Yukiko II

—Eras una niña, siempre querías jugar con tu hermano a los samuráis, pero él te ignoraba, decía que no eran habilidades para una señorita. Y lo seguías como un perrillo buscando caricias.

—Recuerdo que Kenichi, compasivo o cansado de oírme, me hizo una espada con una caña de bambú, pero me advirtió: «Que no te vea nadie practicar con ella o no encontrarás esposo nunca. A los maridos les gustan las esposas dóciles que preparan la ceremonia del té, que componen delicados arreglos florales,  una guerrera los confunde y da miedo».

—Sí, eras la encarnación de una samurái diminuta, con tus dos trenzas negras cogidas con una goma blanca, el ceño fruncido y expresión enfadada, blandiendo la espada, haciéndola silbar y golpeando las ortigas. Hasta que aquel día ocurrió el suceso: Estaba tendiendo la ropa lavada al sol, cuando una mariposa iba a posarse en la cuerda, se oyó un grito, seco y agudo, sonó como: ¡hai! Y la mariposa hizo una maniobra espasmódica y cayó muerta al suelo. Volví a escuchar el sonido y miré entre la ropa tendida, eras tú, con cada corte en el momento de golpear emitías el chillido. Supe que era el kiai, tus hermanos lo gritaban constantemente.

—Había visto practicarlo a ellos —«es la emisión de energía, el mí, cuando golpeas expulsas el aire de golpe y gritas con toda tu furia, eso atemoriza y paraliza al adversario»— me había explicado Kenichi en uno de sus tantos consejos secretos. Claro que yo no sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Solo sé que con cada grito, caía muerta una vida, una abeja, una langosta, una araña, incluso los simpáticos abejorros. Las moscas dejaron de ser una molestia dentro de casa. No era crueldad, ni era mi voluntad matar aquellos insectos, era curiosidad, veía las alas rotas de los insectos voladores, los abdómenes reventados, las pequeñas manchas de sangre,  y trataba de comprender ¿cómo y por qué? de aquel poder misterioso. Hasta el día en que el grito hizo caer al gorrión.

—Lo recuerdo, estabas llorando, histérica, el pajarito se agitaba en tus manos con los ojos semiabiertos, vidriosos, sangrando por el pico, su cuerpo se agitaba de dolor y aleteaba sin parar. Me pediste ayuda, y yo lo tomé en mis manos, era una sensación horrible de impotencia, de sufrimiento intolerable. Distraje tu atención señalándote a otro gorrión posado en una rama y le torcí el cuello. Dejó de sufrir. Desde aquel día no volviste a  gritar y te volviste muda.

—Me sentía tan mal y arrepentida de aquella muerte que yo había causado. Me daba miedo a mí misma como poseedora de un poder inexplicable que no podía controlar. Decidí callar para siempre.

Pero en Nagano las tradiciones perviven, así como las supersticiones, aunque  nadie sabía de tu facultad secreta en la voz, no tardó quién vio en tu mutismo un signo desfavorable. Las habladurías lo achacaban a la maldición de un yokai o un tengu enfurecido que te había castigado por algo que ellos desconocían. Temerosos y recelosos, comenzaron a excluirte. Se apartaban de ti en la escuela, te insultaban llamándote demonio, hasta que tu aislamiento fue total.  Fue entonces cuando decidimos, con tu padre, llevarte a la montaña, a una gruta cercana al templo de Kuzuryu, allí vivía otro marginado, un asceta solitario, un yamabushi —adorador de las montañas—. Y le expusimos lo que había sucedido, lo asombroso de tu voz y de tu silencio consecuente.

Ame hizo una pausa, rememorando. Yukiko aprovechó para continuar la historia:

—Nunca había pasado tanto miedo. Entrar en la cueva y verlo allí sentado, meditando, los ojos cerrados, dos ranuras apenas visibles bajo el alero peludo que formaban unas cejas hirsutas y espesas, grises como la barba que cubría su rostro. Lo más sorprendente era la nariz, grande y rojiza como un boniato. Aquel hombre era espantoso, semejante a un macaco de los que frecuentan las aguas termales, olía mal y, —no pude evitar rascarme—, quizás incluso tuviese piojos.

