Fragmento de «Fieras»
—Milko, he tenido una visión. ¿Ha visto usted también lo mismo?
—Después, después, acompáñame, Natasha, por favor.
Lo sigue hasta la vivienda. Atraviesa las cortinas, un pequeño recibidor en penumbra con una consola estrecha sobre la que reposa la imagen de una virgen con un disco de oro rodeando la cabeza; encima, un espejo; enfrente, una percha de madera, y un paragüero al lado de una puerta que desemboca en una estancia amplia. Pasa adentro. Un rayo de sol entra por una ventana creando un ambiente cálido y acogedor de tonos ocres. La soledad se percibe en el aire como una capa invisible que envuelve los muebles y los objetos. La soledad es otro nombre para los recuerdos cuando ya no pueden ser compartidos. Recuerda la frase de Víctor Hugo: “La melancolía es la felicidad de poder sentirse triste”. No se respira tristeza, sino la calma de los últimos rayos tibios del sol, en una tarde de otoño.
Cuando sus pupilas se adaptan a la luz, ve un mueble antiguo con vasos y copas de cristal de bohemia y platos pintados, que ocupa la pared del fondo. En la pared contigua un televisor sobre un mueble bajo con una estantería donde se amontonan elepés de vinilo y un tocadiscos viejo. Delante, un sofá de pana azul con una mesilla donde reposan libros y un álbum de fotos. Una mesa redonda de madera maciza con cuatro sillas cerca de la entrada y una lámpara de cristales tallados colgando encima son todo el mobiliario. Le parece muy austero. Entonces se fija en las paredes y cambia su percepción del lugar. En ellas se refleja el esplendor de una época, de una vida.
Su mirada circunda la sala. Se detiene en un gran cartel frente al sofá que casi cubre la totalidad de la pared. La televisión parece insignificante, sin vida, comparada con los colores vivos y las imágenes de aquel mural donde unos elefantes, apoyados en sus patas traseras, se alzan de pie, mezclados con payasos multicolores, trapecistas volando cogidos a las barras con las piernas, caballos blancos con penachos de plumas en la frente cabalgan en línea. En un estanque, una nadadora con ropa insinuante lucha con un cocodrilo bajo el agua y, en primer plano, un domador con chaqueta roja y chorreras doradas amenaza con un látigo a un tigre, mientras un león los mira sentado en una banqueta. En grandes letras rojas, formando un arco en la parte superior, se lee Circo Eslavo. Por debajo, en letras amarillas más pequeñas, El circo de las fieras. A pie de cartel dice Moscú, 1989.
Anuncios más pequeños reproducen la misma imagen, formando un mosaico de planetas alrededor de un sol central. Lee las ciudades: Leningrado, Gorki, Tiflis, Kiev, Kazan, Tashkent, Novosibirsk, Sofia, Varsovia, Bratislava, Bucarest, Zagreb, Praga. Su vista se detiene al llegar a la ventana. La pared a su espalda está llena de cuadros con fotografías en blanco y negro, algunas de colores sepia y otras con colores desvaídos. Reconoce a Milko, joven, guapo y arrogante, con un uniforme de domador oscuro y una raya clara en los costados del pantalón. En otra aparece con una silla y un látigo, enfrentado a un tigre; en otra sonríe a la cámara mientras sujeta las fauces de un león, en la cual ha metido su cabeza, y que le hace pensar en la cicatriz; en otra, está abrazado a un oso, con payasos, con trapecistas, con público. También hay fotos de una preciosa rubia con el pelo recogido y traje de lentejuelas, de pie sobre un trapecio, acariciando un caballo negro ornado como si fuese el de un rey, abrazada a un payaso con cucurucho, nariz roja y enormes zapatos dorados. Hay tantas fotos que no sabe en dónde enfocar la vista. En el centro de la pared destaca una más grande, en un marco de plata labrado.
—¿Es tu boda? —pregunta Natalia, mientras señala el cuadro. Una imagen vale más que mil palabras, dicen. Los carteles y las fotografías le han resumido, en unos minutos, el contenido de una vida, la de Milko.
En la foto, el domador viste un traje rojo, de cuello alto dorado y hombreras con flecos de oro. Dos líneas de botones también áureos y unos cordones trenzados que cruzan su pecho acaban unidos por un broche a una capa púrpura que desciende hasta el suelo. Sus pantalones tienen unas grecas a lo largo de la pierna y acaban embutidos en unos botines negros brillantes. Ella es una acróbata, rubia, muy hermosa, con un cuerpo esbelto perfilado por una vestimenta ajustada, plateada, llena de destellos y pequeñas grecas rojas en los puños y en el cuello. Sus brazos desnudos lucen aros de plata, y sus piernas descubiertas acaban en unas diminutas y flexibles zapatillas relucientes. También lleva una capa argéntea sobre sus hombros, que desciende desde dos broches con forma de estrella hasta llegar al suelo.
