Musguito

 Musguito

Bruno mira a través de la ventana empañada de vapor como cae la nieve, fuera hace frío, los carámbanos de hielo brillan convertidos en cristales dorados acariciados por el sol naciente, son los adornos de la navidad ya pasada. Un niño en la calle arrastra un trineo y canta una nana mientras acaricia un abeto diminuto abandonado junto a un contenedor de basura, de pronto se gira hacia él y puede ver sus ojos verdes como una hoja de menta de los cuales caen lágrimas de color esmeralda.

“¡Abuela, abuela!” llama sin apartar sus ojos del niño de ojos verdes.

La anciana acude alarmada, y mira lo que señala su nieto. Un anciano con una gabardina vieja y rota, los hombros y la cabeza cubierta de nieve, coge con dulzura un arbolito que aún conserva cintas plateadas de espumillón y lo deposita en un trineo de madera. Camina sobre la blanda nieve sin dejar huellas de sus pies y desaparece tras una cortina blanca de copos algodonosos arrastrando el trineo.

“Ven mi tierno retoño Bruno, siéntate junto a mí” le dice, mientras le hace sitio en la mecedora al lado del fuego. Las llamas se reflejan en las pupilas de ambos.

La anciana suspira profundamente tomando aire y su voz convertida en una melodía de campanillas de cristal y cascabeles surge de su boca.

Musguito, musguito, espíritu del bosque

Te ofrezco en mi huerto un rinconcito

Donde traer tus arbolitos, donde sanar su tristeza,

No todos los humanos os quieren mal…

© Q.M.

La máscara

Teresa recuerda que caminaban cogidos de la mano en silencio, con la devoción y el enamoramiento de sus catorce años. De repente, Ignacio se detuvo frente a un abedul, hurgó en un bolsillo y extrajo la navajilla de buscar setas; cortó un rectángulo perfecto en la corteza nívea del árbol y la desprendió con cuidado. Se giró de espaldas para que ella no viera lo que hacía —le encantaba sorprender— y tras unos minutos en los que solo veía gesticular sus brazos, se volvió.

—Ten, es para ti —alargó la mano y le tendió el objeto.

Era una máscara tosca, pero bien ejecutada. Había recortado las cuatro esquinas hasta darles una forma elíptica, cortó dos orificios almendrados para los ojos y otro con forma triangular para alojar la nariz. No tenía boca.

—Decían los antiguos celtas que el abedul es un árbol sagrado; el color blanco de su tronco destaca entre las frondas boscosas más oscuras, esa visibilidad la asociaban con claridad para ver el futuro. Tallaban caretas con su madera y las usaban para ver más allá. Lo vi en un documental de National Geographic —fue su explicación.

Hace mucho tiempo de aquello. Se marchó felizmente, sin dolor, con su largo cabello castaño recogido en dos trenzas vikingas entretejidas con hilos de oro. Llevaba su vestido favorito, estaba radiante, lo veía reflejado en las lágrimas de los que se despedían de ella. Ignacio también estaba muy guapo, tan serio.

Él tenía razón sobre el abedul y sus cualidades mágicas. Se detiene una vez más en el mismo lugar de antaño, el árbol se encuentra ante ella, inconfundible, conserva la cicatriz en la piel. Alarga la mano y busca dentro del bolso, saca la máscara, ya grisácea, reseca y endurecida por el paso del tiempo —sus trenzas son del mismo color—, la rigidez la ha agrietado dibujando una boca que sonríe. Le colocó una cinta roja y puede anudársela a la nuca sin tener que sujetarla con las manos. La ajusta a la cara y sigue caminando. No tardará en llegar.

Lo encuentra tras un recodo del cauce, sentado en una roca cerca del agua, con un palo dibuja ondas y estelas en la corriente, efímeras, sin duración en el tiempo, pero no por ello menos reales. Su escaso cabello y bigote son de color marfil. Se levanta al verla, la saluda con un gesto de la mano, se acerca a ella y la besa. Caminan juntos cogidos de la mano, la hojarasca crepita a su paso, los árboles susurran en un lenguaje arcano. No sienten la necesidad de hablar, las manos comunican sus corazones.

—Ya no la necesitamos —dice Teresa. Se quita la máscara y la guarda de nuevo en el bolso. Tras una breve pausa añade:

— Hasta ahora nos encontrábamos a medio camino, yo esperando en la estación, tú viniendo y volviendo en el tren. Las despedidas eran lo más difícil de soportar, sobre todo para el que se queda en el andén.

Se detienen para mirarse, el uno reflejado en los ojos del otro, diminutos, detrás de la ventana por la que mira el alma. Teresa se contempla en las pupilas de Ignacio, observa como su cabello crece y se torna del color de las castañas, desaparecen algunas arrugas y siente ligereza al esfumarse los años. Ignacio presencia, a su vez, como se le borra el bigote, el cabello negro vuelve a ocupar las zonas abandonadas y su espalda se flexibiliza y endereza. Sus cuerpos están cambiando, no saben cómo, regresan a los catorce años.

© Q.M.

The Wild Heart

Viajar de la mano de Evosia Studios no defrauda nunca:

«La pasión de Henry por el arte, la naturaleza y la medicina proviene de su creencia de que los poderes curativos de la naturaleza pueden rejuvenecer el cuerpo, relajar la mente, abrir el corazón y liberar el espíritu.»

