Kimono gatuno – La gata curiosa

Este es el diseño de un kimono japonés, desconozco el origen o autor. Ha inspirado este escrito.

Risas nocturnas y gemidos atraen a la gata curiosa, que se acerca sigilosa a la fuente del sonido. La puerta está abierta, y pone en guardia sus sentidos. Con el tiempo, ha aprendido a vivir siempre alerta, pues seis vidas ha consumido y solo una le queda.

Sobre el futón, los cuerpos se agitan entre las revueltas sábanas de seda. Dos bolas de jade llaman su atención, un juguete de irresistible movimiento. No pierde la ocasión y salta; uñas afiladas cortan tiras de viento y caen sobre la tierna e indefensa presa.

Gritos de dolor, sangre en las joyas sagradas. El samurai mira a la gata con cara de sorpresa y coge con rabia su espada. El acero silba en el aire, y se escucha un maullido fiero. La dama gatuna presenta batalla, eriza los pelos, arquea la espalda. El guerrero duda ante la gata osada, pues sabe que con sus zarpas no falla. El canto de un grillo, el susurro del río, son música solemne para el desafío. La luna brilla, iluminando la escena; el destino se acerca a su fin.

Con un veloz ataque, la gata tienta su suerte, salta al cuello, pero el filo del acero se interpone, cortante, anunciando la muerte. El samurái respeta la valentía de la felina y detiene el movimiento de su espada en el aire. La vida que le queda no le será arrebatada. En los ojos de la gata, un reflejo de gratitud germina.

La zíngara

-FRAGMENTO DE NEREA Y MAURICE-

Maurice quiere continuar pero la intensidad de la emoción se lo impide. Reina un silencio sepulcral en  Le cigne bleu. Una voz ronca dice: «Aquí se acaba la historia». Era su propia voz que apenas reconocía.

—Ponme otro trago, ―le dice al tabernero.

Los oyentes comienzan a abuchearlo y  a silbar su descontento,  quisieran un final de cuento: «…y comieron perdices». Aunque la mayoría ya sabe que los finales felices no abundan, en cambio si son frecuentes los naufragios amorosos, las decepciones y las penas. Es la rabia contra las injusticias de la vida y la protesta no es contra él, el narrador, el mensajero, sino contra el destino.

Hace oídos sordos a las protestas, inmerso en su  visión, sueño, o experiencia ¿Acaso alguna vez pasó? ¿Tuvo otra vida? ¿Se estaba volviendo loco? ¿Qué significaban aquellas visiones tan desconcertantes de los últimos meses?

Veía una sirena junto a un lago, recostada contra un viejo tejo tarareaba una canción. Sabía que era ella, Nerea, pero no la reconocía, sentía su familiar presencia pero su forma era desconocida, excepto por sus ojos…y la voz. No sabía si pertenecía al pasado o al devenir, se confundían  en su mente. 

  En otras ocasiones se superponía en su visión una muchacha, cuya mirada se perdía en la frontera infinita del horizonte. Contemplaba el azul del mar y el misterio de sus profundidades. Las aguas se reflejaban en sus  ojos turquesa, cambiantes como las mareas.Y también aparecía un joven con los ojos de color miel. El corazón se le aceleró, ante la certeza de que aquel niño, de forma incomprensible, era él. Ella le cantaba al oído en un lenguaje submarino hecho de burbujas y destellos de luz. Reconocía la canción.

Maurice tiene la sensación de estar escuchándola ahora. Se pellizca fuertemente, le duele. No es un sueño alguien está cantándola. El corazón se le acelera al tiempo que  siente un cosquilleo en la nuca, se gira y ve una zíngara en la penumbra. Lleva un  pañuelo rojo con lunares blancos sobre la cabeza, anudado a un lado de la oreja derecha. No puede  verle las facciones, solo dos llamitas que se reflejan en sus pupilas oscuras. En el centro de la mesa arde una vela. Una luna diminuta, muy blanca, aparece bajo aquellos ojos brillantes, le está sonriendo. Sabe que se llama Esmeralda y no la ha visto nunca antes. Se pone en pie y se acerca a ella. Está barajando los naipes del tarot lentamente, de sus labios pende una pipa de boj, el humo que desprende no huele a tabaco, es un olor animal. Le hace señas para que se siente frente a ella. Le da una  profunda chupada a la pipa y, inesperadamente, le sopla el humo a la cara.

