Uno de los momentos más importante de los Juegos Olímpicos, en la Antigua Grecia, se producía al comienzo del festival con la “hecatombe”, el sacrificio de 100 bueyes en honor a Zeus (hekatom significa 100).
Descubro un titular antiguo de la prensa japonesa en Wikipedia. Estamos en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial, en el escenario del Pacífico. Dos oficiales japoneses (se dan a conocer los nombres), de los cuales la Armada Imperial se siente orgullosa, compitiendo para ver quién mata primero con una espada, a cien personas. El titular en negrita habla de «Récord increíble». Uno mata a 105 y el otro a 106.
Teresa recuerda que caminaban cogidos de la mano en silencio, con la devoción y el enamoramiento de sus catorce años. De repente, Ignacio se detuvo frente a un abedul, hurgó en un bolsillo y extrajo la navajilla de buscar setas; cortó un rectángulo perfecto en la corteza nívea del árbol y la desprendió con cuidado. Se giró de espaldas para que ella no viera lo que hacía —le encantaba sorprender— y tras unos minutos en los que solo veía gesticular sus brazos, se volvió.
—Ten, es para ti —alargó la mano y le tendió el objeto.
Era una máscara tosca, pero bien ejecutada. Había recortado las cuatro esquinas hasta darles una forma elíptica, cortó dos orificios almendrados para los ojos y otro con forma triangular para alojar la nariz. No tenía boca.
—Decían los antiguos celtas que el abedul es un árbol sagrado; el color blanco de su tronco destaca entre las frondas boscosas más oscuras, esa visibilidad la asociaban con claridad para ver el futuro. Tallaban caretas con su madera y las usaban para ver más allá. Lo vi en un documental de National Geographic —fue su explicación.
Hace mucho tiempo de aquello. Se marchó felizmente, sin dolor, con su largo cabello castaño recogido en dos trenzas vikingas entretejidas con hilos de oro. Llevaba su vestido favorito, estaba radiante, lo veía reflejado en las lágrimas de los que se despedían de ella. Ignacio también estaba muy guapo, tan serio.
Él tenía razón sobre el abedul y sus cualidades mágicas. Se detiene una vez más en el mismo lugar de antaño, el árbol se encuentra ante ella, inconfundible, conserva la cicatriz en la piel. Alarga la mano y busca dentro del bolso, saca la máscara, ya grisácea, reseca y endurecida por el paso del tiempo —sus trenzas son del mismo color—, la rigidez la ha agrietado dibujando una boca que sonríe. Le colocó una cinta roja y puede anudársela a la nuca sin tener que sujetarla con las manos. La ajusta a la cara y sigue caminando. No tardará en llegar.
Lo encuentra tras un recodo del cauce, sentado en una roca cerca del agua, con un palo dibuja ondas y estelas en la corriente, efímeras, sin duración en el tiempo, pero no por ello menos reales. Su escaso cabello y bigote son de color marfil. Se levanta al verla, la saluda con un gesto de la mano, se acerca a ella y la besa. Caminan juntos cogidos de la mano, la hojarasca crepita a su paso, los árboles susurran en un lenguaje arcano. No sienten la necesidad de hablar, las manos comunican sus corazones.
—Ya no la necesitamos —dice Teresa. Se quita la máscara y la guarda de nuevo en el bolso. Tras una breve pausa añade:
— Hasta ahora nos encontrábamos a medio camino, yo esperando en la estación, tú viniendo y volviendo en el tren. Las despedidas eran lo más difícil de soportar, sobre todo para el que se queda en el andén.
Se detienen para mirarse, el uno reflejado en los ojos del otro, diminutos, detrás de la ventana por la que mira el alma. Teresa se contempla en las pupilas de Ignacio, observa como su cabello crece y se torna del color de las castañas, desaparecen algunas arrugas y siente ligereza al esfumarse los años. Ignacio presencia, a su vez, como se le borra el bigote, el cabello negro vuelve a ocupar las zonas abandonadas y su espalda se flexibiliza y endereza. Sus cuerpos están cambiando, no saben cómo, regresan a los catorce años.
