Nerea y Maurice – La Martinica

—¿Y el océano? ¿Cómo son aquellas aguas? —le preguntó, y añadió—Nunca viajé tan lejos, nunca más allá de las columnas de Hércules.

—Aquellas islas son el paraíso sobre la tierra, aunque volcánicas las playas son de arena blanca. Las aguas son de un luminoso turquesa, nítido y transparente, tanto que los naturalistas no necesitan sumergirse en ellas para estudiar  los  fondos marinos y las miríadas de  seres que habitan en ellas. El clima es muy cálido y  húmedo, la tierra fértil y caliente la sangre, todo invita al amor. Creced y multiplicaos, dice en el libro santo, y todos los seres vivos de aquel edén se dedican a ello. Es una fiesta continua, donde flores, peces y aves de especies nunca vistas ni en París ni en Londres,  compiten para mostrar los colores más vivos e intensos imaginados. Llamaradas de color en guacamayos y loros de plumajes deslumbrantes y valiosos como la más exquisita de las gemas, flamencos y garzas surcan los cielos convertidos en nubes de tonalidades imposibles. Incluso hay aves como el colibrí, no mucho más grande que un abejorro que se alimentan del néctar de las flores. Las fragancias de las mismas excitan los sentidos, y los apetitos, tanto el hambre de alimentos cómo el hambre de caricias. Igual ocurre con las frutas, dulces, jugosas, deliciosas… incluso una se llama la fruta de la pasión. Y lo mejor es que toda esa vitalidad e intensidad se contagia a los hombres y mujeres. Vivir allí es un regalo que hace la vida.

Ella se quedó silenciosa. La mirada perdida en la línea del horizonte. Aquel día le preguntó:

—Maurice, ¿cómo es que no te quedaste a vivir allí, en aquel paraíso?

Él contemplaba las lejanías azules del mar y sin mirarla le dijo:

—Porque mi edén no estaba en aquellas tierras, sino junto a ti. Aunque primero debía encontrarte, o mejor dicho reconocerte. No sabía que aspecto tendría  la flor, únicamente tenía el aroma de su presencia. Era suficiente.

Maurice volvía día tras día al espigón desde que ella no estaba, Infelicidad. Los pensamientos y las olas de su memoria se  estrellaban violentamente en las rocas de su mente atormentada. Y sin embargo no perdía  la esperanza de verla  aparecer entre la espuma, como una diosa cabalgando las olas. Una vez más.

Su amada sirena se fue mar adentro una tarde de verano, en la playa quedaron sus sandalias y una nota escrita de su mano bajo la vestimenta: «Ningún hombre me ha amado como tú, volveré a nacer para poderte besar una vez más».

El espejo de Lucía – II

 Pero un día apareció un pensamiento nuevo, como suelen aparecer los pensamientos, de forma inesperada, una nube solitaria en el cielo, sin nadie que los cree: «Es para mí, porque merezco tanto gozo y promesas de felicidad futuras, además lo he encontrado yo, es mío».

Al pronunciar “mío” germinó una semilla de miedo oculta en capas muy antiguas, el temor a perder eso que le daba tanta bienaventuranza. La energía expansiva que llenaba el mundo de colores intensos, vivos y brillantes pareció apagarse un poco, disminuyendo su claridad y definición. En los cielos de zafiro, despejados y luminosos, aparecieron unos jirones de algodón blanco, la energía de la existencia se contrajo un poco más.

Lucía no sabía, Ricardo no sabía, que aquel proceso, aquellos cambios eran parte de la respiración del universo, expansión y contracción, creación y destrucción, dualidad…procesos naturales, al día sigue la noche, a la noche sigue el día…en todos los  cuentos de hadas, tarde o temprano, aparece un ogro, una bruja, un lobo, alguien definitivamente malvado. 

La personalidad de un niño rehúye siempre este personaje, lo atrae pero al mismo tiempo le teme, es lo desconocido, en el mundo no está solo él hay otros y ello acentúa su propia individualidad, su identidad. La personalidad del individuo intelectual y psicológica interpreta lo que acontece como si fuera resultado de su voluntad, sus decisiones, sus elecciones, su personalidad: «yo soy así». Pero el cuento, la fábula nos lo desmiente…la bruja es una manifestación “negativa” de la vida, imprescindible para comprender la parte “positiva” de la circunferencia que completa la rueda. No es personal, no hay nadie, un “alguien” haciendo nada. No hay magia o todo es mágico. La rueda gira pero es gracias al eje que permanece siempre inmóvil.

