Como dije antes, no todo el mundo recuperaba la felicidad.
Kenzo fue encerrado en una celda profunda del castillo de Okusan. Sin explicación alguna. La ropa que llevaba puesta, un jergón con paja seca, una vasija con agua, y un agujero estrecho en una esquina del suelo, por donde llegaba el rumor lejano de un arroyo, era cuanto poseía. Justo sobre el desagüe en el techo, un rayo de sol se infiltraba por un ventanuco redondo por el que podía pasar un gato.
El señor feudal no iba a permitir que un individuo así fuese a corromper su buen gobierno, basado en el miedo a su autoridad y el respeto a las leyes establecidas. Aquel individuo era una amenaza y su encierro serviría de escarmiento a los demás. «Más trabajar y menos fornicar, más esfuerzo y menos risas», «Hace falta más mano dura» le aconsejaron los sabios consejeros. El daimio no solo subió los impuestos a campesinos y comerciantes sino que se incrementaron las horas de trabajo obligatorias, con lo cual el agotamiento sepultó bajo una pesada losa todo sueño de felicidad.
Considerando que los seres alados con sus trinos eran cómplices de que la felicidad se propagase como una enfermedad, se le ocurrió un plan diabólico para matar dos pájaros de un tiro. Se prohibió la tenencia de toda ave de corral para el sustento. Gallinas, palomas y gansos fueron requisados y desaparecieron de las mesas de los pobres, con lo que el hambre los empujó a cazar las aves y pájaros del bosque para alimentarse.
En Nagano pronto dejaron de oírse los cantos armoniosos de las aves canoras, no solo enmudecieron jilgueros, mirlos y pinzones, también los graznidos de cuervos y urracas, el zureo de las palomas, todos ellos formaban parte del esplendor del bosque. También cesaron las conversaciones alegres en el mercado, las risas de los niños, incluso el rumor del viento entre las hojas en los árboles. Pero lo peor era no escuchar el canto de los grillos a la luz de la luna, la noche parecía estar muerta y las estrellas desaparecieron del cielo.
Kenzo sabía que el mayor temor de las personas no era la oscuridad donde se agazapan secretos, tragedias familiares y horrores sin fin, cavernas de la mente repletas de monstruos invisibles pero cuyo roce sentimos frio sobre la piel. De tanto convivir con ellos olvidamos que no son más que invitados no deseados, huéspedes que se revuelcan en nuestra miseria, se alimentan de ella y engordan como cerdos. Kenzo sabe que el mayor miedo es encender la luz. Es la luz lo que más nos asusta porque es enfrentarse a lo desconocido y no hay ser más extraño y desconocido que uno mismo. Las personas se jactan de conocerse los unos a los otros, de conocer de memoria la doctrina de Lao Tse, las escrituras de Confucio o las mil caras de los espíritus Shinto, pero la intimidad más grande y absoluta, la propia, es muy inaccesible porque no requiere conocer, sino desprenderse de lo conocido.
Su cautiverio no le privó de la dicha de estar con sus amigos alados. Pajarillos acudían a diario y entraban en la celda revoloteando y reflejando todas las tonalidades del arcoíris en sus brillantes plumas. Era una celebración, su encierro más que una prisión era un claro luminoso en un bosque sombrío…
Y en la soledad pensaba en Himawari y le silbaba melodías que transportaban los diminutos ruiseñores, y que eran a la vez mensajes y canciones de amor conmovedoras, con palabras nunca pronunciadas en sonidos nunca oídos en un lenguaje que solo entendían los corazones sensibles.
«A veces, entre estas cuatro paredes te digo te amo en un suspiro, no excesivamente, pero te pienso…mucho…que es la manera silenciosa de decirte te amo. Cuando te pienso se genera una onda, una ola gigante que atraviesa las distancias inexistentes hasta ti…y quizás no me reconozcas en la cara feliz del niño que te sonríe sin motivo alguno, en el amarillo intenso de una flor que te hipnotiza, en la belleza de una hoja que se desprende de un árbol y te roza un hombro, quizás te sientas feliz sin motivo alguno y sientas la necesidad irresistible de compartir esa felicidad con la gente que te cruzas, y ríe tu alma a través de tus ojos y tu sonrisa…y se genera una ola gigante que recorre las distancias inexistentes y también me llega a mí».
Y le llegaba la respuesta.
«El pequeño ruiseñor me ha visitado esta mañana, oculto en la espesura de la madreselva me ha cantado y me ha emocionado. Ello mantiene mi corazón abierto a la esperanza de que la primavera no tarde en llegar y podamos reunirnos bajo los cerezos en el próximo hanami. Me ha llegado tu ola que recibo con inmensa dicha y en ella deposito los pétalos rojos de las flores de mi jardín secreto, convertidos en besos para que las aguas los lleven hasta ti».
Faltaba una semana para que las precoces flores de almendros y cerezos florecieran señalando el inicio de la primavera, pero en el aire tibio se presagiaba que algo no estaba bien, de que algo terrible iba a suceder, y así fue. Cuando faltaban cuatro días los cielos se cubrieron de nubes oscuras y grises, que se deshilachaban en jirones de neblina fría cayendo sobre árboles y plantas como telarañas vivas. Los brotes de tallos e inflorescencias quedaron cubiertos de una gruesa y opaca sustancia pegajosa, que les impedía respirar. Los árboles semejaban siniestros candelabros de plata envejecida. Un día después cayeron todos los brotes y capullos de flores convertidos en ceniza. Al día siguiente al amanecer habían desaparecido las nubes y el color verde ya no existía, la tierra estaba negra y sucia de hollín, el cielo era intensamente azul.