—Sí, es mi esposa Irina. Murió hace dos años —cuando pronuncia esa frase su voz parece ir perdiendo fuerza hasta acabar en un suspiro—. Nos casamos en el circo. Él nos lo había dado todo, allí nos conocimos.
—¿Cómo acabasteis aquí, en este lugar? Después de ver esas fotos, esos carteles, esos lugares que habéis conocido, tanta magia, tanta riqueza vivida, uno no pensaría nunca en encontraros aquí, sino en alguna casita cerca de un lago o a orillas del Adriático.
—La vida es un río que nos transporta desde el momento de nacer hasta la muerte. Nos arrastra con su corriente, nosotros podemos esquivar las rocas, los remolinos, los peligros, pero no podemos regresar al punto de partida, ni detenernos. A un día sigue otro día, pasan los meses, los años. Nunca sabemos lo que nos espera tras el próximo meandro, un suave remanso o una cascada turbulenta. Solo podemos seguir.
Se detiene unos instantes, pensativo y continúa:
—Nuestro circo recorrió las repúblicas de la Unión Soviética de un extremo a otro sin problemas. Cuando se disolvió la URSS, a principios de los años 90, surgieron muchos estados independientes. Entonces, muchos de aquellos países amigos dejaron de serlo. Rivalidades, recelos; se hablaba de espionaje, de secretos de Estado. Nadie se fiaba del vecino. El circo, al ser nómada, cayó bajo sospecha; a los artistas se nos veía como informadores. Nos negaban permisos para actuar. Dejamos de tener ingresos, nos empobrecimos. Los animales fueron vendidos a zoológicos. Los artistas no éramos gratos, se nos cerraban las puertas por sospechas sin sentido. Nos dispersamos por el mundo. La crisis, en aquellos tiempos de cambio, nos trajo aquí. No éramos tan jóvenes y estaba cambiando el mundo del espectáculo que habíamos conocido. Encontramos este empleo que nos ofreció una oportunidad de vivir dignamente. Me falta un año para la jubilación, quizás entonces busque una casita a orillas de un lago, o quizás vuelva a mi tierra: Cernogratz.
—Nunca he oído ese nombre. ¿Cómo es ese lugar? —pregunta la joven.
—Es una región de montaña, de valles de difícil acceso, fértiles pero sombríos; el sol se detiene poco en ellos. La nieve cubre la tierra durante el invierno protegiéndola del hielo. Los bosques son antiguos y oscuros; los árboles parecen murmurar palabras misteriosas al viento. Sus troncos son enormes —gesticula abriendo los brazos en toda su extensión dando una idea de magnitud—, las ramas secas crujen durante las noches más frías. Los lobos caminan entre ellos, también los osos, zorros, ágiles martas, ciervos, fieros jabalíes y ardillas, cientos de ellas que saltan chismosas entre las ramas.
—Yo conozco ese lugar, lo he visto esta tarde, ¿me lo explicarás ahora, Milko? —Se detiene mientras mira las fotos como buscando algo; luego lo mira a él para preguntarle—: Pero primero dime ¿cómo te hiciste esas cicatrices?
—¡Ah! Entiendo —dice, tocándose la cicatriz de la frente. Sonríe al mirarla—. Estábamos en Jabarovsk, en el extremo oriental de Siberia, cerca del mar de Japón. Tierra de tigres. De allí era precisamente Snezhinka, nuestra tigresa blanca. Estábamos de nuevo en sus dominios; la llamada de la sangre, de la tierra y de lo salvaje la sienten igual que nosotros. Se paseaba nerviosa de arriba a abajo de la jaula, emitiendo unos rugidos breves, graves, como un lamento. Comía poco. Estaba agresiva.
El circo estaba lleno. A veinte grados bajo cero, el vapor de la respiración se condensaba en la parte superior de la carpa, como en la tapa de una olla; las gotas al enfriarse bajaban formando hilillos de agua que se congelaban al tocar el suelo y se convertían en charcos resbaladizos.