Oh Fortuna,

variable como la Luna

como ella creces sin cesar

o desapareces.

¡Vida detestable!

Un día, jugando,

entristeces a los débiles sentidos,

para llenarles de satisfacción

al día siguiente.

La pobreza y el poder

se derriten como el hielo.

ante tu presencia.

A Lucía no le gustaba que él hiciera vida independientemente de la suya… ¿dónde iba, de dónde venía, con quién se relacionaba? Tenía una fotografía, un cuadro con una imagen bucólica de lo que consideraba la pareja perfecta, dos seres cubiertos con unas hojas de parra al lado de un manzano de frutos rojos y brillantes. También tenía una agenda y un libro de instrucciones…e impuso restricciones y muchas condiciones para Ricardo. Para que encajase en el paisaje soñado de aquel cuadro, porque se estaba dando cuenta de que él no era tan perfecto,  tan especial, como creía.

La semilla del temor germinó y surgió un arbusto espinoso. Lucía sintió, inesperadamente,  que había sido un error conocerlo, se había equivocado en la elección  y se produjo la ruptura, de la cual hizo culpable a Ricardo. Así como de su dolor y sufrimiento por la separación. Se sentía engañada, llena de rabia, desilusionada y triste.

El destino de la salud

y de la virtud

está en contra mía,

es atacado

y destruido

siempre en tu servicio.

En esta hora

sin demora

toquen las cuerdas del corazón;

el destino

derrumba al hombre fuerte

que llora conmigo por tu villanía.

Ya no se veían pajarillos trazando estelas en cielos azules límpidos y luminosos, solo nubarrones grises. Y se encerró en su castillo intentando proteger su corazón  de heridas futuras. No le faltaban pretendientes, era bella y rica, poseía un gran tesoro del que ni tan siquiera ella conocía su magnitud, en  cámaras secretas bajo tierra. La inquietud apareció de nuevo. Tratando de aplacarla,  se dirigió con una antorcha a las profundas galerías subterráneas. Ello la mantendría ocupada y distraída de sus preocupaciones.

Y encontró enormes montículos cónicos de monedas de oro y plata, cofres repletos de joyas, piedras preciosas, los destellos de los zafiros, turquesas y rubíes rivalizaban entre ellos, vestidos refulgentes en la oscuridad y tapices confeccionados con sedas e hilos dorados. Pero lo que más la fascinó fue un enorme espejo de obsidiana negra, límpido y pulido como un lago de cristal líquido en una noche sin estrellas, extrañas inscripciones aparecían en la parte superior de  aquel ovalo brillante. Lo hizo trasladar a sus aposentos y preguntó a los más ancianos de la corte sobre la existencia del mismo, nadie había oído hablar del espejo negro, únicamente la vieja cocinera Matilde recordaba que siendo niña escuchó     hablar de un espejo parlante que había hecho enloquecer a la abuela de Lucía, y a consecuencia de ello fue depositado y olvidado en las profundidades del castillo.

Lucía era muy inteligente, pronto descubrió el misterioso sortilegio del cristal oscuro. Mostraba la imagen reflejada con una nitidez y agudeza tal que aspectos secretos de la persona que no se veían a simple vista eran visibles, por ello decían que hablaba. Y lo consultaba cada vez que tenía dudas sobre los propósitos de las personas que acudían a ella, y particularmente cuando un pretendiente se le acercaba con intención de cortejarla, para conocer lo que ocultaba, para evitar así ser herida.

El espejo le mostraba la imagen del candidato para ser su pareja y siempre era  especial,  rodeado de un halo resplandeciente, y el corazón de ella suspiraba de alegría…pero el espejo se equivocó, una y otra vez, hasta siete. Todos caballeros apuestos, valerosos y gentiles   al inicio de la relación, todos detestables al final. Ninguno cumplía la promesa de felicidad eterna, del ideal romántico representado en su cuadro imaginario.

Lloro por las ofensas de Fortuna

con ojos rebosantes,

porque sus regalos para mí

ella rebeldemente se los lleva.

Verdad es, escrito está,

que la cabeza debe tener cabello

pero frecuentemente sigue

un tiempo de calvicie.