—¡Qué demonios! —exclama Maurice.

Mientras la pitonisa ha extraído tres cartas del mazo y las deposita sobre la mesa: La rueda de la fortuna, la muerte, el enamorado.

Maurice mira los tres arcanos que se convierten en conos de arena que se unen formando un único montículo. En el vértice del mismo se inicia un movimiento en espiral, un torbellino diminuto,  hipnótico,  del que no puede apartar los ojos. En el centro del remolino una luz azulada pulsa y lo atrae irresistiblemente y siente como cae dentro…Se forma una imagen en su campo de visión. Ve como Héctor lloró la perdida de Parténope, y también como su pena y tristeza lo iba consumiendo día a día. Hasta que acudió a la sacerdotisa del templo que le dio una pócima para reunirse con la sirena. Bebió el brebaje y una negra  flor de sedosos pétalos  creció en su corazón cubriéndolo todo de negritud. Igual que la noche avanza sobre el día y cubre y diluye las formas visibles hasta hacerlas desaparecer, hasta que todo es oscuridad. Sintió miedo.

—No temas, —dice una voz muy amada.

Convertido en un inmenso espacio negro, pulsante y cálido, Héctor no sabe dónde comienza él ni dónde empieza la sombra, no encuentra ninguna frontera. No tiene cuerpo individual, igual que la gota de lluvia se funde con el mar, él era ilimitado. Todo y nada ¿Cómo podía la gota de agua tener una existencia separada del océano?

Llantos de niños y sollozos de adultos resuenan en la distancia, camina hacia el alboroto. Las sombras se van deshilachando convertidas en velos de seda negra que caen al suelo dulcemente. Héctor se encuentra en un puerto muy bullicioso del que zarpan las nuevas vidas y retornan de su viaje las antiguas. Está en la matriz de la creación, el vientre de Gea ¿Cuantas veces había vivido? ¿Cuántas veces la había amado antes?  ¿Por qué los dioses eran tan crueles? 

La muchedumbre se mueve y empuja…se ve  arrastrado por un aluvión de seres humanos de sexo, edad y razas diversas que lo introducen dentro de un navío. Los pasajeros no pueden resistirse, sonríen eufóricos porque la sed de existencia es como un encantamiento que les muestra su mayor deseo, su mayor esperanza, su sueño. Es el juego de los dioses, y todos saben que no son de fiar, caprichosos y volubles….prometer no es conceder. Mas la promesa de un nuevo futuro es irresistible, y la odisea larga y peligrosa.

Y ella era su devenir…y lo estaba esperando. Se llamaba Nerea, su sirena. ¿En qué momento se había convertido él en Maurice? Finalmente el destino los reunió en Marsella.

Sentía  que el sabor a sal de su piel desnuda aún perduraba en la memoria de sus labios cuando la besaba. El aroma de su cuerpo era de fruta madura y vainilla, el tacto y el color de la piel recordaba al rosado melocotón. Sus labios sabían a miel. Dulces eran las horas pasadas junto a ella. Y las más hermosas. Sentada en un trono de coral rojo, era la reina de sus mares en calma.

 Hasta que la enfermedad llegó implacable y desconocida. No era posible su curación. Los augurios eran funestos. Ya había perdido una pierna.  Debía regresar al océano si quería salvarse y tener la posibilidad de volver de nuevo junto a él. Y se marchó una tarde de verano,  sin avisar para evitar el drama de la  despedida. Desde entonces Maurice aguarda su retorno.

Siente unos golpecitos en el hombro. Es la gitana.

—Has entendido la tirada —le preguntó.

