Oso Sonriente

―Ahora es el momento, Nubladito, acércale  tu ofrenda.―le dice su madre.

El chico asiente en silencio y avanza hacia la sepultura. El olor de tierra húmeda persiste en el aire. Han enmudecido los cánticos y los asistentes al funeral se acercan al rectángulo excavado en el suelo. Dentro reposa el sanador de la tribu, su padre Oso sonriente. Ha sido envuelto en una bella alfombra de lana con motivos geométricos, utilizando los cuatro colores sagrados: blanco, negro, amarillo y rojo. Una muchacha delgada con dos trenzas negras y ojos almendrados ha descendido  dentro del agujero excavado y se sonroja al verlo. Se sostiene de pie en un pequeño margen entre el cuerpo y la pared de tierra, y coloca con esmero las ofrendas que han traído los miembros del clan. Era muy querido por todos y la tumba está colmada de presentes para que viajen con él al otro mundo. Su hijo se asombra de tanto esplendor, hay manojos de mazorcas de maíz, carne ahumada, bayas,  miel…agua y tisana de peyote en calabazas secas, tabaco, ramilletes de salvia gris cuyo humo ahuyenta los malos espíritus, y objetos personales como su cuchillo de caza y su arco, imprescindibles donde va a ir.

Nubladito se acerca a la muchacha y le da dos girasoles enormes cuajados de semillas. Las lágrimas se deslizan por sus mejillas, y deja que caigan al suelo sin enjugarlas, junto a los pies del difunto. A su padre y a él, les gustaba ir extrayendo una a una las pipas y comerlas durante las tardes en el río, mientras esperaban sentados que algún pez mordiese el anzuelo. También ha traído  dos varas de raíz de regaliz, muy bueno para los problemas estomacales.

De repente se oye el chillido estridente y agudo de un águila. Alza la vista al cielo, pero no ve nada, solo el círculo anaranjado del sol que se va oscureciendo y se vuelve negro como todo lo que le rodea.

Se ha desmayado. Abre los ojos, está acostado sobre la fresca hierba no muy lejos de la tumba de su padre, los acompañantes ya se han ido. Su madre coloca unas piedras y unas conchas como ofrenda y para señalar el lugar. Al ver que ha despertado regresa junto a él, con la mano izquierda tras la espalda. Sonríe.

―Ha venido a honrar a tu padre alguien muy especial, con un gran poder. Es un presagio muy bueno ¿No adivinas? ―le dice al llegar a su lado.

―El pájaro de trueno ―responde mientras mira a la mano oculta de ella― Lo he adivinado verdad?

―¡Siiiiii! ―responde con entusiasmo.

Le muestra la mano y el secreto que contiene. Es una pluma de un azul intenso y profundo, lapislázuli como el color del firmamento antes de oscurecer. La luz arranca de ella brillos con destellos de metal y oro.

―Ha venido para guiarlo al más allá, para que no se distraiga hablando con la gente que encuentre por el camino. Así por la noche lo podremos saludar. Me dijo un día que las estrellas son los ojos de nuestros antepasados que nos miran. Sus ojos son verdes como las hojas de yuca, no serán difíciles de encontrar.  ―dice Nubladito.

―Sí, los huesos nunca mueren, están compuestos de los mismos minerales que las estrellas y duran casi tanto como ellas. Continúan en contacto con la tribu  como mensajeros del espíritu que ha partido.  ―dice su madre.

 Nubladito asiente y le responde:

―Sí, recuerdo que cuando era niño veía  diminutas estrellas pulsantes durante la noche, volando tan lentamente y tan bajas que las podía atrapar, pero no lo hacía pensando que eran espíritus perdidos y tenían cara humana. Más tarde supe que eran luciérnagas….Los ojos en el cielo, los huesos en la tierra ―dice, como queriendo fijarlo en la memoria.