Acudo a ti Neptuno, señor de los mares y del reino sumergido, con una súplica:
Condúceme junto a ella, mi amada sirena, una vez más.
Nos encontramos una tarde soleada de verano, en la playa del océano de la existencia. Anclamos el navío del destino en la orilla de tu mar en calma y caminamos por las arenas detenidas del tiempo, sintiendo las caricias de las suaves ondas de cristal sobre los pies cansados del largo viaje.
Breves fueron los momentos junto a ella, los gránulos dorados de los minutos volvieron a caer sobre las huellas de nuestros pasos en la blanda arena de la memoria, hasta cubrirlos y hacerlos desaparecer en la playa desértica y árida del olvido. Cuando la mente sufre pérdidas quedan los recuerdos, eternos, esculpidos en el corazón.
Recuerdo y no olvido que nunca fuimos amantes, aunque nunca dejamos de amarnos. Era una certeza y una paradoja. Rememoro un pasado que no ha tenido presente. No habían tenido tiempo apenas de conocerse nuestros cuerpos sedientos, aunque los sentidos todo lo sabían para calmar la sed. Nuestras manos intuían y los dedos adivinaban secretos y caricias apasionadas que abrían puertas ocultas al amor. En nuestro pecho estaba el refugio, el fuego y la esperanza, la perla que se estaba formando en la ostra, el sol y el agua, tierra y semilla. Latía el corazón impulsando a las flores que esperaban para nacer bajo tierra y cuyo aroma ya impregnaba el aire, como una promesa de felicidad.
Mas el destino fue cruel, y fugaz e incomprensible. Se agitaron tempestuosas las aguas del mar de la vida dejándonos la miel en los labios, sin poder saborear el néctar del encuentro. No te culpo Neptuno, sé que tu ira no era hacia nosotros, simplemente te divertías, pero nos alcanzó la tormenta. Vi a los impetuosos caballos azules que arrastraban tu carroza, y la furia de su galope hacía rugir las olas y de sus ondulantes crines de espuma blanca saltaban burbujas de plata relucientes, las ruedas trazaban estelas que se elevaban convertidas en murallas de agua y sal. Tú reías a carcajadas, los truenos eran tu voz, con el pelo empapado y tus barbas agitadas por el viento. Los rayos surgían de tu tridente con cada sacudida de tu brazo. La lluvia era una cortina de cristal impenetrable.
Cuando todo hubo pasado y las aguas se calmaron, ella ya no estaba junto a mí. Y desde entonces la busco…y no la encuentro.
Mi navío es ahora un barco fantasma que navega sin detenerse nunca. No tiene puerto ni isla donde varar sino es en ella. Las velas están tejidas con los hilos del tiempo y los colores de la nostalgia. La proa se llama esperanza, la popa desesperación, ambas aumentan con cada puesta de sol que se oculta bajo el horizonte.
Ayúdame a encontrarla de nuevo…
Ella es una hija de tu reino marino sumergido, de agua y sal son tus olas, igual que mi llanto. Lágrimas de nácar, corazón de coral, sangre en las venas, da igual, somos hijos de la misma tristeza.
Veo nuestros cuerpos separados, danzan tristes canciones en playas solitarias, y mi corazón emite su canto, un lamento de su ausencia, una llamada silenciosa a través de las edades de la vida y los mares grises. Mi alma con las manos tendidas la busca navegando entre las brumas y claroscuros de tu reino acuático.