—Sí, habla de un viaje, somos navegantes en la espiral del tiempo. Nuestra realidad necesita de un cuerpo para poder amar y ser amado. Entre miles de posibilidades solo una es la que nos completa. Y la reconocemos cuando la tenemos delante.

—Exacto, solo hay un amor, pero en ocasiones no estamos en el mismo giro, ni en la misma época.  Nuestro aspecto ha cambiado porque cada viaje es una identidad nueva. El encuentro de nuestra pareja es inevitable. Aunque en ocasiones se atrasa uno de los dos, se demora en otra vida por diversas circunstancias, y no coinciden. En otras pueden estar en un mismo día y ciudad, pero uno es  anciano y el otro  joven, mas el amor prevalece por encima de las diferencias. No tiene edad.

—Sí, el amor existe fuera del tiempo y de la apariencia física.

—El amor es belleza pura, no tiene forma. Aquellos que lo llevan dentro lo reconocen fuera, no importa la máscara tras la que se oculte. Se puede sentir la presencia de la persona amada incluso cuando nunca se haya producido un encuentro. Se puede morir de nostalgia del amor que se presiente aunque el destino no haya hecho posible conocerse.

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Nubladito – Raimondo di Foligno

De las principales causas  que podían provocar la expulsión de la orden, el hermano Raimondo di Foligno no había escatimado ninguna: El voto de castidad lo rompió el mismo día que llegó de  Europa y desembarcó en  Nueva Orleans.  Allí conoció a Jasmine, una voluptuosa negra. Nada más verla descubrió que su espíritu y su cuerpo se convertían a una nueva religión, las diosas de ébano, llegando a afirmar que Eva seguramente era de color. La orden le abrió un expediente severo por herejía. La acumulación de deudas en el prostíbulo lo obligaron a huir en dirección al oeste para salvar la vida. Recibió otra amonestación de su superior por no atender sus obligaciones sacerdotales. El voto de pobreza era innecesario cumplirlo porque ni tan solo tenía para comer todos los días, con lo que tuvo que recurrir a alimentarse de lagartos, serpientes, insectos repugnantes y nopales. La embriaguez y la violencia se hicieron sus compañeras habituales e  iban siempre  de la mano, la primera le quitaba la cadena que  contenía y dejaba suelta a la segunda, la fiera que portaba dentro.  Era alto, pesaba 100 kilos y poseía unos brazos musculosos y peludos que compensaban su calvicie absoluta. Llevaba una larga barba de ermitaño errante. Vestía la túnica marrón de la orden, ceñida con un grueso y anudado cordón blanco. Nunca se le vio con otra indumentaria, por ser la única que poseía. Pese al incumplimiento de las normas religiosas era una persona que no soportaba las injusticias ni la hipocresía, ni se fiaba de las palabras de nadie, fuese cristiano o pagano, rico o pobre, blanco o nativo. En Fénix encontró un día en un callejón a un anciano indio al que pateaban un grupo de colonos, con la clara intención de matarlo y robarle lo poco que llevase. Se enfrentó a ellos y en la pelea desigual, accidentalmente, uno de los agresores resultó muerto y los otros malheridos. Raimondo  recibió una puñalada en el vientre. Amigos del viejo navajo lo llevaron a un lugar seguro y le cosieron la herida. Como resultado pusieron precio a su cabeza por asesinato, su cara fácilmente reconocible apareció en un pasquín.  Fue expulsado de la orden sin más dilación. En cuanto pudo montar a caballo y siguiendo las indicaciones del anciano se encaminó al Cañón de Chelly. Lugar inhóspito donde abundaban las cuevas, un sitio considerado sagrado para los Navajo. Era el escondite idóneo donde desaparecer para siempre y retomar la escritura de sus crónicas del Nuevo Mundo.

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Nubladito – Introducción

LA LARGA MARCHA

En 1864 el ejército estadounidense, a instancias del gobierno federal obligó a los Navajo a abandonar sus hogares en Arizona y marchar cientos de kilómetros caminando (500 km. en 18 días) hacia un nuevo territorio en el este de Nuevo Méjico. Centenares de personas murieron de inanición, agotamiento y enfermedades. Se conoció esta deportación forzosa  como «La Larga Marcha», con el claro propósito de apropiarse de sus tierras y de los recursos que existían en ellas.