―Así es la carne y los huesos cumplen una función muy importante con la ayuda de La Mujer Cambiante. Se funden con la tierra, se convierten en vegetales  que nutrirán a la tribu a través de fértiles cosechas  y abundante hierba en las praderas que a su vez atraerán a las manadas de bisontes. Muchos de los vegetales  se convertirán en árboles. Los últimos antiguos a través de las raíces traen las palabras de los huesos que viven entre las rocas bajo tierra, las ramas y las hojas transforman las voces en flores y semillas que transportan los cuatro vientos, los pájaros y los insectos. Cada vez que te detienes a contemplar la belleza de una flor, disfrutas del sutil aroma de sus pétalos o saboreas la dulce pulpa de una manzana… alguien te está diciendo “te amo”.

―¿Alguien que existió y sabe de mi existencia, un antepasado?  ―preguntó.

―Puede ser alguien de los que llamamos ancestros nuestros o alguien que nunca hemos conocido. La tierra no tiene hijos ni padres, no tiene forma ni propósito, solo acoge las semillas, tanto de la calabaza como las del cactus, de la hiedra venenosa o los arándanos. y les ofrece sustento, amor. Y es el mismo amor de los hombres. Puede tomar miles de formas,  una caricia, una sonrisa, un olor…el perfume de la madreselva en una noche de verano es poesía pura, indescriptible, y el canto de un ruiseñor ¿Acaso no nos conmueve esa melodía incomprensible? porque no hay palabras para describir ni la ternura ni la belleza…Y un beso…¿Acaso no es crear un universo mágico con el roce de unos labios?

Q.M. ©

Nubladito – Encuentro con Flor que brilla a la luz de la luna

Nubladito se ha ofrecido para ir a recoger raíces de yuca y frutos de los nopales para el orfanato. Lleva dos baldes de madera vacíos. Otros navajos salen del recinto, los soldados no le prestan atención, la hambruna los empuja a diario a buscar alimento en lo más impensable. Además no hay donde huir ni sitio donde guarecerse, nadie sobreviviría fuera de las viviendas, las noches son gélidas, abundan las fieras famélicas y las familias de los que intentasen huir sufrirían crueles represalias.

Tras un pedregal de rocas dispersas de gran tamaño que asemejan bisontes paciendo hay una hondonada, donde los nopales han prosperado durante miles de años creando una maraña laberíntica infranqueable de afiladas y dolorosas agujas. Cuando sopla el viento las livianas espinas se transforman en dardos invisibles que se clavan en los ojos y dejan ciegos a animales y hombres. Solo los más atrevidos o de piel muy dura se adentran en aquel infierno verde.

Aparta una roca cercana a una pita reseca y deja al descubierto una madriguera abandonada de zorro, introduce la mano y saca un odre de piel de cabra abierto por un extremo, convertido en saco se lo embucha a fondo, hasta que por dos corte unas finas líneas encajan con los ojos. Se venda las manos con unas tiras de lana y se adentra gateando siguiendo la ruta de un tejón. Avanza sin poder erguirse en una oscuridad casi absoluta hasta que le duelen las rodillas y comienza a ver la claridad. El sol lo ciega, está en un claro despoblado de pinchos. Dos troncos inmensos, gruesos  como dos veces su altura están en el suelo, uno caído sobre el otro, blancos como huesos. Están huecos pero no vacíos, un gigantesco enjambre habita allí, el zumbido es ensordecedor. Y acercándose lentamente empieza a cantar. Se agitan las abejas en remolinos dorados pero no atacan, se apartan a un lado y puede acceder al panal repleto de miel.