Y un día se preguntaba ¿Por  qué me rehúye el amor? ¿Por qué solo me tocan individuos que me hacen sufrir? Y recordó todos los amores fallidos, ninguno funcionó como pensaba, siempre estaba la sensación de carencia, la sed que nadie podía apagar. Se sintió furiosa y engañada con la vida y con aquel espejo mentiroso, de un fuerte empujón lo estrelló contra el suelo. Se rompió en siete pedazos, en cada uno de ellos la imagen de un amante distinto. Al mismo tiempo había algo familiar en todos ellos, algo que no alcanzaba a ver, hasta que mirando con detalle los ojos descubrió que eran los suyos. Eran sus  propias pupilas. Nunca había llegado a ver realmente a sus  parejas, solo lo que imaginaba de ellas. No veía ni la simpatía, ni la gentileza, ni el sentido del humor o la bondad que poseían,  nada positivo… siempre el mismo dolor e idéntico sabor amargo. El temor a sufrir de nuevo proyectaba el pasado y condicionaba la visión de lo que acontecía en el presente.  La obsidiana no mentía. Recogió los fragmentos rotos y los unió. Frente a ella una hermosa mujer le sonreía, su futuro ya era presente, el pasado no existía.

En el trono de Fortuna

yo acostumbraba a sentarme noblemente

con prosperidad

y con flores coronado;

evidentemente mucho prosperé

feliz y afortunado,

ahora me he desplomado de la cima

privado de la gloria.

Cuando no esperas nada de nadie, cuando asumes y sabes que eres la Vida y su acontecer en el instante, te llega la certeza de que también eres la experiencia del amor y felicidad, el dolor y el sufrimiento y al mismo tiempo eres el experimentador de todo ello. No hay que pedirlo, conseguirlo o llegar a un lugar donde se encuentre o resida. Lo eres. No hay carencia, no hay que extender las manos para suplicarlo, porque ya tenemos las manos llenas y podemos dar, nos convertimos en un océano inmenso donde cada uno toma el agua que necesita. La felicidad de otros es la nuestra siempre porque no hay muchas felicidades, solo una. Ni muchos amores, solo uno. Ni muchos silencios, solo uno.

La rueda de la Fortuna gira;

un hombre es humillado por su caída,

y otro elevado a las alturas.

Todos muy exaltados;

el rey se sienta en la cima.

©Q.M.

25 N – No más jardines secretos

El 25 N, se conmemora una realidad que sigue existiendo, la violencia contra las mujeres en sus múltiples variantes. No basta con hacer memoria un solo día, ni oponerse a una forma de violencia contra, en este caso las mujeres, incluyendo, madres, esposas, hijas…No basta, pero al mismo tiempo es importante nuestra solidaridad, empatía y compromiso hacia todas ellas en un abrazo silencioso que transmita nuestro sentir: «No estás sola, estoy a tu lado, esta es mi mano, tómala». Hay muchos rincones sombríos y tenebrosos en la naturaleza humana, lugares donde se necesita la luz, la chispa de nuestra conciencia sensible para añadirla a otras chispas y alimentar esa hoguera, esa llama que ilumine y destierre a los monstruos que habitan en las sombras. No más jardines secretos…

Su marido era el mismo demonio como decía la canción de Cecilia, la diferencia estaba en que él no le regalaba ramitos de violetas, sino violáceas inflorescencias que recordaban una mano, la esfericidad imperfecta de un puño, el borde de un plato, los cortes de la botella al romperse y estallar contra la pared junto a su cara. Todo lo iba cubriendo el tiempo, con sus infinitesimales granos de arena, menos los relieves, los surcos ya secos y amarillentos que recordaban tallos de bambú marchitos, no olvida que cada chasquido del cinturón indicaba el brote de una nueva y dolorosa rama. Su piel, otrora nívea,  era el estampado, la creación floral de un modisto siniestro, el jardín secreto y oculto a las miradas donde su marido cultivaba flores del mal,  negras, moradas, púrpuras, ocres…, que ya nacían marchitas y muertas, crecidas sin la calidez de las caricias de los rayos del sol, solo tinieblas. Nunca habían conocido  la primavera ni la savia verde de la esperanza.

©Q.M.

Los niños perdidos

Me miro al espejo y le digo a la imagen

¿Dónde estás cuando no estoy contigo?

¿Perdido?

Tal es el prodigio que convocan las palabras,

Un truco de magia impresionante.

Y me divido en dos,

El lector y el protagonista,

El buscador y lo buscado,

El cofre del tesoro y el pirata.