Lo peor no fue atravesar los áridos desiertos y los profundos cañones, la escasez de alimentos y de agua, sino la crueldad, la indiferencia y la ausencia de remordimiento ante un exterminio encubierto.

La madre de Nubladito fue una de  tantas nativas que no pudieron soportar aquella larga caminata. Las mujeres andaban más lentamente e iban en la retaguardia de la expedición. Cuando  cayó al suelo, agotada, la arrastraron  moribunda tras unas rocas apartadas del polvoriento camino rojo. Aprovecharon la noche que se acercaba y la escasa visibilidad para abandonarla, así ahorraban una bala   y la demora de  cubrir con piedras el cadáver evitando de esta manera el  riesgo de encontrar un crótalo  bajo las rocas. En el informe anotaron su nombre y la palabra «fugada». Y junto al nombre de ella estaba anotado el de su hijo y una simple anotación: «huérfano».

Nubladito cuando, al reagruparse por la noche para dormir, no encontró a su madre  intuyó lo sucedido. Se orientaba bien en la oscuridad, se separó de los demás y emprendió una veloz carrerilla volviendo sobre sus pasos. Había cumplido dieciséis años aunque su porte y corpulencia eran ya de adulto. Vestía una túnica marrón de algodón anudada a la cintura con una banda verde, debajo un pantalón blanco del mismo tejido. La chusta que le sujetaba el cabello era también verde con una diminuta espiral amarilla bordada en el centro.

 El campamento quedó atrás,  tras un  recodo  apareció el pequeño bosque de nopales que, unas horas antes, había aplacado la sed y hambre de su tribu al consumir sus frutos. Se detuvo al escuchar llantos,  risas y voces mejicanas. Se echó al suelo y se arrastró en silencio. Oculto tras un nopal vio un grupo de jinetes a  caballo. Uno de ellos  entregaba un saquito de monedas al sargento uniformado, y él  a su vez le alargaba el extremo de una cuerda con media docena de adolescentes indias atadas. «Vuelvan por más ahora que están chingonas» dijo un soldado soltando una carcajada que corearon los demás… Los jinetes dieron la vuelta y se perdieron en la oscuridad. Nubladito imaginó el cruel destino que las esperaba como esclavas en algún burdel mejicano. Venus brillaba en el cielo, la luna era un círculo de plata a la que cantaban los coyotes,  lo que le hizo apresurarse. La madre todavía vivía, aunque respiraba con dificultad. Abrió los ojos al sentir la presencia amada y sonrió. Su hijo sacó del cinturón una calabaza llena de agua y se la acercó a los labios.

―¿Sabes por qué  te llamas Nubladito?  ― le preguntó.

 Él asintió y respondió:

―Porque mis ojos son grises como las nubes que traen la lluvia.

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I bambini perduti

Mi guardo allo specchio e dico all’immagine: 

«Dove sei quando non sono con te? 

Perso? 

Tale è il prodigio che evocano le parole, 

Un trucco di magia impressionante. 

E mi divido in due: 

Il lettore e il protagonista, 

Il cercatore e ciò che è cercato, 

Il forziere del tesoro e il pirata. 

Esterno e interno, 

Giorno e notte, 

Luce e tenebre, 

Tutto accade in me, tutto confluisce in me. 

Sono l’epicentro, 

L’occhio immobile del tornado, 

Attorno al quale gira il mondo. 

Mi piace l’avventura, gli ogri e i lupi, 

Le favole dei bambini perduti nel bosco. 

Le scrivo… 

E anche se sembrano smarriti, 

Sono sempre perfettamente trovati 

Perché sono fatti di me, 

Nascono in me e 

Svaporano in me. 

Sono il mio riflesso, 

Proprio come il sogno che ho fatto ieri sera. 

Nessun sogno ha mai abbandonato il cuore, 

Né un uccello può uscire dal cielo.»