Así como dejarse transportar de la mano y la música de Justin R.Durban. https://www.justindurban.com/https://www.justindurban.com/

Evosia Studios

Henry Jun Wah Lee is an internationally-recognized award winning filmmaker and photographer. He is also a practicing Physician of Traditional Chinese Medicine based in Los Angeles. Henry’s passions for art, nature and medicine come from his belief that the healing powers of nature can rejuvenate the body, relax the mind, open the heart and free the spirit. His work has appeared worldwide on television, film, and in the press. Clients include Canon, National Geographic, Samsung, LG, Vizio, The BBC, PBS, Epson, Panasonic, Mitsubishi, Sigur Ros, Mono, SmugMug, Japan Railroad Company, the British Government and the European Union.

Océanos de asfalto – III – La esperanza es una sirena de cristal.

Océanos de asfalto, donde se deslizan leyendas de sirenas con voz de cristal que cantan a los perdidos,
a los olvidados un tema inmortal, sanando corazones con su melodía sobrenatural.
Caretas espantosas ocultan rostros curiosos,
monstruos surgen de las tinieblas a su encuentro
ella no los teme y con cada estrofa musical, trae luz al abismo,
acerca a los mortales el cielo,
curando las heridas, ofreciendo una sonrisa, una palabra de consuelo.
En este mundo sombrío y hostil, su presencia es un faro, una guía, una mano hermana
su sonrisa luz de estrellas que ilumina los rincones y entibia la existencia humana
Resuena en las tempestades su voz, y las tormentas se calman y postran a sus pies.
Bálsamo del espíritu son sus palabras, nanas que acunan las emociones.
El niño deja de llorar, en el silencio, su canto resuena y conmueve.
Y crea un mundo de esperanza porque es entrega, luz, amor y dulzura.
a su paso surgen campos de flores que cubren el gris asfalto de vivos colores
Su ternura salva mundos.
Océanos de asfalto, donde se deslizan leyendas de sirenas con voz de cristal
que cantan a los perdidos, a los olvidados un tema inmortal,
sanando corazones con su melodía sobrenatural.

© Q.M.

Océanos de asfalto – II

 Rayos oblicuos del sol en las profundidades iluminan a viajeros perdidos,
náufragos sin timón, vidas sin rumbo y reos condenados a arrastrar en sus pies cadenas.
Las almas se esconden de miradas ajenas tras máscaras agresivas de monstruos y seres violentos,
pretenden impresionar, asustar,
pero bajo la apariencia espantosa criaturas solitarias y asustadas curan viejas heridas y penas.
Jóvenes sin futuro cierto, su descontento transformado en llamas ardientes,
Fuego en las calles, desesperación, que devora sus almas evanescentes.
Incertidumbres y temores disfrazados de imprudente osadía.
Violencia en las palabras, en las miradas, en las manos armadas,
valentía en manada, miedo en soledad.
Agresividad con el extraño, con el diferente, con el más débil se ensaña, la lucha oculta su dolor latente.
Un niño llora, pero nadie te presta atención.
Tus insultos, tu rebeldía es tu clamor, quieres ser escuchado, amado…
y te encuentras en un laberinto sin salida.

© Q.M.


Océanos de asfalto – I

En fríos océanos de asfalto donde el sol apenas calienta,
en barrios marginales sumergidos bajo aguas grises,
monstruos colosales, espectros de un pasado que nunca existió,
emergen en playas sucias que no aparecen en postales.

Ballenas varadas, cetáceos destripados mostrando sus entrañas de acero.
Arrecifes de coral colonizan hierros retorcidos y cristales rotos,
sepultando promesas engañosas sobre un futuro de abundancia, trabajo y dinero,
Industria, casas con jardín y piscina, la gente soñaba una ilusión divina,
pero despertó a una cruda realidad, un juego de magia que anunciaba ruina.
Gobernantes mentirosos y crueles manejaban falsas excusas,
jugando con las esperanzas ajenas a la ruleta rusa.

Paisaje distópico de desesperación es el alma humana,
tiempo estancado, la felicidad se escurre entre los dedos,
no hay fechas festivas en el calendario,
Eclipse eterno de las ilusiones.
En un cementerio de naves a la deriva se convierte la existencia,
varadas sobre dunas de arena mentes fatigadas dormitan inquietas.

© Q.M.

No es solo ruido

Tiene mala prensa, quizás debido a que es un poco el terror de los vecinos cuando escuchan el sonido inconfundible de un tambor retumbando en el inmueble. «Hemos apuntado a Manolito a clase de música, de percusión», nos dice la madre entusiasmada y sonreímos forzadamente: «Qué buena noticia, lo bueno que es para los niños aprender música». No podía ser un flauta como todo el mundo, pensamos secretamente.

En este caso no es Manolito, soy yo el que está en una escuela de música aprendiendo percusión. Y he comprado unos paquetes de algodón primorosamente envueltos en papel de regalo para repartir entre mis vecinos… 🙂

Otoño

Un estremecimiento sacude el árbol, caen las hojas marchitas de las ramas convertidas en lágrimas de fuego. Aún retienen sobre su piel los colores fermentados del sol de otoño que la lluvia no puede borrar. El corazón a veces se convierte en un delicado y cálido cojín de tiernos y melancólicos recuerdos, trenzado con hilos plateados de melancolía e hilos dorados de felicidad.

©Q.M.