Exterior e interior,

Día y noche,

Luz y tinieblas,

Todo acontece en mí, todo confluye en mí,

Soy el epicentro,

El ojo inmóvil del tornado,

Alrededor del cual gira el mundo.

Me gusta la aventura, los ogros y lobos,

Los cuentos de niños perdidos en el bosque,

Yo los escribo…

Y aunque parezcan extraviados

Siempre están perfectamente encontrados

Porque están hechos de mí,

Surgen en mí y

Se desvanecen en mí,

Son mi reflejo,

Igual que el sueño que tuve anoche,

Jamás un sueño abandona el corazón,

Ni puede un pájaro salirse del cielo.

© Q.M.

Momento de revelación

Si me olvido de tu nombre no dejo de verte aunque no estés ante mis ojos. Puede la memoria convertida en una anciana olvidadiza no recordar tu nombre, tu rostro, archivos en la mente que la vejez va borrando cruelmente, pero no puedo olvidarte a ti, tu voz, tu risa, tu nombre secreto es el mantra que pronuncia mi corazón con cada latido. No puedo olvidarte porque no estás hecha de memoria, de tiempo, sino de eternidad. Eternidad es la inmovilidad de las agujas en el reloj, el calendario sin hojas que nunca serán arrancadas, la ausencia de encuentro y despedida, eternidad es este instante. Un instante que no es aquí y ahora lo que implicaría la existencia de otro lugar y de otro momento. Un instante es la revelación de que el universo ha nacido para sentir esta emoción, este encuentro.

Ha hecho falta un Big Bang, un sistema solar, un planeta incandescente con un núcleo de fuego,  una cubierta de tierra y agua para que fuese posible la vida y una envoltura de aire azul. Y millones de años desde los primeros organismos vivos que poblaban los mares, hasta los gigantescos dinosaurios, evolucionando y diversificándose vegetales, y animales de todos los reinos, familias,  géneros y especies. Mamíferos, primates, simios, evolución del género “homo” hasta llegar a los más recientes, el hombre de Neanderthal y nosotros, el “Homo sapiens”…Prehistoria, historia, nacimiento y decadencia de civilizaciones y culturas, creación y destrucción, razas, invasiones, mestizajes…Como consecuencia de ello, de millones de ayeres repletos de acontecimientos, millones de seres vivos y muertos y trillones de emociones experimentadas, somos cometas con una estela de polvo de estrellas, residuos de otros seres biológicos, códigos genéticos, cadenas de ADN que  condicionan los cuerpos y sus reacciones.

Un día, lo que no deja de ser un prodigio, toda la magnitud de lo acontecido, de lo expuesto se concentra y materializa en la aparición de un cuerpo, yo. Con una finalidad, encontrarnos, porque así lo ha dispuesto el universo, la Vida. Me envuelve la gratitud, soy gratitud. Me envuelve el amor, soy amor.

V per Vendemmia, V per Vendetta

Vendemmia: Il grappolo è perfetto, un gioiello con le sue sfere di granato brillante. Viene schiacciato per ottenere il dono del suo sangue. La sofferenza è il fermento di un amore fallito. Richiede i segreti del tempo, l’alchimia dei misteri del cuore, prima di diventare squisito champagne. In questo processo, migliaia di bolle dorate salgono in superficie e scoppiano, liberando scintille di dolore. La sofferenza è come un bambino povero in un racconto di Dickens, vuole essere abbracciato, ascoltato, non respinto, spesso nasconde una chiave per la felicità.

Vendetta: Il fogliame sussurrava il tuo nome al vento, appellandosi alla tua sanità mentale, fermentando i raggi del sole in tutte le varietà cromatiche del fuoco. Un albero ardente che si spegneva con ogni foglia che si staccava, con ogni ricordo che si sbiadiva, con ogni menzogna, scusa e falso pentimento. A terra si fusero in un’ombra uniforme, senza sfumature, grigia: l’oblio. 

L’oblio è simile al silenzio, contiene tutte le parole cadute, espresse. Le sillabe non possono tornare ai rami, non possono più convocare la tua presenza, si decompongono nell’oscurità. In quella nerezza in cui riposi sotto terra. 

«Perché?». Mi chiedesti dopo lo sparo, mentre la vita tingeva di rosso le foglie già morte. 

—Voglio che le tue labbra sappiano solo pronunciare il mio nome —ti risposi.