Simonetta

Simonetta pintaba en las rayas que dibujan las espirales del tiempo, estelas transparentes de la eternidad, con la paleta cromática del arcoíris, un solo rayo de luz transparente  abierto a infinitas posibilidades ―la magia existe si previamente está quien la hace posible―. Impregnaba el pincel en los colores de las llamas, bien empapado,  y con el gesto seco y preciso de una diosa salpicaba el lienzo, cientos de gotas en caótico desorden se estrellaban contra la blanca tela ―¿la nada?― y se escurrían como lágrimas sin dejar rastro de color hasta el precipicio del marco, y cuando el mundo callaba expectante e indignado ante el deprimente arte, allí estaba la magia. Movía el pincel/batuta hacia arriba, un solo gesto, y las gotas multicolores se agitaban como larvas de algún insecto, y de las gotas aplastadas salían ápices que se transformaban en vértices, como aparecen los dedos al abrir el puño, y se convertían en hojas de arce con los colores del fuego, los tonos del otoño, y aleteaban tímidamente convertidas en mariposas para emprender el vuelo hacia lo alto, abandonando el cuadro, llenando el cielo de parpadeos, para después regresar al lienzo y allí permanecer quietas en una nube globosa, palpitante, transformándose de nuevo  en hojas, con las tonalidades  que robaron al sol y que ahora lo recuerdan y convocan,  como niños huérfanos llamando a su padre…y el padre, durmiente, dentro del dorado lecho foliar se despereza y abre los ojos en cada hoja simultáneamente, convirtiéndolas en luz, y el árbol ―sin tronco, ni raíces―se estira alargándose y curvándose sobre el ojo de la eternidad, convertido en la espiral del tiempo, una galaxia cuajada de estrellas, miles, que palpitan en las pupilas de Simonetta.

Y siente la necesidad de no estar sola, la sed de buscar un compañero para atravesar la eternidad y alcanzar ese lugar prohibido del que hablan y que en ocasiones aparece en su visión. Traza una silueta con su dedo índice, un fino hilo de luz recorta el satinado y  estrellado cielo nocturno y se desprende una figura plana,  no mucho más que un trozo de papel pintado recortado de una pared tapizada con sueños y esperanzas,   aunque este no es un estampado sin vida, son minúsculas flores, miles de estrellas diminutas  que respiran luz blanca, pulsante, rítmica. El latido de un corazón aparece en la ecografía de las estrellas, y con cada respiración se  añade tridimensionalidad a la forma pensada, lentamente se expanden los volúmenes, redondean y emerge un rostro, sus facciones revelan a alguien cuyo perfil ha dibujado tantas veces con el lápiz que ha dejado un molde en los circuitos de su memoria, es David, el que la gente llama de Miguel Ángel en el lugar prohibido, el arquetipo de la perfección. Finalmente completo y desnudo ante ella, como tallado en un bloque de diamante, cada arista refulge y multiplica la luz blanca en abanicos de colores que se expanden hacia la eternidad, es el nacimiento de una estrella, de un dios, del propósito de encarnarse en un cuerpo vivo y experimentar la vida. El anhelo de mortalidad que enfrentó a legiones aladas hace eones sigue siendo inmortal, la sed de existir no se extingue nunca.

«Me veo reflejada en tus ojos de cristal, David, en el paraíso me dibujaron como Venus en la obra de Botticelli, desnuda como tú, arquetipo  femenino de un ideal. Fue efímera mi vida, era legendaria mi belleza, una flor en una frágil copa de cristal. Cruel fue mi destino, apenas mojarme los labios con el sabor de la ambrosía y tuve que renunciar a todo cuando me llevó la  Parca. Ya entonces te dibujaba una y otra vez, recorría tu rostro en el papel y sentía tu piel cálida y tus relieves bajo la yema de mis dedos. No pude concluirte, no pude sentirte y amarte, solo tú conoces mi nombre, Simonetta, porque eres parte de mí, nacido de mi propósito y de mis deseos no satisfechos que conmueven al universo.

