Durante los tres primeros años de estar conmigo me contaba cosas sobre el clan, luego fue perdiendo los recuerdos y dos años después, cuando la llevé al convento, ya no recordaba nada. Tenía 14 años y ya era mujer. De lo que me contó pude entrever que de su familia de carne y hueso no quedaba más que ella. Los que estaban naciendo en el bosque tardaban años en hacerlo, la mente daba la forma a la energía de los recuerdos y estos a veces fallaban. Pero una vez que asumían la forma se movían entre dos mundos, y eran muy peligrosos, dijo que eran hijos del miedo y del odio, de los deseos funestos, de la desesperación y la ira, que la violencia era su actividad preferida, que en sus ojos no esperase ninguna piedad. Eran cazadores nunca presas, devoradores de carne, destructores de cuerpos, y hasta los mismos demonios los temían.
―Pero eso es una fantasía de niña con demasiada imaginación. No puedes creer esas cosas, son creencias paganas, cuentos para asustar a los niños ―se quejó Hortensia.
―La figurita que dejé en el altar es una diosa madre, una mujer como tú y yo, la feminidad, la capacidad de generar y crear vida, el amor incondicional, el amor de la tierra por lo que hay sembrado en ella, es el alimento que nutre, el agua que apaga la sed, la que acoge las semillas…pero también la vilipendiada, maltratada, golpeada, violada…por ser mujer. Los hombres carecen de esa magia de crear vida, nos ven diferentes y nos temen por ello, el temor conduce a la violencia y especialmente es aplicada contra nosotras.
Todo ese malestar, ese sufrimiento, esos maltratos continuados, ese desprecio, han creado criaturas que se mueven en las tinieblas nocturnas, deseos malignos y vengativos que prosperan en las horas oscuras, penetrando como fantasmas en la sangre y las venas hasta alcanzar el corazón y plantar allí un árbol de flores negras. Flores que caen al suelo y se convierten en siniestras arañas venenosas. Cuervos que alzan el vuelo desde las ramas transformados en una nube oscura que oculta el sol, trayendo frías tinieblas a las vidas.
Es una negritud que avanza enroscándose a los árboles, como una serpiente negra, una enfermedad que devora la luz, los colores y las formas sumergidas en un lago sin luna, consumiendo el color de las hojas, marchitando los recuerdos felices. Hasta que todo árbol, toda roca, todo lugar conocido desaparece, convertido en un vacío sin forma, un lienzo negro sin rastros de vida nacida. Todavía son criaturas no creadas que se agitan, revueltas y ciegas, porque nunca han visto la luz.
No conocen otro mundo que el de las tinieblas, un crepúsculo oscurísimo donde no hay rostros, solo formas sin definir, irreconocibles, no se sabe si de hombres o de bestias, reptan como gusanos, sin ojos ni oídos, sin tacto, ni boca, parásitos que se alimentan de los deseos funestos de la humanidad, carroñeros de las almas que los nutren e incrementan su poder, la energía del odio que exhalan al mundo, la plaga que se enrosca sobre las almas como una mancha de tinta negra que se extiende cubriéndolo todo de negrura.
―Creamos nuestros propios demonios, les damos vida alimentándolos con nuestros pensamientos, y entonces se manifiestan como una criatura ajena a nosotros, con existencia propia ¡qué horror! ―exclama Hortensia.
Fragmento: Lucía -Sirena IV de Savia Roja
©Q.M.

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