Milko se detiene unos minutos, va a la cocina, vuelve con dos latas de cerveza y dos vasos. Le hace una seña para que lo acompañe al diván. Se sientan, tiran de las anillas, se oye el silbido fuerte y breve del gas al salir. Se sirven el líquido ambarino. Él toma un trago y, silenciando un eructo, continúa:
—Imagínate, Natasha, un perfume hecho de mil aromas… tierra húmeda, sudor, comida, vodka, animales, el petróleo de la calefacción; la multitud abrigada con trajes y gorros de piel. Imagínate mil sonidos… Gente hablando, voces agudas, graves, niños llorando, gritos, peleas, borrachos cantando. Imagínate, multiplicados por mil, esos estímulos en la cabeza de un animal… Pero, más aún tratándose de un tigre, un ser solitario que se mueve entre la nieve o la espesura, con pasos inaudibles. Las criaturas permanecen mudas a su paso, siguiéndolo con los ojos. Un universo de silencio y quietud. Un mundo donde un leve sonido puede delatar una presa o hacerla huir. Una gota de sangre o de orina contiene para sus sentidos tanta información como nos podría dar una analítica de laboratorio. Son fieras, saben, no razonan como los hombres, pero saben porque la vida les habla y les revela sus secretos; cada árbol, insecto, hierba, olor, sonido o color tiene un significado. Con todos esos estímulos juntos, la tigresa estaba muy nerviosa, confusa. Alcancé a comprender que incluso pudo volverse loca por un instante, el del momento en que en vez de obedecerme a mí dejó aflorar su instinto de ¡matar!
Natalia retiene la respiración al oír la última palabra. Él toma aire, consciente de la expectación levantada. “Como en los viejos tiempos”, piensa. Luego sigue:
—¿Por qué pasó? Porque yo aparté mis ojos de los suyos, de sus pupilas azules como el hielo. Le di la espalda para saludar, después de un salto a través de un aro de fuego. No vi sus orejas retraerse, ni su boca abrirse mostrando los colmillos. Confiado, no me di cuenta de lo que ocurría hasta que oí los gritos y vi al tigre en el aire, volando hacia mí. Sentí una línea de fuego recorrer un lado de mi frente y luego una calidez recorriendo mi cara y pecho. Era mi sangre derramándose, acompañada de un sopor relajante. La mente quería entender lo que pasaba, y hubiese muerto allí en la contemplación de mis sensaciones; pero el cuerpo humano es sabio, su instinto de supervivencia es tan antiguo como el de las fieras. Mi mano se alzó para proteger el cuello de las fauces, y me aparté a un lado. Los dos dedos nunca aparecieron. Recibí otro zarpazo en la pierna izquierda que me hizo doblar la rodilla. La otra mano hizo restallar el látigo sobre su hocico. Se apartó rugiendo una amenaza, esperando un momento mejor.
Milko se sirve de nuevo, ella lo imita. El domador levanta el vaso invitándola a brindar. Suena el tintineo. Él pronuncia: Na zdorovie ; a nuestra salud. Beben.
Emite un chasquido con la lengua y, mirándola fijamente, se pone serio antes de hablar.
—Escucha bien, Natasha: Los animales son anteriores al hombre moderno. Hay creencias que dicen que son etapas por las que han pasado los individuos antes de ser humanos. Queda el recuerdo en el interior del cuerpo. Tenemos muchos genes en común con las bestias. Con los grandes simios un noventa y nueve por ciento, con otros animales la diferencia es mayor. El porcentaje compartido siempre es mucho mayor que la pequeña desigualdad que nos separa. Somos animales mamíferos, más que humanos; no podemos dejar de serlo. Es obvio. El cerebro nos da la comprensión de que es a la inversa. Es un credo, no una realidad. La verdad es que hay individuos donde su porcentaje animal domina su parte racional. Caras que nos recuerdan a un animal y, a veces, las actitudes nos recuerdan a otro. Son señales que atraviesan el inconsciente y se expresan físicamente en el organismo dando forma y expresión a un cuerpo. Mira siempre a los ojos, descubre el espíritu animal tras ellos. Observa y respeta lo que ves.
—¡Es verdad! —interrumpe ella, entusiasmada—. Aquí tenemos expresiones como cara de buitre, risa de hiena, valiente como un león, astuto como un zorro, cobarde como una rata, tozudo como una mula, y muchas más.
—Los chamanes, los hechiceros de todos los tiempos, han sido siempre los encargados de determinar el animal, el tótem del recién nacido. Con ceremonias, entrando en trance, a través de señales o marcas en el cuerpo —explica el domador—. Lo que contemplaste en la visión, Natasha, es aquello que ve tu tótem, el animal que portas dentro. El animal que te protege y al que debes proteger. Te está buscando.
—Pero eso es absurdo, Milko. ¿Cómo puedes creer esas cosas? Tú, que las domesticas, sabes que no se puede amaestrar una fiera completamente, que siempre son salvajes, aun en cautividad. Mira lo que te pasó con la tigresa. Las personas, en cambio, pueden aprender, evolucionar, mejorar.
Milko la mira, ve el entusiasmo con que habla, aquello en lo que cree: la bondad humana. El sabe que una cosa es la bondad y otra lo humano, y que no siempre una va unida a lo otro, que en muchas ocasiones se excluyen mutuamente. Sonríe con tristeza en los ojos.

© Q.M.