Cuando sale del bosque de chumberas es mediodía, porta los dos cubos repletos, la cera y la miel serán una bendición. Lamentablemente los guardias se quedarán la mitad. Lo sigue un puma desde hace rato, sin acercarse. El rebaño de rocas gigante con el sol en el cenit no emite sombra donde refugiarse, está sudando copiosamente y busca algo de sombra en la vieja misión española de la que solo quedan en pie dos paredes ruinosas formando un ángulo. Desde allí se divisa  la entrada del fuerte. Entonces oye un forcejeo y rumor de lucha desde el lado oculto. Deja la miel oculta y se acerca en silencio. Sobre un suelo de hierba amarillenta aplastada, dos militares tratan de abusar de una chica, uno le tapa la boca y trata de sujetarle los brazos, el otro le está remangando la falda y trata de abrirle las piernas con el cuerpo. Nubladito coge al que está encima por el cuello y le aplasta la cabeza contra la pared. El otro intenta sacar su arma cuando oye el rugido y sabe entonces que la muerte tiene los ojos amarillos e intenta defenderse, pero el disparo se pierde en el aire y es lo último que oye.

El alboroto del tiro y los gritos del soldado han atraído a los centinelas que vienen corriendo. Amparándose en las rocas la pareja de jóvenes cogidos de la mano avanzan en dirección contraria, cada uno porta un cubo. Se oyen disparos y gritos a su espalda. Un grupo de mujeres se acercan a ellos y los rodean  escondiéndolos y arrastrándolos dentro, es la hora de la siesta y la guarnición duerme y  en la confusión han vuelto  sanos y salvos. Se separan, a ella  la arrastran a la zona de las barracas entre muestras de alivio y de alegría de la multitud que la envuelve, tanto por su regreso, como por el preciado y raro tesoro que aliviará el hambre y curará muchos males. Nubladito se ha quedado solo y se dirige al orfanato con una sonrisa. Se mira la mano que estuvo en contacto con ella donde siente un extraño hormigueo.

El padre Bernardino lo está esperando.

―Estaba preocupado por tu tardanza, he oído disparos y gritos y me temía que hubiese empezado una rebelión.

Con la muchacha en el pensamiento se había olvidado de la crítica y tensa situación en Bosque Redondo.

Las condiciones insanas y la desnutrición favorecían la propagación de enfermedades infecciosas,  el tifus y el cólera estaban  matando a la población, junto con el hambre y la exposición a las inclemencias del tiempo. Habían obligado a todos los nativos a abandonar sus costumbres y tradiciones. Les habían prohibido practicar sus creencias religiosas y hablar su lengua. «Estamos perdiendo nuestra identidad, convirtiéndonos en sombras de lo que fuimos» pensaba.

―Realmente no sé cómo puedo ayudar a mi pueblo.

―Habla con ellos, cuéntales la historia del pájaro de trueno y de sus hazañas en el Cañón de Chelly. De cómo la justicia acabará imponiéndose. Ha llegado a mis oídos que hay partes interesadas en llegar a un acuerdo para devolver a los Navajo a su lugar de origen. Lo que ocurre aquí es una lacra que avergüenza a muchos sectores de los estadounidenses, religiosos, funcionarios gubernamentales y hasta incluso en el propio ejército hay partidarios de encontrar una situación digna. A pesar de la desesperación, vuestro pueblo diné no debe rendirse, debe resistir. Es un momento decisivo. Habla con los espíritus de los diné.

Nubladito escucha sus palabras, le habla como un hermano no como un misionero, no insiste ni trata de imponerle sus creencias, sino que le pide que se aferre a las suyas propias.

© Q.M.

