La luz penetra a través de las rendijas de sus párpados cansados y somnolientos. Está amaneciendo, es temprano todavía para enfrentarse al dolor, para tratar de apaciguarlo con la bebida. Se gira sobre el lecho para no ver los rayos de sol. Y de forma simultánea un pálido destello de conciencia trae a su mente el hecho de que la única ventana del apartamento da a poniente. El día se está muriendo sin haber sido vivido, igual que el hijo no nacido de una mujer estéril. Debe levantarse, no porque tenga un trabajo o unas obligaciones, sino porque antes puede dedicarse a esperarla. Esta noche no ha soñado con ella, las aguas de los ayeres están calmadas, quizá así pueda ver su imagen nítida emergiendo de las profundas aguas donde mora su recuerdo.
Sin ella, su amada anfibia, se siente vacío y abandonado, sentado en la solitaria escollera donde antaño acudían a contemplar los atardeceres. Tomando aquel brebaje de moda en Marsella, el café, tan amargo que no podía evitar hacer aquellas muecas que tanto la divertían y la hacían reír. Adoraba su risa, era cristalina y musical, una sonora melodía que se elevaba ante el rugir de las aguas y las apaciguaba.
A Nerea le gustaba escuchar sus relatos de viajes de ultramar, a lugares remotos bañados por océanos que nunca había conocido.
Recuerda como le fascinó su odisea a las Antillas en 1720, cuando acompañó al capitán de la Marina Gabriel de Clieu. Tenía como misión transportar una planta de café con la autorización de Luis XV, desde Versalles a la Martinica para poderlo reproducir en aquellas paradisiacas tierras de clima y vegetación exuberante. El cafeto fue instalado en una urna de cristal y dejado en cubierta para mantenerlo caliente y que no le alcanzase el agua salada. El viaje estuvo lleno de contratiempos, sufrieron el ataque de piratas tunecinos del que pudieron zafarse, haciendo una cosa poco honorable, huir a toda vela. Fuertes tormentas hicieron que el cafeto fuese amarrado para no saltar por la borda. Seguido de hambruna y racionamiento de los víveres. Otro enemigo, no menos temible, era el descontento, la envidia de una parte de la tripulación que pretendió sabotear al mimado y protegido arbolito, por considerar que recibía mejor trato que ellos. Como consecuencia, se produjo un conato de motín, una pelea en la que se quebró una rama del verde pasajero. No sufrió un daño irreversible.
Después de esos incidentes el buque quedó al pairo por falta de viento. Estaban tardando más de lo previsto en aquella expedición y hubo que racionar el agua potable. Para el capitán De Clieu el cafeto era lo más importante de todo, más valioso que el oro, y le cedíó la mayor parte del agua que le correspondía a él. En agradecimiento el árbol sobrevivió. La tripulación también.
Cuando finalmente llegaron a la Martinica, la planta de café fue replantada en la isla, en la ladera de la Montagne Pelée, cercada con un seto de espinas y puesta bajo el cuidado y protección de feroces esclavos. No había que olvidar que los holandeses eran los que tenían la hegemonía de aquel cultivo en las Indias. No querían rivales, pero tampoco podían controlarlos a todos. El cafeto creció vigoroso, sin incidentes, en aquellas tierras bienaventuradas, se multiplicó y unos años después eran miles sus descendientes.
—¿Y el océano? ¿Cómo son aquellas aguas? —le preguntó, y añadió—Nunca viajé tan lejos, nunca más allá de las columnas de Hércules?
—Aquellas islas son el paraíso sobre la tierra, aunque volcánicas las playas son de arena blanca. Las aguas son de un luminoso turquesa, nítido y transparente, tanto que los naturalistas no necesitan sumergirse en ellas para estudiar los fondos marinos y las miríadas de seres que habitan en ellas. El clima es muy cálido y húmedo, la tierra fértil y caliente la sangre, todo invita al amor. Creced y multiplicaos, dice en el libro santo, y todos los seres vivos de aquel edén se dedican a ello. Es una fiesta continua, donde flores, peces y aves de especies nunca vistas ni en París ni en Londres, compiten para mostrar los colores más vivos e intensos imaginados. Llamaradas de color en guacamayos y loros de plumajes deslumbrantes y valiosos como la más exquisita de las gemas, flamencos y garzas surcan los cielos convertidos en nubes de tonalidades imposibles. Incluso hay aves como el colibrí, no mucho más grande que un abejorro que se alimentan del néctar de las flores. Las fragancias de las mismas excitan los sentidos, y los apetitos, tanto el hambre de alimentos cómo el hambre de caricias. Igual ocurre con las frutas, dulces, jugosas, deliciosas… incluso una se llama la fruta de la pasión. Y lo mejor es que toda esa vitalidad e intensidad se contagia a los hombres y mujeres.Vivir allí es un regalo que hace la vida.
Ella se quedó silenciosa. La mirada perdida en la línea del horizonte. Aquel día le preguntó:
—Maurice, ¿cómo es que no te quedaste a vivir allí, en aquel paraíso?
Él contemplaba las lejanías azules del mar y sin mirarla le dijo:
—Porque mi edén no estaba en aquellas tierras, sino junto a ti. Aunque primero debía encontrarte, o mejor dicho reconocerte. No sabía que aspecto tendría la flor, únicamente tenía el aroma de su presencia. Era suficiente.
Maurice volvía día tras día al espigón desde que ella no estaba, Infelicidad. Los pensamientos y las olas de su memoria se estrellaban violentamente en las rocas de su mente atormentada. Y sin embargo no perdía la esperanza de verla aparecer entre la espuma, como una diosa cabalgando las olas. Una vez más.
Su amada sirena se fue mar adentro una tarde de verano, en la playa quedaron sus sandalias y una nota escrita de su mano bajo la vestimenta: «Ningún hombre me ha amado como tú, volveré a nacer para poderte besar una vez más».
Cada palabra del mensaje, cuando lo leía de nuevo, se transformaba en un arroyo silencioso de lágrimas que desembocaban en un mar gris de desolación. Cuyas aguas lo arrastraban a tenebrosos abismos sin luz. Rehuía la soledad y el silencio como la más cruel de las cárceles. La taberna de Le cigne bleu, por contraposición se convirtió en su hogar.
Es un garito ruidoso y sucio, con las paredes de madera pintadas de un azul brillante, iluminado con antorchas y velas. Cuadros donde ya no se puede ver el motivo que representan, transformados en rectángulos de un tono marronaceo único, algo que solo el tiempo, la grasa y el humo podían lograr. El suelo también es de madera, desgastada y resbaladiza, cubierto de paja para absorber los derrames fortuitos y los provocados, así como los escupitajos y ocasionalmente sangre de alguna reyerta. El humo de la chimenea y los olores de las comidas flotan horizontales como neblinas del puerto al amanecer, e impregnan los ropajes con abrazos de una fiereza persistente. Sillas y mesas, nunca vacías, donde hombres y mujeres se agrupan y divierten jugando a los dados o cantando acompañados de viejas guitarras españolas. Maurice se acomoda cada día con su botella de absenta en el rincón más alejado y oscuro. Se siente un náufrago maldito al contemplar las rojas narices, las rojas mejillas, los ojos brillantes y oír las risas de sus vecinos…un náufrago en un mar de maldita felicidad.
© Q.M.