Repentinamente, abrió los ojos y clavo unas pupilas furiosas en mí. Una era amarilla, la de un depredador, la otra verde como una hoja de camelia. Me encogí de miedo al sentir una presión creciente en el pecho mientras aquellos ojos no dejaban de mirarme. Y sucedió lo inesperado, se puso a reír a carcajadas y estuvo así un buen rato hasta que se detuvo en seco y con cara seria dijo:

—Así que esta es la pequeña cereza amarga —Nigaisaku—, amarga e insolente.

Tú y papá enrojecisteis e inclinabais la cabeza ceremoniosamente, una y otra vez, pidiendo disculpas por mi mal comportamiento.

—Os ruego disculpéis su lengua sensei…pero ¿cómo es que la llamáis así? si  no ha abierto la boca, es muda.

— ¿Muda? Diles la verdad Nigaisaku  —susurró el ermitaño,  mientras se sacudía una pelusa del hombro— Estamos esperando tu explicación.

—No podía negarme a responder, era una orden imperativa, las palabras apenas audibles, la fuerza invisible tras ellas, atronadora. Él sonreía divertido. Sentí un calor ardiente ascender por mis pies, desde el suelo, y como subía, un río de lava ardiente tras mis mejillas…

—Y la vena, se te hinchó la vena del lado izquierdo de la sien —interrumpió Ame — Y entonces estallaste a llorar desconsoladamente. Y entre lagrimones volviste a hablar:

—Lo siento sensei, lamento haberlo llamado macaco piojoso. —dijiste

«Hija, los kami te han devuelto la voz, y quizá tengamos que lamentarlo. Perdón, honorable anciano, es solo una niña», dijo tu padre.

—Con carácter, me gusta —fue la respuesta del maestro.

© Q.M.

Yukiko I

Asistieron al funeral una veintena de personas, entre vecinos del barrio y antiguos compañeros de trabajo de la oficina postal de Nagano. A él le hubiese gustado así, en la intimidad, sin hacerse notar, igual que en el antiguo entrenamiento del bushido: caminar sobre una lámina de fino papel de arroz, sin arrugarla ni hacer ruido.

 Yukiko dispuso un retrato de su padre sonriente junto al féretro, la fotografía la habían realizado en una visita que realizaron al santuario shinto de Okusha,  abrazado a uno de los más de trescientos cedros de la avenida de acceso al templo, alineados y erguidos como centinelas silenciosos.   

Fue la última vez que la familia celebró algo tan trivial como el placer de estar juntos y compartir. Prolongando los instantes felices ante el devastador mensaje que los dos hermanos habían anunciado tres días antes: en el plazo de un mes se incorporarían al Ejército Imperial. No obstante, aquel día tanto las preocupaciones como las nubes estuvieron ausentes. Los cielos limpios eran una bendición de Okami —dragón de la lluvia y la nieve— nada podía empañar aquel momento.

Una vendedora ambulante con la carreta situada a la entrada del templo vendía  sakuramochi —bolas de arroz glutinoso teñido  de rosa, relleno de pasta de  judías rojas y cubierto con una hoja de cerezo encurtida—. Los tres hijos arrancaron  a correr hacia el puestecito convertidos en niños golosos y hambrientos. Ame y Toshiro se reían a carcajadas.

—Se acerca el Festival de las Niñas, ya estamos llegando a Marzo —comentó Toshiro.

—Sí, este año habrá pocas celebraciones, dudo mucho de que los gobernantes con su política de crisis estén muy conformes. Ya conoces la frase: «Estamos en tiempos de guerra, se pide colaboración y austeridad a la población».  —le respondió Ame.

—Cierto, no solo se ha creado el nuevo estado japonés de Manchukuo, en China, sino que se habla de política expansionista hacia el sur, el Pacífico.

—Es el apetito insaciable de las grandes potencias,  sin tener en cuenta que la abundancia de unos a menudo genera la pobreza de otros. Los campos se van abandonando, y las cosechas perdiendo, por falta de brazos que los cultiven. Se avecinan malos tiempos.