Nubladito – Raimondo di Foligno

De las principales causas  que podían provocar la expulsión de la orden, el hermano Raimondo di Foligno no había escatimado ninguna: El voto de castidad lo rompió el mismo día que llegó de  Europa y desembarcó en  Nueva Orleans.  Allí conoció a Jasmine, una voluptuosa negra. Nada más verla descubrió que su espíritu y su cuerpo se convertían a una nueva religión, las diosas de ébano, llegando a afirmar que Eva seguramente era de color. La orden le abrió un expediente severo por herejía. La acumulación de deudas en el prostíbulo lo obligaron a huir en dirección al oeste para salvar la vida. Recibió otra amonestación de su superior por no atender sus obligaciones sacerdotales. El voto de pobreza era innecesario cumplirlo porque ni tan solo tenía para comer todos los días, con lo que tuvo que recurrir a alimentarse de lagartos, serpientes, insectos repugnantes y nopales. La embriaguez y la violencia se hicieron sus compañeras habituales e  iban siempre  de la mano, la primera le quitaba la cadena que  contenía y dejaba suelta a la segunda, la fiera que portaba dentro.  Era alto, pesaba 100 kilos y poseía unos brazos musculosos y peludos que compensaban su calvicie absoluta. Llevaba una larga barba de ermitaño errante. Vestía la túnica marrón de la orden, ceñida con un grueso y anudado cordón blanco. Nunca se le vio con otra indumentaria, por ser la única que poseía. Pese al incumplimiento de las normas religiosas era una persona que no soportaba las injusticias ni la hipocresía, ni se fiaba de las palabras de nadie, fuese cristiano o pagano, rico o pobre, blanco o nativo. En Fénix encontró un día en un callejón a un anciano indio al que pateaban un grupo de colonos, con la clara intención de matarlo y robarle lo poco que llevase. Se enfrentó a ellos y en la pelea desigual, accidentalmente, uno de los agresores resultó muerto y los otros malheridos. Raimondo  recibió una puñalada en el vientre. Amigos del viejo navajo lo llevaron a un lugar seguro y le cosieron la herida. Como resultado pusieron precio a su cabeza por asesinato, su cara fácilmente reconocible apareció en un pasquín.  Fue expulsado de la orden sin más dilación. En cuanto pudo montar a caballo y siguiendo las indicaciones del anciano se encaminó al Cañón de Chelly. Lugar inhóspito donde abundaban las cuevas, un sitio considerado sagrado para los Navajo. Era el escondite idóneo donde desaparecer para siempre y retomar la escritura de sus crónicas del Nuevo Mundo.

© Q.M.

Generated by IIPImage

Nubladito – Introducción

LA LARGA MARCHA

En 1864 el ejército estadounidense, a instancias del gobierno federal obligó a los Navajo a abandonar sus hogares en Arizona y marchar cientos de kilómetros caminando (500 km. en 18 días) hacia un nuevo territorio en el este de Nuevo Méjico. Centenares de personas murieron de inanición, agotamiento y enfermedades. Se conoció esta deportación forzosa  como «La Larga Marcha», con el claro propósito de apropiarse de sus tierras y de los recursos que existían en ellas.

Lo peor no fue atravesar los áridos desiertos y los profundos cañones, la escasez de alimentos y de agua, sino la crueldad, la indiferencia y la ausencia de remordimiento ante un exterminio encubierto.

La madre de Nubladito fue una de  tantas nativas que no pudieron soportar aquella larga caminata. Las mujeres andaban más lentamente e iban en la retaguardia de la expedición. Cuando  cayó al suelo, agotada, la arrastraron  moribunda tras unas rocas apartadas del polvoriento camino rojo. Aprovecharon la noche que se acercaba y la escasa visibilidad para abandonarla, así ahorraban una bala   y la demora de  cubrir con piedras el cadáver evitando de esta manera el  riesgo de encontrar un crótalo  bajo las rocas. En el informe anotaron su nombre y la palabra «fugada». Y junto al nombre de ella estaba anotado el de su hijo y una simple anotación: «huérfano».

Nubladito cuando, al reagruparse por la noche para dormir, no encontró a su madre  intuyó lo sucedido. Se orientaba bien en la oscuridad, se separó de los demás y emprendió una veloz carrerilla volviendo sobre sus pasos. Había cumplido dieciséis años aunque su porte y corpulencia eran ya de adulto. Vestía una túnica marrón de algodón anudada a la cintura con una banda verde, debajo un pantalón blanco del mismo tejido. La chusta que le sujetaba el cabello era también verde con una diminuta espiral amarilla bordada en el centro.