Simonetta pintaba en las rayas que dibujan las espirales del tiempo, estelas transparentes de la eternidad, con la paleta cromática del arcoíris, un solo rayo de luz transparente abierto a infinitas posibilidades ―la magia existe si previamente está quien la hace posible―. Impregnaba el pincel en los colores de las llamas, bien empapado, y con el gesto seco y preciso de una diosa salpicaba el lienzo, cientos de gotas en caótico desorden se estrellaban contra la blanca tela ―¿la nada?― y se escurrían como lágrimas sin dejar rastro de color hasta el precipicio del marco, y cuando el mundo callaba expectante e indignado ante el deprimente arte, allí estaba la magia. Movía el pincel/batuta hacia arriba, un solo gesto, y las gotas multicolores se agitaban como larvas de algún insecto, y de las gotas aplastadas salían ápices que se transformaban en vértices, como aparecen los dedos al abrir el puño, y se convertían en hojas de arce con los colores del fuego, los tonos del otoño, y aleteaban tímidamente convertidas en mariposas para emprender el vuelo hacia lo alto, abandonando el cuadro, llenando el cielo de parpadeos, para después regresar al lienzo y allí permanecer quietas en una nube globosa, palpitante, transformándose de nuevo en hojas, con las tonalidades que robaron al sol y que ahora lo recuerdan y convocan, como niños huérfanos llamando a su padre…y el padre, durmiente, dentro del dorado lecho foliar se despereza y abre los ojos en cada hoja simultáneamente, convirtiéndolas en luz, y el árbol ―sin tronco, ni raíces―se estira alargándose y curvándose sobre el ojo de la eternidad, convertido en la espiral del tiempo, una galaxia cuajada de estrellas, miles, que palpitan en las pupilas de Simonetta.
Y siente la necesidad de no estar sola, la sed de buscar un compañero para atravesar la eternidad y alcanzar ese lugar prohibido del que hablan y que en ocasiones aparece en su visión. Traza una silueta con su dedo índice, un fino hilo de luz recorta el satinado y estrellado cielo nocturno y se desprende una figura plana, no mucho más que un trozo de papel pintado recortado de una pared tapizada con sueños y esperanzas, aunque este no es un estampado sin vida, son minúsculas flores, miles de estrellas diminutas que respiran luz blanca, pulsante, rítmica. El latido de un corazón aparece en la ecografía de las estrellas, y con cada respiración se añade tridimensionalidad a la forma pensada, lentamente se expanden los volúmenes, redondean y emerge un rostro, sus facciones revelan a alguien cuyo perfil ha dibujado tantas veces con el lápiz que ha dejado un molde en los circuitos de su memoria, es David, el que la gente llama de Miguel Ángel en el lugar prohibido, el arquetipo de la perfección. Finalmente completo y desnudo ante ella, como tallado en un bloque de diamante, cada arista refulge y multiplica la luz blanca en abanicos de colores que se expanden hacia la eternidad, es el nacimiento de una estrella, de un dios, del propósito de encarnarse en un cuerpo vivo y experimentar la vida. El anhelo de mortalidad que enfrentó a legiones aladas hace eones sigue siendo inmortal, la sed de existir no se extingue nunca.
«Me veo reflejada en tus ojos de cristal, David, en el paraíso me dibujaron como Venus en la obra de Botticelli, desnuda como tú, arquetipo femenino de un ideal. Fue efímera mi vida, era legendaria mi belleza, una flor en una frágil copa de cristal. Cruel fue mi destino, apenas mojarme los labios con el sabor de la ambrosía y tuve que renunciar a todo cuando me llevó la Parca. Ya entonces te dibujaba una y otra vez, recorría tu rostro en el papel y sentía tu piel cálida y tus relieves bajo la yema de mis dedos. No pude concluirte, no pude sentirte y amarte, solo tú conoces mi nombre, Simonetta, porque eres parte de mí, nacido de mi propósito y de mis deseos no satisfechos que conmueven al universo.
Por ello has venido a esta realidad, y te has manifestado en un cuerpo sintiente y cálido, para así yo poderte besar, porque aunque te he amado en sueños, nunca he notado la calidez de tus labios y el sabor que destilan, sé que saben a néctar…y volvería a morir y volvería a nacer por besarte una vez más.