—Ya vendrán o no…nunca se sabe, lo qué es real en estos instantes es la salivación que me producen los mochi que estoy viendo. Se me cae la baba.

Rieron y aceleraron el paso. El tenderete de la vendedora estaba rodeado de un enjambre de niños excitados, riendo y dando gritos de alegría.

Una formación de seis aviones cruzó los cielos en dirección al oeste, dejando un rumor siniestro a su paso, las aves callaron, los niños enmudecieron y alzaron los ojos al cielo, muy serios.

Ame apretó con fuerza el o-fuda, amuleto familiar que le habían expedido en el templo, esperando que la deidad invocada protegiese su hogar.

Habían pasado ya cinco años de aquel día. Yukiko tenía trece años y biológicamente era ya una mujer.

El funeral se dio por concluido, los asistentes se fueron despidiendo dejando sobre la mesa un sobrecito blanco. Yukiko recogió las ofrendas y contó el dinero que contenían. Memorizó el importe y el nombre de cada una de las familias donantes. Era un préstamo instantáneo para poder costear los gastos del sepelio, aunque a largo plazo existía la obligación —giri— de  devolverlo.

Aún no habían podido devolver el dinero prestado para el funeral de su madre, acontecido unos meses antes. Ame había muerto de pena. Envejeció  ostensiblemente, en apenas unos meses, cuando le notificaron la muerte de su hijo. Había perdido el apetito y renunciado a comer, incluso el pescado uno de sus alimentos preferidos. Extrañada del comportamiento, Yukiko le preguntó el motivo:

—Vamos a ver madre, con lo que te gusta la caballa y la he frito como a ti te encanta, acompañada de nabo adobado. ¿Qué ocurre? Te vas a enfermar si no comes.

—Es por tus hermano, Kenichi. La incertidumbre de su muerte me atormenta, mi imaginación es la más cruel de las torturadoras. Me lo muestra entre llamas, con los ojos blancos, cocidos como los de un pez. Me llama y me busca en mis sueños, con las manos extendidas de las que cuelgan jirones de carne calcinada y sanguinolenta. Yo le digo «estoy aquí» pero no puede verme, está ciego y llora. O quizá murió ahogado, los ojos desorbitados, el cuerpo pálido, muy blancuzco, mórbido y frío reposando en las oscuras profundidades, devorado por los peces. Yo no puedo alimentarme de mi hijo. ¿Dónde fue a parar su cuerpo? ¿quizá un trocito de él es parte de cualquier pescado que comamos? Recuerda el hilo rojo, nos une para siempre. No puedo más Yukiko, no puedo.

La tortura duró un año más. Al llegar el hanami —festividad de contemplación de los cerezos en flor— su vida se extinguió, como una flor más desprendiéndose dulcemente del árbol de la existencia. Recuerda la última conversación:

—Madre, dicen que en Hiroshima, ya están brotando y renaciendo los viejos ginkgos como el ave fénix de las llamas,  pese a que todavía no hace un año de la explosión de la bomba —le contaba, tratando de animarla— Es una buena noticia, da esperanza en la recuperación de todo lo que se perdió ¿no crees?

—La esperanza está perdida, los espíritus nos han abandonado, tu hermano ya no me visita, ha olvidado el respeto a los mayores, además soy su madre. Luego me pregunto ¿para qué iban a querer venir a esta tierra empobrecida, devastada, arrasada por los bombardeos y la guerra? Posiblemente estén en alguno de los paraísos de Amida, pescando carpas, en ausencia de la infelicidad que recorre el mundo. Kenichi tendrá de nuevo sus ojos y la piel tersa y joven.

—Dice Doreka que la partida es solo para el cuerpo, no para el espíritu. La muerte no es dolorosa, las causas pueden serlo. Morimos cada día, es el alivio de quitarse unos zapatos muy apretados, es el deseo de dormir profundamente al acostarte, es el olvido absoluto de todo.  La infelicidad es el recuerdo, el no descanso. Seguramente, madre, tienes razón, mi hermano camina descalzo y feliz sobre fresca hierba verde.

—Lo puedo ver, lo puedo ver…¡qué alegría Kenichi!

Murió con lágrimas en los ojos y una sonrisa de felicidad.

© Q.M.