Por ello has venido a esta realidad, y te has manifestado en un cuerpo sintiente y cálido, para así yo poderte besar,  porque aunque te he amado en sueños, nunca he notado la calidez de tus labios y el sabor que destilan, sé que saben a néctar…y volvería a morir y volvería a nacer por besarte una vez más. 

Me desprendo de la capa que cubre mi desnudez, mi cuerpo es un prisma luminoso como el tuyo, refulgen en todas direcciones rayos de colores que se convierten en hilos flexibles de cristal, me abrazo a ti fuertemente, tu no deseas perderme de nuevo, los hilos nos rodean y forman un capullo de luz a nuestro alrededor. Fuera o dentro, depende de la visión, en el espacio acogedor, de terciopelo negro, la eterna matriz de la creación se dilata».

Fragmento de «Simonetta» ©Q.M.

Océanos de asfalto, sirenas de cristal

Homenaje a todas aquellas personas que se conmueven, ayudan, sienten empatía y no dudan en tender una mano al necesitado sin esperar nada a cambio. A todas las flores que se abren sin miedo entre las grietas del asfalto de ciudades hostiles, mostrando ante la indiferencia del mundo su belleza y su aroma exquisito, y también a las que florecen en la oscuridad y en la soledad aparente de desiertos donde nadie las ve…..pero no por ello pasan desapercibidas, las estrellas son testigos sonrientes, el universo entero te reconoce como uno de los suyos y agradece tu generosidad. Toda pequeña luz aviva la llama. Gracias.

En fríos océanos de asfalto donde el sol apenas calienta, en barrios marginales sumergidos bajo aguas grises, monstruos colosales, espectros de un pasado que nunca existió emergen en playas sucias que no aparecen en postales, ballenas varadas, cetáceos destripados mostrando sus entrañas de acero. Arrecifes de coral colonizan hierros retorcidos y cristales rotos, sepultando promesas engañosas sobre un futuro de abundancia, trabajo y dinero,

Industria, casas con jardín y piscina, la gente soñaba una ilusión divina, pero despertó a una cruda realidad, un juego de magia que anunciaba ruina. Gobernantes mentirosos y crueles manejaban falsas excusas, jugando con las esperanzas ajenas a la ruleta rusa.

Paisaje distópico de desesperación es el alma humana, tiempo estancado, la felicidad se escurre entre los dedos, no hay fechas festivas en el calendario, Eclipse eterno de las ilusiones.

En un cementerio de naves a la deriva se convierte la existencia, varadas sobre dunas de arena mentes fatigadas dormitan inquietas. Rayos oblicuos del sol en las profundidades iluminan a viajeros perdidos, náufragos sin timón, vidas sin rumbo y reos condenados a arrastrar en sus pies cadenas. Las almas se esconden de miradas ajenas tras máscaras agresivas de monstruos y personajes violentos, pretenden impresionar, asustar, pero bajo la apariencia espantosa criaturas solitarias y asustadas curan viejas heridas y penas.

Jóvenes sin futuro cierto, su descontento transformado en llamas ardientes, Fuego en las calles, desesperación, que devora sus almas evanescentes. Incertidumbres y temores disfrazados de imprudente osadía. Violencia en las palabras, en las miradas, en las manos armadas, valentía en manada, miedo en soledad. Agresividad con el extraño, con el diferente, con el más débil se ensaña, la lucha oculta su dolor latente.  

Un niño llora, pero nadie te presta atención.

Tus insultos, tu rebeldía es tu clamor, quieres ser escuchado, amado…y te encuentras en un laberinto sin salida.

Océanos de asfalto, donde se deslizan leyendas de sirenas con voz de cristal que cantan a los perdidos, a los olvidados un tema inmortal, sanando corazones con su melodía sobrenatural

Caretas espantosas ocultan rostros curiosos, monstruos surgen de las tinieblas a su encuentro.

Curando las heridas, ofreciendo una sonrisa, una palabra de consuelo.

Ella no los teme y con cada estrofa musical, trae luz al abismo, acerca a los mortales el cielo. 