Hubo una gran revuelta popular, campesinos, comerciantes y soldados se concentraron delante de la residencia de gobernador, pidiendo su cabeza. De alguna manera sabían que aquella situación era la respuesta de la naturaleza, de los kamis, a su proceder. Sabios y consejeros que habían propuesto las medidas que habían llevado el hambre, la pobreza y las desgracias a la población solicitaron clemencia pues ellos también pasaban hambre y respiraban el mismo aire, pero ello no calmó al pueblo. Querían la cabeza del gobernador, lo odiaban profundamente, la rabia se había convertido en un dragón sediento de sangre.
Okusan corrió a refugiarse en lo más escondido y profundo del castillo, y sin saber cómo acabó en la puerta de la celda de Kenzo, no había guardias, tampoco el cautivo, la puerta no estaba cerrada con llave. Entró dentro y ello lo calmó inmediatamente, desapareció el miedo a que lo encontrasen y ejecutaran, de alguna manera se sintió feliz.
En la penumbra vio un cuenco de agua, tenía sed, vio reflejada una sonrisa temblorosa en su superficie. Miró aquellos ojos que lo observaban fijamente, había algo extraño en ellos, algo familiar, extendió los dedos para tocar aquel rostro y notó una superficie lisa y fría. Aquellos ojos que veía no eran otros que los suyos, cuando era niño.
Cayó de rodillas mientras lloraba, lo que nunca le estuvo permitido. Había olvidado los golpes pero no la pena, de todos aquellos pájaros que debía liberar el día de su mayoría de edad como celebración. Estaba muy feliz porque amaba las aves y dejarlas libres era el mejor regalo, pues ellas eran sus amigas y merecían ser libres. Les cantaba su canción preferida y ellas escuchaban girando el cuello, algunas incluso la repetían. Pero su padre interpretó aquel gozo como debilidad, iba a ser un hombre, y le propuso una terrible elección: poner la pajarera sobre una pira ardiente, o romperles el cuello uno a uno. Podía elegir el método pero no al verdugo, él mismo. No debía llorar, sino mostrar entereza.
El niño Okusan eligió despedirse de cada uno de los pájaros, eran sus amigos, comían de sus manos y lo saludaban con alegres trinos. Y cogió al primero con ternura…sintió la tibieza y el corazón acelerado de aquel cuerpecillo….ni un sollozo, ni un lloro, algo empezó a morir aquel día junto a la inocencia.
Y cavó en las capas de tierna nieve de su memoria profundamente, y sepultó aquella experiencia dolorosa allí, y el frio y los años se depositaron en forma de hielo, duro como el acero, impidiendo llegar a aquel lugar. Mas igual que las mejores katanas, hechas de láminas de acero, forjadas y plegadas cientos de veces sobre si mismas hasta alcanzar una dureza y un filo invencible, la forja esconde un secreto…el corazón, el núcleo de la hoja es de hierro dulce, y esa flexibilidad y maleabilidad es la que hace que la espada no se rompa al asestar un golpe, absorbiendo el impacto. Un corazón blando, paradójicamente es lo que convierte el filo en un arma legendaria.
Y en aquel instante, recordó la canción que les cantaba…las lágrimas habían derretido el frio glacial que aprisionaba los recuerdos. Se acurrucó en una esquina, vio las primeras estrellas hormigueando en el cielo a través del ventanuco y se durmió. Una fina lluvia caía de un cielo sin nubes, la luna se reflejaba en cada gota de plata como si lloviese luz. El silencio envolvió a Nagano como una cálida manta.
Una algarabía inmensa de trinos, cacareos, silbos y batir de alas estremecía la tierra y los cielos temblorosos, como si fuesen de cristal.
Okusan salió fuera de la fortaleza, el cielo plagado de colores y melodías inefables. Las gentes cantaban y saltaban por las calles y plazas, nobles y campesinos, algunos se le acercaron a saludarlo y abrazarlo, de alguna manera intuían que él había propiciado el cambio. Él se inclinaba ante ellos agradecido, durante mucho tiempo no había sabido lo que era sentirse amado. Un petirrojo se le posó en el hombro. Los brotes mostraban las primeras flores de cerezo, abriéndose lentamente. La lluvia había cantado toda la noche y los kamis habían limpiado y abrazado a los árboles que mostraban orgullosos sus hojas.
Los pájaros estaban llamando alegres a la primavera, a la manifestación de la vida, de las flores que esperaban por nacer, como lo habían hecho desde el principio. Cuando el primer pájaro se enamoró de la primera flor y le cantó. Cuando la primera flor habló…no con palabras, sino desprendiendo la exquisita poesía de su aroma.
El lenguaje del amor siempre está en el aire.
« El sufrimiento es una jaula que creamos nosotros mismos para encerrar dentro las emociones, los sentimientos, y así tenemos la sensación de controlarlos porque consideramos que son nuestros. Los pajarillos dentro de la jaula sobreviven, cantan el lamento de no ser libres, y a nosotros nos gusta pensar que están alegres, aun cuando mueran de pena porque nadie los entiende, nadie los escucha, nadie los abraza. Los barrotes son muros pero cuando escuchamos el canto, las voces de lo que nos quieren decir nuestros pájaros, entonces los barrotes son puertas abiertas al cielo azul. «
©Q.M.