Nubladito se ha ofrecido para ir a recoger raíces de yuca y frutos de los nopales para el orfanato. Lleva dos baldes de madera vacíos. Otros navajos salen del recinto, los soldados no le prestan atención, la hambruna los empuja a diario a buscar alimento en lo más impensable. Además no hay donde huir ni sitio donde guarecerse, nadie sobreviviría fuera de las viviendas, las noches son gélidas, abundan las fieras famélicas y las familias de los que intentasen huir sufrirían crueles represalias.
Tras un pedregal de rocas dispersas de gran tamaño que asemejan bisontes paciendo hay una hondonada, donde los nopales han prosperado durante miles de años creando una maraña laberíntica infranqueable de afiladas y dolorosas agujas. Cuando sopla el viento las livianas espinas se transforman en dardos invisibles que se clavan en los ojos y dejan ciegos a animales y hombres. Solo los más atrevidos o de piel muy dura se adentran en aquel infierno verde.
Aparta una roca cercana a una pita reseca y deja al descubierto una madriguera abandonada de zorro, introduce la mano y saca un odre de piel de cabra abierto por un extremo, convertido en saco se lo embucha a fondo, hasta que por dos corte unas finas líneas encajan con los ojos. Se venda las manos con unas tiras de lana y se adentra gateando siguiendo la ruta de un tejón. Avanza sin poder erguirse en una oscuridad casi absoluta hasta que le duelen las rodillas y comienza a ver la claridad. El sol lo ciega, está en un claro despoblado de pinchos. Dos troncos inmensos, gruesos como dos veces su altura están en el suelo, uno caído sobre el otro, blancos como huesos. Están huecos pero no vacíos, un gigantesco enjambre habita allí, el zumbido es ensordecedor. Y acercándose lentamente empieza a cantar. Se agitan las abejas en remolinos dorados pero no atacan, se apartan a un lado y puede acceder al panal repleto de miel.
Cuando sale del bosque de chumberas es mediodía, porta los dos cubos repletos, la cera y la miel serán una bendición. Lamentablemente los guardias se quedarán la mitad. Lo sigue un puma desde hace rato, sin acercarse. El rebaño de rocas gigante con el sol en el cenit no emite sombra donde refugiarse, está sudando copiosamente y busca algo de sombra en la vieja misión española de la que solo quedan en pie dos paredes ruinosas formando un ángulo. Desde allí se divisa la entrada del fuerte. Entonces oye un forcejeo y rumor de lucha desde el lado oculto. Deja la miel oculta y se acerca en silencio. Sobre un suelo de hierba amarillenta aplastada, dos militares tratan de abusar de una chica, uno le tapa la boca y trata de sujetarle los brazos, el otro le está remangando la falda y trata de abrirle las piernas con el cuerpo. Nubladito coge al que está encima por el cuello y le aplasta la cabeza contra la pared. El otro intenta sacar su arma cuando oye el rugido y sabe entonces que la muerte tiene los ojos amarillos e intenta defenderse, pero el disparo se pierde en el aire y es lo último que oye.
El alboroto del tiro y los gritos del soldado han atraído a los centinelas que vienen corriendo. Amparándose en las rocas la pareja de jóvenes cogidos de la mano avanzan en dirección contraria, cada uno porta un cubo. Se oyen disparos y gritos a su espalda. Un grupo de mujeres se acercan a ellos y los rodean escondiéndolos y arrastrándolos dentro, es la hora de la siesta y la guarnición duerme y en la confusión han vuelto sanos y salvos. Se separan, a ella la arrastran a la zona de las barracas entre muestras de alivio y de alegría de la multitud que la envuelve, tanto por su regreso, como por el preciado y raro tesoro que aliviará el hambre y curará muchos males. Nubladito se ha quedado solo y se dirige al orfanato con una sonrisa. Se mira la mano que estuvo en contacto con ella donde siente un extraño hormigueo.
El padre Bernardino lo está esperando.
―Estaba preocupado por tu tardanza, he oído disparos y gritos y me temía que hubiese empezado una rebelión.
Con la muchacha en el pensamiento se había olvidado de la crítica y tensa situación en Bosque Redondo.
Las condiciones insanas y la desnutrición favorecían la propagación de enfermedades infecciosas, el tifus y el cólera estaban matando a la población, junto con el hambre y la exposición a las inclemencias del tiempo. Habían obligado a todos los nativos a abandonar sus costumbres y tradiciones. Les habían prohibido practicar sus creencias religiosas y hablar su lengua. «Estamos perdiendo nuestra identidad, convirtiéndonos en sombras de lo que fuimos» pensaba.
―Realmente no sé cómo puedo ayudar a mi pueblo.
―Habla con ellos, cuéntales la historia del pájaro de trueno y de sus hazañas en el Cañón de Chelly. De cómo la justicia acabará imponiéndose. Ha llegado a mis oídos que hay partes interesadas en llegar a un acuerdo para devolver a los Navajo a su lugar de origen. Lo que ocurre aquí es una lacra que avergüenza a muchos sectores de los estadounidenses, religiosos, funcionarios gubernamentales y hasta incluso en el propio ejército hay partidarios de encontrar una situación digna. A pesar de la desesperación, vuestro pueblo diné no debe rendirse, debe resistir. Es un momento decisivo. Habla con los espíritus de los diné.
Nubladito escucha sus palabras, le habla como un hermano no como un misionero, no insiste ni trata de imponerle sus creencias, sino que le pide que se aferre a las suyas propias.
© Q.M.






