El granado – Las arenas del tiempo

El tiempo de las edades del alma es infinito, incalculable, no tiene principio ni final, se contrae y se expande lentamente como  el pecho de un gigante dormido. Con cada respiración surgen y mueren estrellas, planetas, formas de vida, e imperios de los hombres.

En el desierto las dunas de arena, ejércitos de billones y trillones de granos, se mueven y avanzan girando sobre si mismas, como las olas del océano, espirales de partículas minerales que el tiempo arrancó cruelmente a las  montañas con tempestades de fuego, agua, tierra,  hielo y aire. Piedras caídas y arrastradas por los ríos, la lluvia y el viento, desgastadas por los roces entre ellas, puliendo las aristas, redondeándolas, acariciándolas con las manos pacientes de la eternidad hasta que se convierten en minúsculos planetas girando en una órbita desconocida de una galaxia de arena. Cada día más pequeños hasta desaparecer y volverse invisibles, pero siguen ahí como polvo flotando en el aire que respiramos, formando parte de nosotros, de nuestra vida.

Bajo las arenas del desierto hay tierra negra y fértil, tierra que aguarda.

Cayó una semilla diminuta en una duna de arena que giraba lentamente como un viejo caracol en dirección a un oasis, quedó sepultada bajo miles de toneladas de fina gravilla, pero era fuerte y su cobertura no sufrió daño alguno. Pasaron innumerables lunas hasta que un aroma particular lo impregnó todo, igual que cuando uno presiente la lluvia en el aire, olía a tierra mojada. Llegó la humedad y el frescor la envolvió, despertándola. Las raicillas atravesaron la cáscara y se hundieron profundamente en aquel sustrato rico y perfumado.

Y emergió un brote verde y vigoroso, la simiente se había convertido en un ser vivo, el anhelo de vivir la empujaba, y aquel corazón de humus la acogía, protegía y alimentaba. La vida de ambos era una sola expresión en la que mutuamente se enriquecían. Ella  tomaba de él  sustento y agua para vivir y a cambio le explicaba lo que había más allá de las dunas, en la lejana superficie: el mundo de luz que ella respiraba y veía a través de sus hojas. En aquel universo sin estrellas, de perpetua oscuridad ella era el sol que iluminaba y daba sentido a su vida, y una cálida claridad envolvía todo a su alrededor; podía ver destellos de colores en rocas y minerales, los filamentos blancos de las raíces eran brillantes riachuelos diminutos, los pequeños y bulliciosos seres que habitaban aquel orbe subterráneo se desplazaban en todas direcciones. Se sentía dichoso de aquel cosmos que se desplegaba ante sí, dentro de sí mismo, era  amante y amado. Esa felicidad, que no es sino otro nombre para amor,  la recibía la plantita y la impulsaba aún más hacia arriba mientras que la savia viajaba hacia abajo y compartía con él sus sensaciones y su asombro.

Y creció el tallo, se alzó hacia el espacio convertido en tronco y su copa se extendió en todas direcciones. Se había transformado en un árbol. Millones, billones y trillones de hojas ocultaron el cielo del desierto convertido en una bóveda de jade resplandeciente. Tintineaban alegres y festivas las hojuelas al aire del atardecer cuando  empezaron a marchitarse, mustias, silenciosas y tristes. Necesitaban más agua. Las raíces no ignoraban  el alcance del problema y el corazón tomó una decisión.

Entre el follaje aparecieron dos pequeñas inflorescencias rojas que se marchitaron y cayeron aquella misma noche. Pequeñas esferas verdes emergieron  en su lugar y se transformaron  en dos preciosas granadas bajo la mirada de la blanca luna semioculta tras una duna. Al amanecer, los dos frutos se abrieron lentamente mostrando con orgullo al sol su interior púrpura, dulces y exquisitos  rubíes.

En el oasis bajo la benéfica sombra de las palmeras, crecen dos granados jóvenes al pie de un árbol ya seco. Es aquí donde el tuareg Khelba Ag Mallou se cortó las venas de las muñecas para dar de beber a su esposa Ratma y su hija Tandarine ya cubiertas por el sopor de la inconsciencia que precede a la muerte, salvándoles la vida. La sangre caída al suelo regó el granado que prodigiosamente produjo unas semanas después sus dos únicos y últimos frutos en ofrenda al sacrificio de Khelba.

Nadie come los frutos de los jóvenes árboles, se abren en la noche más corta del año y caen en silencio sus relucientes gotas de sangre.

Un aire de infinito se respira en el atardecer del desierto, las estrellas son hormigas de luz recorriendo el firmamento…las dunas siguen su órbita.

© Q.M.

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