En este mundo sombrío y hostil, su presencia es un faro, una guía, una mano hermana

su sonrisa luz de estrellas que ilumina los rincones y entibia la existencia humana.

Resuena en las tempestades su voz, y las tormentas se calman y postran a sus pies.

 Bálsamo del espíritu son sus palabras, nanas que acunan las emociones.

El niño deja de llorar, en el silencio, su canto resuena y conmueve.

Y crea un mundo de esperanza porque es entrega, luz, amor y dulzura.

A su paso surgen campos de flores que cubren el gris asfalto de vivos colores.

Su ternura salva mundos.

¡Feliz 2025!

Lluvia de amor

Dejan caer las estrellas

Lágrimas de luz

Reflejan tu risa

Campanillas de oro

Invocan  tu nombre

Pétalos de flores

Acarician  tus pies

El perfume de mil rosas

Anuncia tu llegada:

Felicidad.

¡Dame tu mano!

Deseo para tod@s vosotr@s que la Felicidad sea vuestra amante y compañera fiel durante todos y cada uno de los días venideros. Ella os busca con la misma intensidad que vosotros a ella, de hecho está muy cerca…en vuestro corazón.

Nerea y Maurice (sobre el Amor)

—Sí, el amor existe fuera del tiempo y de la apariencia física.

—El amor es belleza pura, no tiene forma. Aquellos que lo llevan dentro lo reconocen fuera, no importa la máscara tras la que se oculte. Se puede sentir la presencia de la persona amada incluso cuando nunca se haya producido un encuentro. Se puede morir de nostalgia del amor que se presiente aunque el destino no haya hecho posible conocerse.

Maurice siente de nuevo unos golpecitos en el hombro. Es Lola.

—¿Te encuentras bien? Te has quedado dormido y hablabas en sueños. —le dice.

Mira a su alrededor, está en su mesa de siempre, sin rastro de la adivina ni de los naipes.

—Deberías dejar de beber y retirarte a tu casa. Ya es noche cerrada. No pienses tanto en Nerea o tus pensamientos acabarán destruyéndote como una frágil barca contra los arrecifes. —continúa la cocinera.

— Los cantos de las sirenas no estrellan navíos  contra las rocas ni envían tripulaciones al reino de Poseidón. Alivian las almas del peso  de eslabones  y cadenas. Tal es el prodigio que producen sus canciones. Su voz no es lo que cuentan las leyendas ni los mitos, —le responde―. Y pregunta: 

—¿Qué se debe Lola?

—Hoy invita la casa, todavía estamos conmovidos con tu historia.

Insiste en pagar y echa mano al bolsillo de su chaqueta buscando  monedas sueltas. Nota un objeto desconocido y lo saca a la luz: Es una carta, el  arcano XIII, la muerte. El final y paradójicamente el principio. Ouroboros.

La posadera se ofrece para llevarlo a casa con ayuda de su marido, pero Maurice insiste en que puede ir solo. Se levanta y sale de la taberna. Está nevando. Añora su ausencia aún más. Camina hacia la rocosa escollera,  anhelando ver su cola entre las olas o escuchar su canción transportada por  la brisa.

El mar está calmo convertido en un espejo mudo y  sin apenas movimiento. La nieve cae lentamente y cubre con una fina capa plumosa la arena de la playa. «El blanco es el color del silencio. El silencio a su vez contiene todos los sonidos, nacen en él», le dijo en una ocasión Nerea.

Una melodía se desliza en la noche, flotando sobre las aguas, agitando levemente los copos de nieve y arrancando  tintineos de los mismos como si fuesen diminutas campanas de cristal. De las profundidades surge un rumor que se va incrementando. El bramar de los poderosos mares lo precede, suenan las cornamusas y trompetas, caracolas alegres y triunfales anuncian su llegada. Un coro de ninfas entona la canción  que Maurice ya conoce. Su corazón salta y baila de gozo. Se oyen relinchos y cascos de caballos cabalgando al galope.  De entre las olas de espuma blanca surgen cuatro corceles azules de Poseidón, tiran de una concha gigante de nácar y oro sobre la que se halla Nerea. Se encuentran sus miradas, ella tira de las riendas y se detiene junto a él. Le tiende la mano.

