LA LARGA MARCHA
En 1864 el ejército estadounidense, a instancias del gobierno federal obligó a los Navajo a abandonar sus hogares en Arizona y marchar cientos de kilómetros caminando (500 km. en 18 días) hacia un nuevo territorio en el este de Nuevo Méjico. Centenares de personas murieron de inanición, agotamiento y enfermedades. Se conoció esta deportación forzosa como «La Larga Marcha», con el claro propósito de apropiarse de sus tierras y de los recursos que existían en ellas.
Lo peor no fue atravesar los áridos desiertos y los profundos cañones, la escasez de alimentos y de agua, sino la crueldad, la indiferencia y la ausencia de remordimiento ante un exterminio encubierto.

La madre de Nubladito fue una de tantas nativas que no pudieron soportar aquella larga caminata. Las mujeres andaban más lentamente e iban en la retaguardia de la expedición. Cuando cayó al suelo, agotada, la arrastraron moribunda tras unas rocas apartadas del polvoriento camino rojo. Aprovecharon la noche que se acercaba y la escasa visibilidad para abandonarla, así ahorraban una bala y la demora de cubrir con piedras el cadáver evitando de esta manera el riesgo de encontrar un crótalo bajo las rocas. En el informe anotaron su nombre y la palabra «fugada». Y junto al nombre de ella estaba anotado el de su hijo y una simple anotación: «huérfano».
Nubladito cuando, al reagruparse por la noche para dormir, no encontró a su madre intuyó lo sucedido. Se orientaba bien en la oscuridad, se separó de los demás y emprendió una veloz carrerilla volviendo sobre sus pasos. Había cumplido dieciséis años aunque su porte y corpulencia eran ya de adulto. Vestía una túnica marrón de algodón anudada a la cintura con una banda verde, debajo un pantalón blanco del mismo tejido. La chusta que le sujetaba el cabello era también verde con una diminuta espiral amarilla bordada en el centro.
El campamento quedó atrás, tras un recodo apareció el pequeño bosque de nopales que, unas horas antes, había aplacado la sed y hambre de su tribu al consumir sus frutos. Se detuvo al escuchar llantos, risas y voces mejicanas. Se echó al suelo y se arrastró en silencio. Oculto tras un nopal vio un grupo de jinetes a caballo. Uno de ellos entregaba un saquito de monedas al sargento uniformado, y él a su vez le alargaba el extremo de una cuerda con media docena de adolescentes indias atadas. «Vuelvan por más ahora que están chingonas» dijo un soldado soltando una carcajada que corearon los demás… Los jinetes dieron la vuelta y se perdieron en la oscuridad. Nubladito imaginó el cruel destino que las esperaba como esclavas en algún burdel mejicano. Venus brillaba en el cielo, la luna era un círculo de plata a la que cantaban los coyotes, lo que le hizo apresurarse. La madre todavía vivía, aunque respiraba con dificultad. Abrió los ojos al sentir la presencia amada y sonrió. Su hijo sacó del cinturón una calabaza llena de agua y se la acercó a los labios.
―¿Sabes por qué te llamas Nubladito? ― le preguntó.
Él asintió y respondió:
―Porque mis ojos son grises como las nubes que traen la lluvia.
© Q.M.