Me desprendo de la capa que cubre mi desnudez, mi cuerpo es un prisma luminoso como el tuyo, refulgen en todas direcciones rayos de colores que se convierten en hilos flexibles de cristal, me abrazo a ti fuertemente, tu no deseas perderme de nuevo, los hilos nos rodean y forman un capullo de luz a nuestro alrededor. Fuera o dentro, depende de la visión, en el espacio acogedor, de terciopelo negro, la eterna matriz de la creación se dilata».
Durante los tres primeros años de estar conmigo me contaba cosas sobre el clan, luego fue perdiendo los recuerdos y dos años después, cuando la llevé al convento, ya no recordaba nada. Tenía 14 años y ya era mujer. De lo que me contó pude entrever que de su familia de carne y hueso no quedaba más que ella. Los que estaban naciendo en el bosque tardaban años en hacerlo, la mente daba la forma a la energía de los recuerdos y estos a veces fallaban. Pero una vez que asumían la forma se movían entre dos mundos, y eran muy peligrosos, dijo que eran hijos del miedo y del odio, de los deseos funestos, de la desesperación y la ira, que la violencia era su actividad preferida, que en sus ojos no esperase ninguna piedad. Eran cazadores nunca presas, devoradores de carne, destructores de cuerpos, y hasta los mismos demonios los temían.
―Pero eso es una fantasía de niña con demasiada imaginación. No puedes creer esas cosas, son creencias paganas, cuentos para asustar a los niños ―se quejó Hortensia.
―La figurita que dejé en el altar es una diosa madre, una mujer como tú y yo, la feminidad, la capacidad de generar y crear vida, el amor incondicional, el amor de la tierra por lo que hay sembrado en ella, es el alimento que nutre, el agua que apaga la sed, la que acoge las semillas…pero también la vilipendiada, maltratada, golpeada, violada…por ser mujer. Los hombres carecen de esa magia de crear vida, nos ven diferentes y nos temen por ello, el temor conduce a la violencia y especialmente es aplicada contra nosotras.
Todo ese malestar, ese sufrimiento, esos maltratos continuados, ese desprecio, han creado criaturas que se mueven en las tinieblas nocturnas, deseos malignos y vengativos que prosperan en las horas oscuras, penetrando como fantasmas en la sangre y las venas hasta alcanzar el corazón y plantar allí un árbol de flores negras. Flores que caen al suelo y se convierten en siniestras arañas venenosas. Cuervos que alzan el vuelo desde las ramas transformados en una nube oscura que oculta el sol, trayendo frías tinieblas a las vidas.
Es una negritud que avanza enroscándose a los árboles, como una serpiente negra, una enfermedad que devora la luz, los colores y las formas sumergidas en un lago sin luna, consumiendo el color de las hojas, marchitando los recuerdos felices. Hasta que todo árbol, toda roca, todo lugar conocido desaparece, convertido en un vacío sin forma, un lienzo negro sin rastros de vida nacida. Todavía son criaturas no creadas que se agitan, revueltas y ciegas, porque nunca han visto la luz.
No conocen otro mundo que el de las tinieblas, un crepúsculo oscurísimo donde no hay rostros, solo formas sin definir, irreconocibles, no se sabe si de hombres o de bestias, reptan como gusanos, sin ojos ni oídos, sin tacto, ni boca, parásitos que se alimentan de los deseos funestos de la humanidad, carroñeros de las almas que los nutren e incrementan su poder, la energía del odio que exhalan al mundo, la plaga que se enrosca sobre las almas como una mancha de tinta negra que se extiende cubriéndolo todo de negrura.
―Creamos nuestros propios demonios, les damos vida alimentándolos con nuestros pensamientos, y entonces se manifiestan como una criatura ajena a nosotros, con existencia propia ¡qué horror! ―exclama Hortensia.
