—Eras una niña, siempre querías jugar con tu hermano a los samuráis, pero él te ignoraba, decía que no eran habilidades para una señorita. Y lo seguías como un perrillo buscando caricias.
—Recuerdo que Kenichi, compasivo o cansado de oírme, me hizo una espada con una caña de bambú, pero me advirtió: «Que no te vea nadie practicar con ella o no encontrarás esposo nunca. A los maridos les gustan las esposas dóciles que preparan la ceremonia del té, que componen delicados arreglos florales, una guerrera los confunde y da miedo».
—Sí, eras la encarnación de una samurái diminuta, con tus dos trenzas negras cogidas con una goma blanca, el ceño fruncido y expresión enfadada, blandiendo la espada, haciéndola silbar y golpeando las ortigas. Hasta que aquel día ocurrió el suceso: Estaba tendiendo la ropa lavada al sol, cuando una mariposa iba a posarse en la cuerda, se oyó un grito, seco y agudo, sonó como: ¡hai! Y la mariposa hizo una maniobra espasmódica y cayó muerta al suelo. Volví a escuchar el sonido y miré entre la ropa tendida, eras tú, con cada corte en el momento de golpear emitías el chillido. Supe que era el kiai, tus hermanos lo gritaban constantemente.
—Había visto practicarlo a ellos —«es la emisión de energía, el mí, cuando golpeas expulsas el aire de golpe y gritas con toda tu furia, eso atemoriza y paraliza al adversario»— me había explicado Kenichi en uno de sus tantos consejos secretos. Claro que yo no sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Solo sé que con cada grito, caía muerta una vida, una abeja, una langosta, una araña, incluso los simpáticos abejorros. Las moscas dejaron de ser una molestia dentro de casa. No era crueldad, ni era mi voluntad matar aquellos insectos, era curiosidad, veía las alas rotas de los insectos voladores, los abdómenes reventados, las pequeñas manchas de sangre, y trataba de comprender ¿cómo y por qué? de aquel poder misterioso. Hasta el día en que el grito hizo caer al gorrión.
—Lo recuerdo, estabas llorando, histérica, el pajarito se agitaba en tus manos con los ojos semiabiertos, vidriosos, sangrando por el pico, su cuerpo se agitaba de dolor y aleteaba sin parar. Me pediste ayuda, y yo lo tomé en mis manos, era una sensación horrible de impotencia, de sufrimiento intolerable. Distraje tu atención señalándote a otro gorrión posado en una rama y le torcí el cuello. Dejó de sufrir. Desde aquel día no volviste a gritar y te volviste muda.
—Me sentía tan mal y arrepentida de aquella muerte que yo había causado. Me daba miedo a mí misma como poseedora de un poder inexplicable que no podía controlar. Decidí callar para siempre.
Pero en Nagano las tradiciones perviven, así como las supersticiones, aunque nadie sabía de tu facultad secreta en la voz, no tardó quién vio en tu mutismo un signo desfavorable. Las habladurías lo achacaban a la maldición de un yokai o un tengu enfurecido que te había castigado por algo que ellos desconocían. Temerosos y recelosos, comenzaron a excluirte. Se apartaban de ti en la escuela, te insultaban llamándote demonio, hasta que tu aislamiento fue total. Fue entonces cuando decidimos, con tu padre, llevarte a la montaña, a una gruta cercana al templo de Kuzuryu, allí vivía otro marginado, un asceta solitario, un yamabushi —adorador de las montañas—. Y le expusimos lo que había sucedido, lo asombroso de tu voz y de tu silencio consecuente.
Ame hizo una pausa, rememorando. Yukiko aprovechó para continuar la historia:
—Nunca había pasado tanto miedo. Entrar en la cueva y verlo allí sentado, meditando, los ojos cerrados, dos ranuras apenas visibles bajo el alero peludo que formaban unas cejas hirsutas y espesas, grises como la barba que cubría su rostro. Lo más sorprendente era la nariz, grande y rojiza como un boniato. Aquel hombre era espantoso, semejante a un macaco de los que frecuentan las aguas termales, olía mal y, —no pude evitar rascarme—, quizás incluso tuviese piojos.
Repentinamente, abrió los ojos y clavo unas pupilas furiosas en mí. Una era amarilla, la de un depredador, la otra verde como una hoja de camelia. Me encogí de miedo al sentir una presión creciente en el pecho mientras aquellos ojos no dejaban de mirarme. Y sucedió lo inesperado, se puso a reír a carcajadas y estuvo así un buen rato hasta que se detuvo en seco y con cara seria dijo:
—Así que esta es la pequeña cereza amarga —Nigaisaku—, amarga e insolente.
Tú y papá enrojecisteis e inclinabais la cabeza ceremoniosamente, una y otra vez, pidiendo disculpas por mi mal comportamiento.
—Os ruego disculpéis su lengua sensei…pero ¿cómo es que la llamáis así? si no ha abierto la boca, es muda.
— ¿Muda? Diles la verdad Nigaisaku —susurró el ermitaño, mientras se sacudía una pelusa del hombro— Estamos esperando tu explicación.
—No podía negarme a responder, era una orden imperativa, las palabras apenas audibles, la fuerza invisible tras ellas, atronadora. Él sonreía divertido. Sentí un calor ardiente ascender por mis pies, desde el suelo, y como subía, un río de lava ardiente tras mis mejillas…
—Y la vena, se te hinchó la vena del lado izquierdo de la sien —interrumpió Ame — Y entonces estallaste a llorar desconsoladamente. Y entre lagrimones volviste a hablar:
—Lo siento sensei, lamento haberlo llamado macaco piojoso. —dijiste
«Hija, los kami te han devuelto la voz, y quizá tengamos que lamentarlo. Perdón, honorable anciano, es solo una niña», dijo tu padre.
—Con carácter, me gusta —fue la respuesta del maestro.
© Q.M.
