El niño juega, se imagina que es un cowboy, de hecho se ha convertido en uno de manera inexplicable. Imaginarlo y serlo es la misma realidad a su edad. En la escoba que monta ve su caballo con todo detalle, color del pelaje marrón, las crines amarillentas como la paja seca, los grandes ojos que lo miran…ríe mientras galopa y el viento agita los extremos del pañuelo rojo anudado a su cuello. El sol de Arizona es intenso y el ala del sombrero protege sus ojos convertidos en rendijas, igual que Clint Eastwood contemplando el horizonte, y grita: «¡Corre Furia, más rápido!» Pero el potro es listo y se detiene bruscamente alzándose sobre sus patas traseras al llegar al estrecho paso por donde se deslizan las aguas del río. La alfombra está plagada de cojines hambrientos, salta del caballo y se zambulle en el agua convertido en Tarzán, el rotulador rojo es un puñal mortal, se abraza al cocodrilo, traba su cuerpo y la peligrosa cola con las piernas, giran en el agua sucia, el niño/hombre mono consigue subirse sobre la espalda del saurio y con un brazo sujeta el cuello y con la otra mano libre alza el puñal…pero el cocodrilo es duro de pelar, tanto que ahora quiere ser él, y en un descuido de Tarzán le muerde el brazo armado con fiereza. El hombre mono trata de zafarse y hace aspavientos con el brazo…involuntariamente durante el forcejeo traza dos trazos rojos en el pasillo recién pintado, el niño siente una oleada de miedo. Tarzán nota los dientes desgarrar su carne, suelta el puñal, está desarmado, el cocodrilo se acerca….nada fuera de la alfombra y se siente a salvo en la orilla, el corazón le va a mil…entonces ve las marcas de la pared del rotulador y se pone a lloriquear.
Desde el salón al final del pasillo, llega la voz de su padre:
―María, el niño no para de llorar y no me entero del partido.
―Dice que le ha mordido un cocodrilo.
―Otra de sus tonterías. No me deja escuchar la tele.
―Pues mira que le estoy pegando para que se calle.
—Sssssshhhhhhh…
© Q.M.