Luisa Zambrotta – Gentileza, de Naomi Shihab Nye

Luisa Zambrotta – Gentileza – Traducción al español

En uno de los comentarios a una de mis publicaciones sobre el Día Mundial de la Gentileza (que se celebra cada año el 13 de noviembre), la amiga Deborah Gregory (autora del blog: A Liberated Sheep in the Post Shepherd World) propuso un poema. 

Lo encontré muy bello, por lo que decidí publicarlo aquí con algunas palabras de comentario y la versión italiana.

Este poema fue escrito en 1995 por la poeta, cantautora y escritora Naomi Shihab Nye. Sus obras desbordan espíritu humanitario y dan voz a su herencia mixta: padre palestino y madre americana. Después de los ataques del World Trade Center en 2001, la suya se convirtió en una importante y activa voz contra el terrorismo y los prejuicios hacia los árabe-americanos.

“Gentileza” es un poema filosófico que define la gentileza como una forma de vida, el resultado de sentir profundamente la propia existencia tras haber experimentado dolor, sufrimiento y soledad.

Fue escrito cuando Nye y su esposo estaban de luna de miel en Sudamérica. Mientras viajaban en un autobús en Colombia, fueron despojados de todo y otro pasajero fue asesinado. Más tarde, fue abordada por un desconocido que, al notar su angustia y saber lo que había sucedido, le dijo que simplemente sentía mucho lo ocurrido. 

Esto le inspiró este poema cuyos primeros versos son: “Antes de que sepas realmente qué es la gentileza / debes perder las cosas”.

(Traducción: Luisa Zambrotta)

Este poema está compuesto por tres secciones que exploran la gentileza desde diferentes ángulos. Cada estrofa comienza con frases similares, afirmando que se debe saber o aprender algo antes de entender qué es la gentileza.

En la primera estrofa, el altruismo y la pérdida se proponen como requisitos previos para comprender la gentileza: las personas deben liberarse de los pensamientos egoístas y dejar ir las cosas que aman y por las que han hecho de todo para mantenerlas.

Luego, Nye afirma que el segundo requisito para conocer la gentileza es la empatía: hay que aprender a ser empáticos con todas las personas, sin importar cuán distantes nos parezcan. En particular, hay que recordar la caducidad de la vida, comprendiendo que la muerte llega para todos nosotros en cualquier momento, quitándonos el “simple aliento”.

El último supuesto es el dolor, que forma parte de nuestra cotidianidad: cuando logramos entender que los demás están sufriendo justo como nosotros, nos damos cuenta del valor de la gentileza, la única forma de ser que hace la vida soportable, ya que somos “hilos” que forman el “tejido” de la humanidad.

En los últimos versos, la gentileza es personificada y comparada con un compañero constante contra la soledad que nos busca y nos encuentra: es solo abrazando  la gentileza como no estaremos nunca solos.

Tristania – Mysteries of love

Y entonces ella lo miró amorosamente y le dijo:

―Vivo llorando hace eones porque jamás he podido amar o ser amada. Tú llegas y te ofreces a mí dulcemente, sin temor. Siento la intensidad de tu cariño, de tu deseo. Eso me conmueve y sacia mi hambre por toda una eternidad. Me entrego a ti, porque es también mi voluntad. Con nadie experimentarás la plenitud como conmigo. A nadie podrías darle tu corazón tan abierto como me lo das a mí, jamás lo dañaré, mis manos son las alas de una mariposa. Nadie sabe amar tan plenamente, sin condiciones. Mis ojos te observan y penetran hasta donde tú mismo no has llegado nunca. Sé y comprendo cuál es tu ideal de la felicidad y del placer para llevarte a lo que concibes como el paraíso, para darte eso que tu espíritu anhela y jamás ha nombrado. Pero debes saber, Rosendo, que soy como las sirenas, si escuchas la belleza de mi canto enloquecerás y acabarás en los arrecifes. Aún estás a tiempo de descansar de tu vida, en paz. RIP. Si renuncias y vives lo prohibido, recuerda que encadeno los espíritus a través del placer y la felicidad, para siempre. No habrá olvido, ni sosiego. Piensa en ello ―advirtió.

 ―Deseo tu amor, estar contigo y poder quererte. ―le respondió.