 El campamento quedó atrás,  tras un  recodo  apareció el pequeño bosque de nopales que, unas horas antes, había aplacado la sed y hambre de su tribu al consumir sus frutos. Se detuvo al escuchar llantos,  risas y voces mejicanas. Se echó al suelo y se arrastró en silencio. Oculto tras un nopal vio un grupo de jinetes a  caballo. Uno de ellos  entregaba un saquito de monedas al sargento uniformado, y él  a su vez le alargaba el extremo de una cuerda con media docena de adolescentes indias atadas. «Vuelvan por más ahora que están chingonas» dijo un soldado soltando una carcajada que corearon los demás… Los jinetes dieron la vuelta y se perdieron en la oscuridad. Nubladito imaginó el cruel destino que las esperaba como esclavas en algún burdel mejicano. Venus brillaba en el cielo, la luna era un círculo de plata a la que cantaban los coyotes,  lo que le hizo apresurarse. La madre todavía vivía, aunque respiraba con dificultad. Abrió los ojos al sentir la presencia amada y sonrió. Su hijo sacó del cinturón una calabaza llena de agua y se la acercó a los labios.

―¿Sabes por qué  te llamas Nubladito?  ― le preguntó.

 Él asintió y respondió:

―Porque mis ojos son grises como las nubes que traen la lluvia.

© Q.M.

A Navajo Story, by Lorenzo Blue

Comencé este relato inspirado en hechos reales que sucedieron no hace tanto tiempo. Tiene un componente de ficción en cuanto a los personajes se refiere, y puede tener varias lecturas, es ameno y entretenido para niños, y a la vez es una invitación para el lector adulto, para explorar y reflexionar sobre todo aquello que creemos conocer pero no tenemos ninguna certeza al respecto. Como telón de fondo está la Nación Navajo, su lucha, coraje y resiliencia ante los hechos dramáticos y lamentables que les tocó vivir y que causaron una herida traumática de difícil superación en la memoria colectiva de dicho pueblo. Fue gracias a esa actitud y afán de superar las dificultades como pudieron salir adelante y lograron un presente digno, próspero y prometedor. Su lucha se podría resumir en una frase que acuñan muchas nacionalidades nativas en los EE.UU. : «Quisieron enterrarnos, pero olvidaron que éramos semillas.»´
Una vez finalizado el relato, lo he traducido y lo he ofrecido, sin ningún ánimo de lucro, a diversas entidades culturales y medios de comunicación de la Nación Navajo con sede en la capital Window Rock, Arizona.
Me pareció bien utilizar un pseudónimo, lo encuentro más acorde con la historia que se está narrando. Esta sería una posible portada:

Cascabel de oro

Hace una semana que llegó la familia del ángel. Apenas hablamos, por algún extraño motivo nos entendemos en silencio, tanto ella como él son muy habilidosos y destacan en cuanto emprenden. El niño es realmente especial, los ancianos que viven aquí dicen que está tocado por el gran espíritu. Perros y caballos, ovejas y asnos lo siguen dondequiera que va, lo cual molesta a los propietarios, entonces él les dice algo y vuelven resignados a sus cuadras. También lo siguen los animales salvajes, pumas, lobos y coyotes. Muchas mañanas aparecen «regalos» en la entrada de la cueva, conejos, faisanes, pavos, perdices no nos faltan. Y si uno quiere saber dónde está hay que mirar el cielo y contemplar hacia dónde se dirigen las aves.

«¿Cómo se llama?» Le he preguntado a  la madre. No me ha respondido, se ha encogido de hombros, parecía divertida con la pregunta. Le he preguntado a él, sonriendo y sin mirarme me ha contestado que yo ya lo sabía, que el pájaro de trueno me lo había dicho.