«…Asintió con la cabeza en un gesto de pesadumbre y comprensión mientras una lágrima furtiva caía al agua, ella también había conocido el amor y el odio. La historia se repetía, una vez más, la oposición al amor de dos jóvenes de tribus rivales, cuyos clanes no permitían su relación; él orcadiano, ella picta. Pese a ello continuaron viéndose en secreto, pero fueron descubiertos y considerados traidores, insultados y humillados por renunciar a su linaje a cambio de una persona que no era de los suyos. Hasta que finalmente fueron castigados y privados de libertad, prisioneros de los prejuicios. El cuerpo de ella languidecía, pero su corazón estaba junto a él, viviendo en su confinamiento la ilusión que la vida les negaba. Él, burló su encierro y escapó en una noche sin luna, presto a rescatarla y huir juntos, pero una flecha de un centinela lo abatió en la oscuridad a las puertas del poblado de su amada. Ella se quitó la vida con una daga. Ni siquiera ese acto de amor desesperado conmovió a las familias y despertó la piedad. Los clanes cegados por férreas tradiciones únicamente vieron que, pese a las muertes, ambos habían desobedecido la voluntad de los ancianos, y su comportamiento les avergonzaba y ofendía. Se reunieron, una embajada de cada etnia, y acordaron sepultarlos en un territorio en los confines de sus naciones, una tierra de nadie. Y allí, junto a un lago solitario, en un promontorio denominado la Roca de la Soledad, se cavó una fosa común para los dos amantes. Depositaron sus cadáveres muy cerca el uno del otro pero sin poder tocarse, condenados a verse pero no a estar juntos, esa fue la cruel condena que se les impuso. Ella era noble, se le permitió conservar el brazalete de cobre para entregarlo a los dioses en el más allá y no provocar su ira, pues los dioses de antaño eran avariciosos y mezquinos como los hombres. Y sus cuerpos fueron clavados al suelo con una estaca de tejo en el pecho para evitar su reencuentro en el otro mundo.
Pasados dos años, lo que los hombres trataron de impedir lo consiguió un encaje delicado de finas y frágiles hebras vegetales. De las estacas habían brotado raíces que envolvieron los cuerpos convirtiéndolos en ovillos aterciopelados, como crisálidas de mariposas, blancos y delicados. Del capullo tejido que lo protegía a él, emergió un brote rojo oscuro como la sangre seca. Y un tallo del color de la flor del manzano ascendió del protegido cuerpo de ella. Y ambos se dirigieron hacia arriba, avanzando lentamente entre la tierra, hasta brotar un día, cuando las primeras caricias tibias del sol se repartían sobre el mundo. Los dos vástagos permanecieron así durante tres lunas más, atentos, como escuchando, sintiendo los latidos de la vida, y en la tercera noche la luna llena alumbró la aparición de dos hojas en cada ápice. Un temblor las sacudió, desplegándolas, despertándolas, como si fuesen mariposas dormidas. Y los tallos lentamente reanudaron su ascenso hacia el cielo estrellado, inclinándose cada uno en la dirección del otro, dos manos buscándose, hasta encontrarse, y ya juntos se irguieron derechos, enroscándose y entrelazándose el uno con el otro, en un abrazo largamente deseado, aquel abrazo que les había estado prohibido cuando los separaron al morir…»
Vendemmia: Il grappolo è perfetto, un gioiello con le sue sfere di granato brillante. Viene schiacciato per ottenere il dono del suo sangue. La sofferenza è il fermento di un amore fallito. Richiede i segreti del tempo, l’alchimia dei misteri del cuore, prima di diventare squisito champagne. In questo processo, migliaia di bolle dorate salgono in superficie e scoppiano, liberando scintille di dolore. La sofferenza è come un bambino povero in un racconto di Dickens, vuole essere abbracciato, ascoltato, non respinto, spesso nasconde una chiave per la felicità.
Vendetta: Il fogliame sussurrava il tuo nome al vento, appellandosi alla tua sanità mentale, fermentando i raggi del sole in tutte le varietà cromatiche del fuoco. Un albero ardente che si spegneva con ogni foglia che si staccava, con ogni ricordo che si sbiadiva, con ogni menzogna, scusa e falso pentimento. A terra si fusero in un’ombra uniforme, senza sfumature, grigia: l’oblio.