Las nubes habían desaparecido de sus ojos, las pupilas resplandecían, luminosas, ambarinas. Era una mirada felina. De un salto subió al lecho, se evaporó la ropa y cayó desnuda sobre sus rodillas. Gateando, insinuante, se acercó a él. Le ofreció sus senos. Rosendo sintió la tremenda erección en su cuerpo desnudo y ello alimentó el volcán de su deseo. Sus manos se tendieron hacia ella. La habitación perdió corporeidad, las paredes se desvanecieron… Solos, en la inmensidad del espacio tibio y acogedor, sus cuerpos ardientes se encontraron, se acariciaron, se besaron, se saborearon. Apareció la sed, la sed intolerable de estar separado de ella. Sed que solo podía saciar fundiéndose en Tristania. La atrajo hacia sí, notó sus manos aferradas a sus nalgas, apretándose contra él, mezclándose con él, atravesándose con él, hasta desaparecer uno dentro del otro, una y otra vez, con intensidad infinita, solo anclados por la pasión, el epicentro del universo. Dos sexos y un solo cuerpo. El andrógino de Platón. Ahora lo entendía, ahora lo vivía. En algún lugar sonaba O Fortuna incrementando el éxtasis.

Miró a los ojos de Tristania, presintió que sería la última vez que vería a aquella mujer, un trozo de cielo negro lleno de estrellas, y le pareció ver una lágrima bajando por la mejilla. Estaba llorando, y lloró con ella, de alegría, de tristeza, no importaba. La abrazó aún más fuerte y sintió en su interior la llegada de un orgasmo, una erupción de placer sin límites, y se abandonó a la dicha. Se estaba yendo, disolviéndose, abandonándose en aquellos brazos, la mujer de su vida, de todas las vidas juntas, las esposas y amantes que fueron y serán. Sintió la explosión de sus fluidos, de su conciencia convertida en un río de sensaciones de lava ardiente que lo arrastraba, vaciándolo de sí mismo en ella. Como la burbuja en la ola de mar que regresa al océano, perdiendo todo rasgo individual, los límites no existieron; solo reinó una oscuridad insondable, sin principio ni fin, aterciopelada y cálida. Ni ella, ni él. Una matriz tibia y suave lo acogió. Silencio. Quietud.

© Q.M.

Kenzo el pescadero – II

Como dije antes, no todo el mundo recuperaba la felicidad.

Kenzo fue encerrado en una celda profunda del castillo de Okusan. Sin explicación alguna. La ropa que llevaba puesta, un jergón con paja seca, una vasija con agua, y un agujero estrecho en una esquina del suelo, por donde llegaba el rumor lejano de un arroyo, era cuanto poseía.  Justo sobre el desagüe en el techo, un rayo de sol se infiltraba por un ventanuco redondo por el que podía pasar un gato.

El señor feudal no iba a permitir que un individuo así fuese a corromper su buen gobierno, basado en el miedo a su autoridad y el respeto a las leyes establecidas. Aquel individuo era una amenaza y su encierro  serviría de escarmiento a los demás. «Más trabajar y menos fornicar, más esfuerzo y menos risas», «Hace falta más mano dura» le aconsejaron los sabios consejeros. El daimio no solo subió los impuestos a campesinos y comerciantes sino que se incrementaron las horas de trabajo obligatorias,  con lo cual el agotamiento sepultó bajo una pesada losa todo sueño de felicidad.

Considerando que los seres alados con sus trinos eran cómplices  de que la felicidad se propagase como una enfermedad, se le ocurrió un plan diabólico para matar dos pájaros de un tiro. Se prohibió la tenencia de toda ave de corral para el sustento. Gallinas, palomas y gansos fueron requisados y desaparecieron de las mesas de los pobres, con lo que el hambre los empujó a cazar las aves y pájaros del bosque para alimentarse.

En Nagano pronto dejaron de oírse los cantos armoniosos de las aves canoras, no solo enmudecieron jilgueros, mirlos y pinzones, también los  graznidos de cuervos y urracas, el zureo de las palomas, todos ellos formaban parte del esplendor del bosque. También cesaron las conversaciones alegres en el mercado, las risas de los niños, incluso el rumor del viento entre las hojas en los árboles. Pero lo peor era no escuchar el canto de los grillos a la luz de la luna, la noche parecía estar muerta y las estrellas desaparecieron del cielo.

