―Y….dígame señor Luc ¿Cuál es el motivo que lo trae aquí?
―De un tiempo a esta parte me doy cuenta que estoy empeorando, me he descuidado, necesito ayuda para volver a ser quien era. Quisiera recuperar parte de mi carisma.
―Creo que usted se confunde ―se acaricia la perilla gris, una chispa de ironía brilla en sus ojos inquisidores. Nunca infravalora a nadie por ridícula que sea su apariencia, y prosigue ―No soy psicoanalista, ni psiquiatra, soy abogado. Si busca equilibrio en su vida, incrementar su autoestima o mejorar las relaciones en su vida social, se ha equivocado o le han engañado.
―En absoluto. Llevo un tiempo observándole, siguiendo sus casos, sus clientes. Y justo es usted lo que necesito, un hijo de puta de primera categoría. Para su conocimiento le diré que no me suelo equivocar y nunca me han engañado.
El abogado no se inmuta al oír el insulto, le han llamado cosas peores. No obstante le asombra la osadía de aquel individuo. Su bufete internacionalmente conocido es uno de los más prestigiosos en ganar casos, ni un solo perdido en los tres últimos siglos, también es uno de los más caros. Comprueba a través de los cristales tintados que los guardias de seguridad están cerca, coqueteando con su secretaria personal ante la puerta. Aunque tiene la certeza de que serían inútiles. Al mismo tiempo se percata de que hace frio, tiene la sensación de que una mano grande y helada le oprime el corazón con fuerza. Pero él no se va a dejar intimidar, está acostumbrado a tratar con una clientela selecta compuesta por lo peor de la humanidad, aunque sería más correcto decir de la inhumanidad: traficantes de armas, de mujeres y niños, capos de las mafias de los cinco continentes, asesinos en serie, señores de la guerra, sicarios, terroristas, violadores, criminales de guerra, torturadores, fanáticos con las manos manchadas de sangre, y poderosos y terroríficos monstruos de guante blanco.
Luc prosigue:
―La maldad tiene un aura, sí, no solo los santos, una emanación, un olor, un hedor a descomposición de cuerpos muertos, de sangre, de fluidos corporales arrancados del cuerpo con violencia y crueldad. Hay que ser un buen sommelier para apreciar esos matices, sutiles, evanescentes, se fijan a la pituitaria y no te abandonan. El mal no lo quita el jabón, es una huella corporal. La mayoría de las personas solo se fijan en las apariencias, un individuo bien trajeado, peinado, invariablemente es un señor respetable, no puede ser igual que un desarrapado con perforaciones y el cuerpo cubierto de tatuajes. Usted señor abogado apesta, se nota que ha permanecido muchísimo tiempo en los establos con los cerdos, revolcándose en las heces.
―Es de agradecer su observación Sr. Luc. Pero ya he oído bastante, usted desvaría y agradecería se fuese ―dijo con frialdad.
―Hay otro aspecto que es la asociación de un olor determinado con imágenes o escenas del pasado, del recuerdo, por ejemplo, el perfume de rosa que te trae a la mente a tu primer amor siempre que lo percibes en cualquier lugar o situación. Pues bien, el aroma del mal no te hace recordar, sino que convoca imágenes horripilantes, las materializa en tu mente en contra de tu voluntad, en directo, no puedes dejar de mirar, la adrenalina se dispara, el vello del cuerpo se eriza, nos convertimos en animales dispuestos a atacar o huir. Lo racional nos abandona.
El abogado se dirige hacia la puerta visiblemente furioso. Luc lo detiene con un gesto de la palma abierta, al tiempo que le dice:
―Precisamente por eso estoy aquí, para impregnarme del mal que representa. Sumergirme en él. Y le pagaré una fortuna por ello. Será la escalera para llegar a la más alta esfera del poder, lo que usted anhela ¿Me entiende?
―¿Qué pretende? ¿Cómo se puede llevar eso a cabo? Los informes de los casos son confidenciales, nadie salvo yo conoce su contenido.
―No me interesa lo conocido y escrito, sino lo oculto, los abominables secretos de labios a oreja, la verdad despellejada, lo inimaginable. Los secretos mudos de la sangre que empaparon la tierra y descendieron al abismo.
―¿Y eso, en caso de ser posible, cómo piensa que se podría llevar a cabo? Son miles de casos, millones de folios. Necesitaría una vida extra para leerlos.
―No necesito sus expedientes, es mucho más simple. Usted solo debe firmar con una gota de sangre aquí ―saca una hoja de papel inmaculadamente lisa del interior de la chaqueta con media docena de líneas escritas, y le señala el lugar― Como puede leer es un contrato legal, sin letra pequeña. La suma que recibirá a cambio de su rúbrica, lo convertirá en inmensamente rico y poderoso mientras viva.
