Anma – El reencuentro

«…Asintió con la cabeza en un gesto de pesadumbre y comprensión mientras una lágrima furtiva caía al agua, ella también había conocido el amor y el odio. La historia se repetía, una vez más, la oposición al amor de dos jóvenes de tribus rivales, cuyos clanes no permitían su relación; él orcadiano, ella picta. Pese a ello continuaron viéndose en secreto, pero fueron descubiertos y considerados traidores, insultados y humillados por renunciar a su linaje a cambio de una persona que no era de los suyos. Hasta que finalmente fueron castigados y privados de libertad, prisioneros de los prejuicios. El cuerpo de ella languidecía, pero su corazón estaba junto a él, viviendo en su confinamiento la ilusión que la vida les negaba. Él, burló su encierro y escapó en una noche sin luna, presto a rescatarla y huir juntos, pero una flecha de un centinela lo abatió en la oscuridad a las puertas del poblado de su amada. Ella se quitó la vida con una daga. Ni siquiera ese acto de amor desesperado conmovió a las familias y despertó la piedad. Los  clanes cegados por férreas tradiciones únicamente vieron que, pese a las muertes, ambos habían desobedecido la voluntad de los ancianos, y su comportamiento les avergonzaba y ofendía.  Se reunieron,  una embajada de cada etnia,  y acordaron sepultarlos en un territorio en los confines de sus naciones, una tierra de nadie. Y allí, junto a un lago solitario, en un promontorio denominado la Roca de la Soledad, se cavó una fosa común para los dos amantes. Depositaron sus cadáveres  muy cerca el uno del otro pero sin poder tocarse,  condenados a verse pero no a estar juntos, esa fue la cruel condena que se les impuso. Ella era noble, se le permitió conservar el brazalete de cobre para entregarlo a los dioses en el más allá y no provocar su ira, pues los dioses de antaño eran avariciosos y mezquinos como los hombres. Y sus cuerpos fueron clavados al suelo con una estaca de tejo en el pecho  para evitar su reencuentro en el otro mundo. 

Pasados dos años, lo que los hombres trataron de impedir lo consiguió un encaje delicado de finas y frágiles hebras vegetales. De las estacas habían brotado raíces que envolvieron los cuerpos convirtiéndolos en ovillos aterciopelados, como crisálidas de mariposas, blancos y delicados. Del capullo tejido que lo protegía a él, emergió un brote rojo oscuro como la sangre seca. Y un tallo del color de la flor del manzano ascendió del protegido cuerpo de ella. Y ambos se dirigieron hacia arriba, avanzando lentamente entre la tierra, hasta brotar un día, cuando las primeras caricias tibias del sol se repartían sobre el mundo. Los dos vástagos permanecieron así durante tres lunas más, atentos, como escuchando, sintiendo los latidos de la vida, y en la tercera noche la luna llena alumbró la aparición de dos hojas en cada ápice. Un temblor las sacudió, desplegándolas, despertándolas, como si fuesen mariposas dormidas. Y los tallos lentamente reanudaron su ascenso hacia el cielo estrellado, inclinándose cada uno en la dirección del otro, dos manos buscándose,  hasta encontrarse,  y ya juntos se irguieron derechos, enroscándose y entrelazándose el uno con el otro, en un abrazo largamente deseado, aquel abrazo que les había estado prohibido cuando los separaron al morir…»

Fragmento de Anma -Savia Roja

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