Fragmento de Nerea y Maurice

©Q.M.

La oscuridad luminosa – ES-IT (Fragmento)

Avanzan las horas del atardecer. Docenas de pájaros pían y alborotan el plácido crepúsculo buscando refugio entre las ramas más elevadas y densas de los árboles. La Dama Oscura se acerca por oriente,  precedida por la luna y venus, impacientes pajes de su majestad,  que anuncian su inminente llegada. Sus tímidos destellos de plata en un firmamento de añil moribundo sin embargo, no pueden rivalizar con la luminosidad esplendorosa del rey. Él se está ocultando tras las colinas de poniente,  los rayos de su corona de fuego incendian los mares de nubes a su paso, reflejando todas las tonalidades de las llamas.

Nadie ha podido contemplar jamás el rostro de la Dama Negra,  sus largas manos extienden la capa de negritud aterciopelada donde incrustadas brillan diminutas y temblorosas estrellas. El manto nocturno está tejido con suaves plumones de silencio y ensoñaciones. Es muy grato y confortable su tacto, es una caricia anhelada. A todos los seres sintientes les place sentirse arropados por ella. Hombres, bestias y plantas se abandonan en sus brazos, sin el más mínimo rastro de temor, sin la más mínima inquietud, envueltos en el cálido abrazo sanador, sintiendo su corazón, acunados por los latidos hipnóticos y algodonosos del descanso y el olvido.

La noche es sinónimo de oscuridad, no en el sentido negativo de tenebrosa o maligna, si no en el sentido de ausencia de visión. Las sombras avanzan como un ser vivo, con la fluidez del agua, como una seda negra vaporosa y ligera, sin límites, que envuelve y   abraza  los objetos y los diluye en ella —igual que se disuelve un terrón de azúcar en el café— en un vacío aparente, una ausencia de luz camaleónica que los hace invisibles a los ojos. En el sueño profundo devenimos una catedral de silencio sin vitrales, cirios ni velas, negritud insondable en la que no vemos bancos, ni retablos, ni imágenes…aunque están ahí. Podemos cometer el error de confundir oscuridad con vacío…

L’oscurità luminosa

Le ore avanzano, decine di uccelli cinguettano e disturbano il placido crepuscolo, cercando rifugio tra i fitti rami degli alberi. La Dama Oscura si avvicina da est, preceduta dalla Luna e da Venere che con impazienza, come pagine di sua maestà, annunciano il suo imminente arrivo. I suoi timidi lampi d’argento in un firmamento d’indaco morente tuttavia non possono rivaleggiare con il re Sole. Si nasconde dietro le colline occidentali, mentre i raggi della sua corona dorata incendiano un mare di nuvole sul suo cammino, mostrando tutte le sfumature del fuoco.

Nessuno ha mai potuto contemplare il volto della Dama Nera, le sue lunghe mani distendono lo strato di vellutata oscurità in cui brillano minuscole e tremanti stelle incastonate. Il mantello notturno è intessuto dei fili del silenzio e del sonno. Il suo tocco è molto piacevole e confortevole e tutti gli esseri viventi amano sentirsi ricoperti da esso. Protegge uomini, animali e piante, immergendoli nel riposo e nell’oblio, balsamo risanatore dei corpi e delle menti.

La notte è sinonimo di oscurità, non nel senso negativo di buio o male, ma nel senso di “assenza di”. La notte avanza come un essere vivo, fluida, come una seta nera vaporosa e leggera, senza limiti, che avvolge e abbraccia gli oggetti e li diluisce in sé — come in un trucco di magia la rosa scompare sotto il fazzoletto del mago―, in un vuoto apparente, un’assenza di luce che li rende invisibili agli occhi. Quando entriamo in una stanza senza finestre né illuminazione non vediamo i mobili o gli oggetti, non c’è visione… anche se ci sono. Possiamo commettere l’errore di confondere l’oscurità con il vuoto…