El abogado mira lo escrito, siente un escalofrío al ver la cantidad que percibirá. No lo duda, toma la grapadora y se perfora el pulgar izquierdo. Una gota cae y se convierte en una esfera carmesí sobre el papel.
―Veo que se llama Luc Iferus. Ahora lo entiendo todo. Pero tengo una duda, ¿Por qué necesita ayuda de un mortal si es el rey del mundo?
―El formar parte del mundo significa estar sujeto a sus leyes, tiempo y materia. Después de la batalla con Miguel, descendimos aquí y pudimos gozar de todos los privilegios de los humanos, placer y dolor, pena y alegría, experimentar los opuestos. De alguna manera podíamos elegir nuestro destino, teníamos libre albedrio. Salimos de un mundo de perfección anclado en la eternidad, sin movimiento, apático, sin emociones. Sin tener que luchar para conseguir objetivos porque nada faltaba, nada sobraba.
―Pero, eso para la mayoría es sinónimo de felicidad.
―Solo aparentemente. Si va al cine y ve siempre la misma película, dulzona, empalagosa, donde los protagonistas repiten a diario lo mismo, siempre sonrientes, no suceden imprevistos, nunca se produce una discusión ni un desacuerdo. Se dará cuenta de que es aburridísimo, faltan las ganas de vivir, celebrar y lamentar van de la mano.
―¿Por qué me necesita ahora?
―Se va a producir un cambio en este mundo que habitamos. Cómo consecuencia de la enantiodromia, en algunos seres ante la perfección estática del paraíso surgió el deseo inconsciente de cambio, de imperfección, de libertad. Porque todo exceso conduce a su opuesto para restablecer el equilibrio. Esta búsqueda de lo contrario llevó a la creación de una nueva realidad que se concretó en el llamado infierno. Un lugar donde no se está exento del dolor y del sufrimiento.
―De hecho el infierno es esto, donde estamos ahora ―dice el abogado.
―Exacto, nadie quiere irse del infierno, es un lugar hermoso en el que hay playas, vacaciones, internet, coches de alta gama, dinero, metas que alcanzar, canales de televisión, etc…pero donde nunca podemos ser felices del todo, solo parcialmente, temporalmente.
―Entiendo, era el más bondadoso, el más luminoso, pero al rebelarse pasó a ser lo opuesto. El tiempo le ha desgastado, le ha ablandado, está volviéndose compasivo, empático, y no lo soporta. Ya que imagino que en otro lugar alguien se está transformando en un monstruo alguien que era el summum de la bondad.
―Exacto, Miguel está preparando un ejército para ocupar mi lugar. Está reclutando almas en la tierra, perversas y malignas, para apoderarse de este mundo y devolver al infierno todo el esplendor pasado.
― Aunque no entiendo ese cambio ¿Por qué quiere abrazar el mal?
―No es su voluntad, es la enantiodromia. No quiere abraza el mal, sino conocer los aspectos de la sombra. Por el mismo motivo dios elige a personas de dudosa moral, delincuentes, malvados, renglones torcidos y los transforma en santos, en vez de elegir a personas buenas y rectas.
―La bondad no es una elección, y la maldad tampoco ¿No?
―Son los platillos en equilibrio de la balanza.
―Entiendo.
―Dígame abogado, ¿Qué me oculta? Noto una cierta ironía. ¿Y esa risita?
―Miguel estuvo aquí, ayer. Asumió corporeidad para estar unas horas en este mundo infernal. Se alojó en el hotel Hilton. Me propuso un trato, pero lo rechacé. No creo que se produzca la batalla que usted teme señor Lucifer.
―Es muy valiente y poderoso. No se dará por vencido.
―No es rival para usted, ni para la humanidad, somos sus hijos, el mal corre por nuestras venas como un veneno. Todos somos diablos, viejos demonios, la inocencia la perdimos al caerse las alas. Él aún las conserva.
―Sí, claro. No creo que desista hasta conseguirlo. Volverá.
―Tengo mis dudas. Para asegurarme de que no volviera a molestar mandé dos sicarios al hotel Hilton ―dijo el abogado mientras sonreía y guiñaba un ojo.
―Da gusto tratar con profesionales serios que cuidan los detalles. Gracias ―dice Luc.
―No trabajan gratis, cómo se puede imaginar. Añada cien mil dólares más a la factura de mis honorarios, por el favor.
©Q.M.