«¿Nubladito?» He sugerido. Y ambos han asentido con la cabeza. Era evidente por el color de sus ojos. Ella se llama Tłʼéézh tséłchíʼí  «Cascabel de oro»,  imagino que porque siempre tiene una sonrisa optimista y una palabra amable para todo el mundo.

©Q.M.

Crónicas de Raimondo – Convertirse en demonio

Una columna de humo negro en una aldea cercana indica que los bandidos han estado allí y  mañana seremos los siguientes. He agarrado la botella de tequila de Don Nemupocemo y me la he bebido lentamente. Cuando el lagarto ha bajado por mi cuello ha arrancado un gruñido amenazador de la fiera que está despertando. La luna está en creciente, encabezo la marcha, me siguen una docena de sombras azules. Hachas y cuchillos han dejado de ser utensilios cotidianos, herramientas de gente pacífica, y se han convertido en armas de filos relucientes con sed de sangre.

No esperaban aquella veintena de  bandidos, asesinos y ladrones sin escrúpulos que una comunidad de campesinos, un rebaño de ovejas, se convirtiera en una sanguinaria manada de lobos. Yo sé que convertirse en un demonio, un monstruo, en ocasiones es un acto de bondad. Los matamos a todos y colocamos sus cuerpos dibujando una X en el camino que lleva al cañón de Chelly.

Fragmento de «Nubladito» – ©Q.M.

Crónicas de Raimondo – Don Nemupocemo

A mi pregunta sobre el motivo de su interés me ha dicho que era una pluma sagrada del Pájaro de Trueno, eran muy raras de conseguir, solo muy pocos grandes jefes y chamanes poderosos poseían una. También los gringos y los franceses las buscaban como moneda más valiosa que el oro, pues eran la llave para facilitar el comercio con muchas tribus que poseían el buscado metal amarillo, plata y valiosas pieles.

Le he dicho que sí, que conozco su valor. ¿Cuánto quería por ella? No he sabido que decir, he guardado silencio y el comerciante ha pensado que soy un regateador experto. Me ha hecho una buena oferta. Es una cantidad de dinero considerable, pero yo no quiero dinero. Hemos ido a la carreta, he mirado  en su interior, era un absoluto caos sin orden alguno,  y le he dicho lo que quería:

Dos sacos de harina, tocino salado, cecina seca, azúcar, café, tres cacerolas y tres sartenes, agujas de coser, hilo, un rollo de cuerda de cáñamo, un par de mantas, un poncho y unos pantalones de algodón. Semillas de maíz, girasol, frijoles y calabazas.  Cuchillos, hachas, así como palas y azadas y aperos de labranza, todos los que llevase.

―Manito, creo que no me entendió, eso es mucho más de lo que ofrecí. Por una pluma solo puede quedarse una tercera parte.―me dijo.

―No se preocupe don Nemupocemo, vaya dejándomelo todo aquí. Ahorita regreso.

A mi vuelta el comerciante está agotado después de vaciar y mover de un lado para otro la mercancía, y descansa sentado sobre una piedra. Las gotas de sudor empapan su flequillo negro y bajan por el  rostro incesantemente, se pasa la manga por la cara. Me ha visto acercarme. En la mano sostengo cinco plumas de color lapislázuli que al sol lanzan destellos arcoíris.

―Tenga, y agradecido ―le he dicho.

Al mejicano se le salían los ojos de las orbitas, cinco plumas son una fortuna. Me ha dicho que finalmente podrá poner un almacén en la ciudad y dejar de recorrer los desiertos polvorientos con el carromato. Ha rebuscado en el interior del carro  hasta encontrar una botella de aguardiente con un lagarto dentro. Me la ofreció mientras me decía:

― El agradecido soy yo, compadre. Este es un obsequio para usted, el mejor tequila de Nuevo Méjico. Que Dios lo bendiga.

© Q.M.