Crónicas de Raimondo – Don Nemupocemo

A mi pregunta sobre el motivo de su interés me ha dicho que era una pluma sagrada del Pájaro de Trueno, eran muy raras de conseguir, solo muy pocos grandes jefes y chamanes poderosos poseían una. También los gringos y los franceses las buscaban como moneda más valiosa que el oro, pues eran la llave para facilitar el comercio con muchas tribus que poseían el buscado metal amarillo, plata y valiosas pieles.

Le he dicho que sí, que conozco su valor. ¿Cuánto quería por ella? No he sabido que decir, he guardado silencio y el comerciante ha pensado que soy un regateador experto. Me ha hecho una buena oferta. Es una cantidad de dinero considerable, pero yo no quiero dinero. Hemos ido a la carreta, he mirado  en su interior, era un absoluto caos sin orden alguno,  y le he dicho lo que quería:

Dos sacos de harina, tocino salado, cecina seca, azúcar, café, tres cacerolas y tres sartenes, agujas de coser, hilo, un rollo de cuerda de cáñamo, un par de mantas, un poncho y unos pantalones de algodón. Semillas de maíz, girasol, frijoles y calabazas.  Cuchillos, hachas, así como palas y azadas y aperos de labranza, todos los que llevase.

―Manito, creo que no me entendió, eso es mucho más de lo que ofrecí. Por una pluma solo puede quedarse una tercera parte.―me dijo.

―No se preocupe don Nemupocemo, vaya dejándomelo todo aquí. Ahorita regreso.

A mi vuelta el comerciante está agotado después de vaciar y mover de un lado para otro la mercancía, y descansa sentado sobre una piedra. Las gotas de sudor empapan su flequillo negro y bajan por el  rostro incesantemente, se pasa la manga por la cara. Me ha visto acercarme. En la mano sostengo cinco plumas de color lapislázuli que al sol lanzan destellos arcoíris.

―Tenga, y agradecido ―le he dicho.

Al mejicano se le salían los ojos de las orbitas, cinco plumas son una fortuna. Me ha dicho que finalmente podrá poner un almacén en la ciudad y dejar de recorrer los desiertos polvorientos con el carromato. Ha rebuscado en el interior del carro  hasta encontrar una botella de aguardiente con un lagarto dentro. Me la ofreció mientras me decía:

― El agradecido soy yo, compadre. Este es un obsequio para usted, el mejor tequila de Nuevo Méjico. Que Dios lo bendiga.

© Q.M.

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