Kenzo sabía que el mayor temor de las personas no era la oscuridad donde se agazapan secretos, tragedias familiares y horrores sin fin, cavernas de la mente repletas de monstruos invisibles pero cuyo roce sentimos frio sobre la piel. De tanto convivir con ellos olvidamos que no son más que invitados no deseados, huéspedes que se revuelcan en nuestra miseria, se alimentan de ella y engordan como cerdos. Kenzo sabe que el mayor miedo es encender la luz. Es la luz lo que más nos asusta porque es enfrentarse a lo desconocido y no hay ser más extraño y desconocido que uno mismo. Las personas se jactan de conocerse los  unos a los otros, de conocer de memoria la doctrina de Lao Tse, las escrituras de Confucio o las mil caras de los espíritus Shinto, pero la intimidad más grande y absoluta, la propia,  es muy inaccesible porque no requiere conocer, sino desprenderse de lo conocido.

Su cautiverio no le privó de la  dicha de estar con sus amigos alados. Pajarillos acudían a diario y entraban en la celda revoloteando y reflejando todas las tonalidades del arcoíris en sus brillantes plumas. Era una celebración, su encierro  más que una prisión  era un claro luminoso en un  bosque sombrío…

Y en la soledad pensaba en Himawari y le silbaba melodías que transportaban los diminutos ruiseñores, y que eran a la vez mensajes y  canciones de amor conmovedoras, con palabras nunca pronunciadas en sonidos nunca oídos en un lenguaje que solo entendían los corazones sensibles.

«A veces, entre estas cuatro paredes te digo te amo en un suspiro,  no excesivamente, pero te pienso…mucho…que es la manera silenciosa de decirte te amo. Cuando te pienso se genera una onda, una ola gigante que atraviesa las distancias inexistentes hasta ti…y quizás no me reconozcas en la cara feliz del niño que te sonríe sin motivo alguno, en el amarillo intenso de una flor que te hipnotiza, en la belleza de una hoja que se desprende de un árbol y te roza un hombro, quizás te sientas feliz sin motivo alguno y sientas la necesidad irresistible de compartir esa felicidad con la gente que te cruzas, y ríe tu alma a través de tus ojos y tu sonrisa…y se genera una ola gigante que recorre las distancias inexistentes y también me llega a mí».

Y le llegaba la respuesta.

«El pequeño ruiseñor  me ha visitado esta mañana, oculto en la espesura de la madreselva me ha cantado y me ha emocionado. Ello mantiene mi corazón abierto a la esperanza de que la primavera no tarde en llegar y podamos reunirnos bajo los cerezos en el próximo hanami. Me ha llegado tu ola que recibo con inmensa dicha y en ella deposito los pétalos rojos de las flores de mi jardín secreto, convertidos en  besos para que las aguas los lleven hasta ti».

Faltaba una semana para que las precoces flores de almendros y cerezos florecieran señalando el inicio de la primavera,  pero en el aire tibio se presagiaba que algo no estaba bien, de que algo terrible iba a suceder, y así fue. Cuando faltaban cuatro días los cielos se cubrieron de nubes oscuras y grises, que se deshilachaban en jirones de neblina fría cayendo  sobre  árboles y plantas  como telarañas vivas. Los brotes de tallos e inflorescencias quedaron cubiertos de una gruesa y opaca sustancia pegajosa,  que les impedía respirar. Los árboles semejaban siniestros candelabros de plata envejecida. Un día después cayeron todos los brotes y capullos de flores convertidos en  ceniza. Al día siguiente al amanecer  habían desaparecido  las nubes y el color verde ya no existía, la tierra estaba negra y sucia de hollín, el cielo era intensamente azul.

Hubo una gran revuelta popular, campesinos, comerciantes y soldados se concentraron delante de la residencia de gobernador, pidiendo su cabeza. De alguna manera sabían que aquella situación era la respuesta de la naturaleza, de los kamis, a su proceder. Sabios y consejeros que habían propuesto las medidas que habían llevado el hambre, la pobreza y las desgracias a la población solicitaron clemencia pues ellos también pasaban hambre y respiraban el mismo aire,  pero ello no calmó al pueblo. Querían la cabeza del gobernador,  lo odiaban profundamente, la rabia se había convertido en un dragón sediento de sangre.

Okusan corrió a refugiarse en lo más escondido y profundo del castillo, y sin saber cómo acabó en la puerta de la celda de Kenzo, no había guardias, tampoco el cautivo, la puerta no estaba cerrada con llave. Entró dentro y ello lo  calmó inmediatamente, desapareció el miedo a que lo encontrasen y ejecutaran, de alguna manera se sintió feliz.

