La película, Maudie, el color de la vida (2016), refleja algunos aspectos de la existencia de la pintora canadiense Maud Lewis. Tuvo una vida bastante desdichada marcada desde la juventud por una enfermedad, artritis reumatoide, que le había ido deformando la espalda, encogiéndola, y también las manos que acabarían convertidas en dos garras con escasa movilidad. Por su aspecto fue rechazada y discriminada en la escuela. También sufrió desdén por parte de sus familiares: A la muerte de sus padres en 1935, su hermano Charles vendió la casa y no quiso saber nada de ella y entonces desamparada pasó a quedar bajo la custodia de su tía Ida, una persona ruin que la menospreciaba, incluso le arrebató un hijo recién nacido y lo vendió, mintiéndole a ella al decirle que había nacido deforme y muerto al nacer. Maud buscó la manera de salir de aquel entorno y respondió a un anuncio en el que se buscaban una mujer para ocuparse de la limpieza de una casa, incluido el alojamiento, para un hombre de cuarenta años.
Aceptó las condiciones, él era un pescador huraño y malhumorado, se llamaba Everett. La casa era diminuta, solo había una habitación y un lecho que compartir, sin luz eléctrica. Sufrió también maltrato psicológico y verbal. Su vida tampoco fue un jardín de rosas al principio de su encuentro con Everett, pero su existencia, aparentemente desgraciada, no consiguió apagar su luz interna. Sí, Maud era una mujer luminosa y lo manifestaba a través de su carácter dulce y siempre agradable con las personas y animales. Había empezado a pintar pequeños detalles de la casa para hacerla más acogedora, cristales, puertas y ventanas y todas las superficies disponibles de la vivienda, el pescador se opuso, pero cedió posteriormente a su afición, más cuando vendió algunas de sus pinturas. Acabaron enamorados y se casaron. El resplandor de Maudie era especialmente visible en los cuadros que pintaba, estilo naif, bellos, coloridos, colores intensos sin sombras ni mezclas; de tamaño algo mayor que una postal dado que sus brazos no le permitían movimientos más amplios. Pintaba con una mano sostenida por la otra.
Su realidad, su esencia, su ser, sobresalía por encima de las condiciones que su cuerpo le imponía. Y esta presencia, la sombra gigante de una anciana diminuta, alumbraba los rincones oscuros de las personas que la visitaban para comprar uno de sus cuadros. Aceptación, era su secreto para la felicidad. Su mirada era el espejo de su alma, gentil y bondadosa. Su obra fue valorada y apreciada a nivel mundial, reconocida como artista y pintora canadiense y sus pinturas cotizadas y en manos de personajes influyentes.
Siempre vivieron en aquella casa diminuta. Murió a los 67 años de una pulmonía, su cuerpo fue depositado en un ataúd para niños. Sus últimas palabras fueron «he sido amada». Su casa se convirtió en un museo a la muerte de su marido, nueve años después.