L’oblio è simile al silenzio, contiene tutte le parole cadute, espresse. Le sillabe non possono tornare ai rami, non possono più convocare la tua presenza, si decompongono nell’oscurità. In quella nerezza in cui riposi sotto terra.
«Perché?». Mi chiedesti dopo lo sparo, mentre la vita tingeva di rosso le foglie già morte.
—Voglio che le tue labbra sappiano solo pronunciare il mio nome —ti risposi.
Teresa recuerda que caminaban cogidos de la mano en silencio, con la devoción y el enamoramiento de sus catorce años. De repente, Ignacio se detuvo frente a un abedul, hurgó en un bolsillo y extrajo la navajilla de buscar setas; cortó un rectángulo perfecto en la corteza nívea del árbol y la desprendió con cuidado. Se giró de espaldas para que ella no viera lo que hacía —le encantaba sorprender— y tras unos minutos en los que solo veía gesticular sus brazos, se volvió.
—Ten, es para ti —alargó la mano y le tendió el objeto.
Era una máscara tosca, pero bien ejecutada. Había recortado las cuatro esquinas hasta darles una forma elíptica, cortó dos orificios almendrados para los ojos y otro con forma triangular para alojar la nariz. No tenía boca.
—Decían los antiguos celtas que el abedul es un árbol sagrado; el color blanco de su tronco destaca entre las frondas boscosas más oscuras, esa visibilidad la asociaban con claridad para ver el futuro. Tallaban caretas con su madera y las usaban para ver más allá. Lo vi en un documental de National Geographic —fue su explicación.
Hace mucho tiempo de aquello. Se marchó felizmente, sin dolor, con su largo cabello castaño recogido en dos trenzas vikingas entretejidas con hilos de oro. Llevaba su vestido favorito, estaba radiante, lo veía reflejado en las lágrimas de los que se despedían de ella. Ignacio también estaba muy guapo, tan serio.
Él tenía razón sobre el abedul y sus cualidades mágicas. Se detiene una vez más en el mismo lugar de antaño, el árbol se encuentra ante ella, inconfundible, conserva la cicatriz en la piel. Alarga la mano y busca dentro del bolso, saca la máscara, ya grisácea, reseca y endurecida por el paso del tiempo —sus trenzas son del mismo color—, la rigidez la ha agrietado dibujando una boca que sonríe. Le colocó una cinta roja y puede anudársela a la nuca sin tener que sujetarla con las manos. La ajusta a la cara y sigue caminando. No tardará en llegar.
Lo encuentra tras un recodo del cauce, sentado en una roca cerca del agua, con un palo dibuja ondas y estelas en la corriente, efímeras, sin duración en el tiempo, pero no por ello menos reales. Su escaso cabello y bigote son de color marfil. Se levanta al verla, la saluda con un gesto de la mano, se acerca a ella y la besa. Caminan juntos cogidos de la mano, la hojarasca crepita a su paso, los árboles susurran en un lenguaje arcano. No sienten la necesidad de hablar, las manos comunican sus corazones.
—Ya no la necesitamos —dice Teresa. Se quita la máscara y la guarda de nuevo en el bolso. Tras una breve pausa añade:
— Hasta ahora nos encontrábamos a medio camino, yo esperando en la estación, tú viniendo y volviendo en el tren. Las despedidas eran lo más difícil de soportar, sobre todo para el que se queda en el andén.
Se detienen para mirarse, el uno reflejado en los ojos del otro, diminutos, detrás de la ventana por la que mira el alma. Teresa se contempla en las pupilas de Ignacio, observa como su cabello crece y se torna del color de las castañas, desaparecen algunas arrugas y siente ligereza al esfumarse los años. Ignacio presencia, a su vez, como se le borra el bigote, el cabello negro vuelve a ocupar las zonas abandonadas y su espalda se flexibiliza y endereza. Sus cuerpos están cambiando, no saben cómo, regresan a los catorce años.