En la penumbra vio un cuenco de agua, tenía sed, vio reflejada una sonrisa temblorosa en su superficie. Miró aquellos  ojos que lo observaban fijamente, había algo extraño en ellos, algo familiar, extendió los dedos para tocar aquel rostro y notó una superficie lisa y fría. Aquellos ojos que veía no eran otros que los suyos, cuando era niño.

Cayó de rodillas mientras lloraba, lo que nunca le estuvo permitido. Había olvidado los golpes pero no la pena, de todos aquellos pájaros que debía liberar el día de su mayoría de edad como celebración. Estaba muy feliz porque amaba las aves y dejarlas libres era el mejor regalo, pues ellas  eran sus amigas y merecían ser libres. Les cantaba su canción preferida y ellas escuchaban girando el cuello, algunas incluso la repetían. Pero su padre interpretó aquel gozo como debilidad, iba a ser un hombre, y le propuso una terrible elección: poner la pajarera sobre una pira ardiente,  o romperles el cuello uno a uno. Podía elegir el método pero no al verdugo, él mismo. No debía llorar, sino mostrar entereza.

El niño Okusan eligió despedirse de cada uno de los pájaros, eran sus amigos, comían de sus manos y lo saludaban  con alegres trinos. Y cogió al primero con ternura…sintió la tibieza y el corazón acelerado de aquel cuerpecillo….ni un sollozo, ni un lloro,  algo empezó a morir aquel día junto a la inocencia.

Y cavó en las capas de tierna nieve de su memoria profundamente, y sepultó aquella experiencia dolorosa allí,  y el frio y los años se depositaron en forma de hielo, duro como el acero, impidiendo llegar a aquel lugar. Mas igual que las mejores katanas, hechas de láminas de acero, forjadas y plegadas cientos de veces sobre si mismas hasta alcanzar una dureza y un filo invencible, la forja esconde un secreto…el corazón, el núcleo de la hoja es de hierro dulce, y esa flexibilidad y maleabilidad es la que hace que la espada no se rompa al asestar un golpe, absorbiendo el impacto.  Un corazón blando, paradójicamente es lo que convierte el filo en un arma legendaria.  

Y en aquel instante, recordó la canción que les cantaba…las lágrimas habían derretido el frio glacial que aprisionaba los recuerdos. Se acurrucó en una esquina, vio las primeras estrellas hormigueando en el cielo a través del ventanuco y se durmió. Una fina lluvia caía de un cielo sin nubes, la luna se reflejaba en cada gota de plata como si lloviese luz. El silencio envolvió a Nagano como una cálida manta.

Una algarabía inmensa de trinos, cacareos, silbos y  batir de alas estremecía  la tierra y los cielos temblorosos, como si fuesen de cristal.

Okusan salió fuera de la fortaleza, el cielo plagado de colores y melodías inefables.  Las gentes cantaban y saltaban por las calles y plazas, nobles y campesinos, algunos se le acercaron a saludarlo y abrazarlo, de alguna manera intuían que él había propiciado el cambio. Él se inclinaba ante ellos agradecido, durante mucho tiempo no había sabido lo que era sentirse amado. Un petirrojo se le posó en el hombro. Los brotes mostraban las primeras flores de cerezo, abriéndose lentamente. La lluvia había cantado toda la noche y los kamis habían limpiado y abrazado a los árboles que mostraban orgullosos sus hojas.

Los pájaros estaban llamando alegres a la primavera, a la manifestación de la vida, de las flores que esperaban por nacer, como lo habían hecho desde el principio. Cuando el primer pájaro se enamoró de la primera flor y le cantó. Cuando la primera flor habló…no con palabras, sino desprendiendo la exquisita poesía de su aroma.

 El lenguaje del amor siempre está en el aire.

« El sufrimiento es una jaula que creamos nosotros mismos para encerrar dentro las emociones, los sentimientos, y así tenemos la sensación de controlarlos porque consideramos que son nuestros. Los pajarillos dentro de la jaula sobreviven, cantan el lamento de no ser libres, y a nosotros nos gusta pensar que están alegres, aun cuando mueran de pena porque nadie los entiende, nadie los escucha, nadie los abraza. Los barrotes son muros pero cuando escuchamos el canto, las voces de lo que nos quieren decir nuestros pájaros, entonces los barrotes son puertas abiertas al cielo azul. «

©Q.M.