incrustadas brillan diminutas y temblorosas estrellas. El manto nocturno está tejido con suaves plumones de silencio y ensoñaciones. Es muy grato y confortable su tacto, es una caricia anhelada. A todos los seres sintientes les place sentirse arropados por ella. Hombres, bestias y plantas se abandonan en sus brazos, sin el más mínimo rastro de temor, sin la más mínima inquietud, envueltos en el cálido abrazo sanador, sintiendo su corazón, acunados por los latidos hipnóticos y algodonosos del descanso y el olvido.
La noche es sinónimo de oscuridad, no en el sentido negativo de tenebrosa o maligna, si no en el sentido de ausencia de visión. Las sombras avanzan como un ser vivo, con la fluidez del agua, como una seda negra vaporosa y ligera, sin límites, que envuelve y abraza los objetos y los diluye en ella —igual que se disuelve un terrón de azúcar en el café— en un vacío aparente, una ausencia de luz camaleónica que los hace invisibles a los ojos. En el sueño profundo devenimos una catedral de silencio sin vitrales, cirios ni velas, negritud insondable en la que no vemos bancos, ni retablos, ni imágenes…aunque están ahí. Podemos cometer el error de confundir oscuridad con vacío…
